El Juego del Espejo
La primera vez que lo vi, me estaba follando en el balcón con un tipo que conocí en el bar de la esquina. Estaba nublado, el viento levantaba mi falda corta contra el…
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Escenarios imaginarios.
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La primera vez que lo vi, me estaba follando en el balcón con un tipo que conocí en el bar de la esquina. Estaba nublado, el viento levantaba mi falda corta contra el…
Nunca imaginé que una simple lluvia de verano terminaría cambiando algo en mí. Llovía con esa intensidad que no deja espacio para nada más: el sonido golpeaba las…
A veces, el destino no te avisa con un trueno, sino con una caída suave, como una pluma que se posa en el hombro y se queda un rato. Estaba en el aeropuerto de Quito,…
La música latía como un corazón acelerado, pesada, sudorosa, pegándose a la piel mientras yo me recostaba en el sofá de terciopelo rojo, con la falda subida hasta la…
Luz y Raúl habían convertido su terraza en un santuario de hojas verdes y flores silvestres. Al final de la tarde, cuando el sol se deslizaba tras las azoteas vecinas y…
Yo no creí que lo haríamos. En serio. Cuando Daniel me dijo, con esa sonrisa de mala muerte y los ojos brillantes como si acabara de robarse una botella de tequila en…
La luna estaba redonda y dorada, colgada como una perla recién extraída del vientre del mar. En la Playa de los Suspiros, donde el arena se volvía negra al atardecer y…
La lluvia golpeaba suave contra los cristales del hotel El Águila, en Guanajuato, como un ritmo lento que nadie había aprendido a contar del todo. En el vestíbulo, con…
Sí, esa casa del otro lado del parque, la que parece salida de una telenovela de los años 90: fachada blanca con balcones de hierro forjado, cortinas de encaje que nunca…
Apenas crucé la puerta de madera oscura, el aire me golpeó como un abrazo húmedo. Olía a humus, a orquídeas marchitas y algo más: un calor animal, denso, que se pegaba a…
La luz del sótano parpadeaba como si le hubieran arrancado el aliento y aún no se decidiera a soltarlo. Joaquín la observaba desde la puerta entreabierta, con las manos…
El calor de ayer se me quedó pegado como una segunda piel. No era el de la ciudad, ese que te agarra por la nuca y te obliga a caminar como si llevaras una manta húmeda…
La humedad me pegaba a la piel como una segunda camiseta mojada. Junto a la ventana del apartamento, con la brisa del aire acondicionado pidiéndole permiso al termómetro…
Yo no creí que aquello fuera a cambiar nada. En realidad, pensaba que sería solo otro viaje más entre Guadalajara y León: tres horas de ventanas empañadas por el aire…
La luz del atardecer se colaba por la ventana entreabierta, dibujando rayas doradas sobre la cama deshecha. Elias estaba sentado al borde, con la camiseta mojada de…
La sala estaba iluminada con quince velas de cera blanca, alineadas en círculo sobre el suelo de madera envejecida, entre cojines de terciopelo gris oscuro y mantas de…
La lluvia comenzó a las seis y veinte de la tarde, justo cuando el sol aún se aferraba al cielo de Guadalajara con el empeño de un novio celoso. Gotas gruesas, cálidas,…
Sospechaba que algo iba a pasar cuando vi cómo se secaba el agua de los hombros con la toalla, con esos movimientos lentos, casi perezosos, que no tenían nada de casual.…
El aire del hotel olía a sal, a cloro barato y a sudor seco. Llegué a Cancún con la piel aún quemada por el vuelo de ocho horas y la memoria pegajosa de una discusión…
El ascensor subía con su ritmo habitual: suave, silencioso, casi monótono. Clara ajustó la corbata de seda negra que llevaba puesta —no por estilo, sino porque la…
La habitación olía a incienso barato y cuero viejo. Apenas un destello de luz filtraba por las rendijas de las persianas de madera, dibujando líneas doradas sobre el…
La casa de campo de Lucía quedaba en las afueras de Cuernavaca, rodeada de árboles de higo que cargaban frutos dorados y morados, jugosos y casi reventados por el sol de…
El tren de las 17:30 partió con un chirrido metálico y un leve balanceo, como si se estirara tras una siesta forzosa. Mariana ajustó la bufanda de lana alrededor del…
Yo nunca creí en lo sobrenatural, hasta que doña Iracema empezó a morirse todas las noches a las once y trece minutos. Vivía en el cuarto del fondo, allá por el pasillo…
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