Lo que pasó en el apartamento de al lado
7 minLo que pasó en el apartamento de al lado
Nunca imaginé que una simple lluvia de verano terminaría cambiando algo en mí. Llovía con esa intensidad que no deja espacio para nada más: el sonido golpeaba las ventanas como si quisiera entrar, el aire se volvía denso, húmedo, cargado de algo que no sabía cómo nombrar. Yo estaba en mi apartamento, en pijama, con una taza de té frío que ya llevaba quince minutos sin tocar. Mi vecina del lado —Lía— había llamado a la puerta hacía una hora. No una llamada real, sino un golpecito timido, seguido de una voz apenas audible entre el trueno: «¿Estás ahí?». Yo asentí, sin saber por qué, como si estuviera asintiendo también a algo más profundo.
Lía vive ahí desde hace tres meses. Nos saludamos en el pasillo, nos hemos visto en el ascensor, una vez hasta compartimos un paquete de galletas que se cayó de su bolsa. Pero nada más. Es alta, de piel morena clara, cabello negro recogido siempre en un nudo desordenado, y ojos que parecen guardar más palabras de las que dice. Trabaja como ilustradora freelance. Yo, en cambio, soy traductor. Dos mundos que se rozan sin tocarse. Hasta esa noche.
Oí su paso en el pasillo otra vez. Más firme. Esta vez, la puerta se abrió sin permiso.
—Perdón —dijo, mojada, con el cabello pegado a la nuca y una gota que rodaba por su cuello—. Se fue la luz en todo el edificio. ¿Puedo…?
—Claro —respondí, sin pensar. Abrió la puerta y entró. El aire que trajo consigo olía a lluvia, a jabón de lavanda y a algo más, algo que no pude identificar pero que me hizo cerrar la boca un poco más de la cuenta.
Cerró la puerta tras de sí. El trueno volvió a estallar, esta vez cerca, tan cerca que sentí el aire moverse como una mano invisible que empujaba las cortinas. Nos quedamos quietos, mirándonos. Ella se sacudió los cabellos como un perro, sacudiendo gotas por todo el pasillo. Yo me di cuenta de que tenía las manos pegadas al borde de la taza.
—¿Te parece si enciendo una vela? —pregunté, buscando un poco de cordura.
—Sí —musitó—. Me encantan las velas.
Fui a la cocina, tomé el cajón de las velas —el de siempre, el que ni siquiera había abierto desde que me mudé— y encontré un encendedor. Regresé con ella sentada en el sofá, con las piernas juntas, las manos entrelazadas sobre el muslo. Se veía frágil. Pero no era frágil. Sé que no lo era. Había algo en su postura, en la forma en que me miraba sin bajar los ojos, que decía: *estoy aquí porque quiero estar aquí*.
Encendí la vela y la puse en la mesa baja. La llama tembló un momento, luego se estabilizó, proyectando sombras que se fundían en la pared. Ella se levantó, se acercó. No hacia mí, sino hacia la llama. Se quedó ahí, de pie, con la espalda recta, los hombros un poco tensos, como si también ella estuviera escuchando el silencio entre los latidos.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó, sin voltear.
—No —dije—. Claro que no.
Se sentó en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, las piernas estiradas. Se quitó los zapatos con lentitud, masajeó los pies con los pulgares, y luego se volteó hacia mí. Me miró fijamente, como si ya me hubiera estado mirando toda la noche y yo solo hubiera estado distraído.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de las lluvias? —preguntó.
—No.
—Que el mundo se encoge. Que todo lo que importa está a pocos metros. Que no hay más que este momento. Y este calor.
Me senté frente a ella, a un metro. No era mucho, pero tampoco poco. Me miró la boca, luego los ojos, luego la garganta. Yo sentí un calor en la nuca, una palpitación en las muñecas. Ella estiró una mano, lentamente, como si temiera que me alejara. La palma hacia arriba, abierta. Le tomé la mano. La piel era suave, cálida, con una humedad que no era de la lluvia. Me giré y apoyé mi frente contra su muñeca. Olor a lavanda, a piel, a algo que no sabía pero que quería aprender.
—¿Estás nerviosa? —le pregunté, con la voz un poco más grave de lo que pretendía.
—Sí —dijo, sin dudar—. Pero no por lo que va a pasar. Por el hecho de que *va* a pasar.
Me levanté. Le ofrecí la mano. Ella la tomó, y esta vez no hubo duda. Se puso de pie, sin soltar mi mano, y se acercó hasta que sentí su aliento en el cuello. No hablamos. No necesitamos. Yo le pasé los dedos por el brazo, desde el hombro hasta la muñeca, sintiendo la textura de su piel, el leve vello, el latido que ahora sí podíamos escuchar los dos. Ella se giró, se puso de espaldas a mí, y apoyó sus manos sobre las mías.
—¿Puedo? —pregunté, con la boca cerca de su oreja.
—Sí —susurró—. Sí, por favor.
Le deshice el nudo del cabello. Los rulos cayeron en cascada sobre sus hombros. Le acaricié la nuca, bajando despacio, hasta que mis dedos rozaron la base de su cuello, luego la curva de su espalda, y finalmente la cintura. Ella se estremeció. Un estremecimiento real, profundo, que pasó como una corriente eléctrica por todo mi cuerpo. Me acerqué más, hasta sentir su espalda contra mi pecho. Mis manos subieron lentamente, hasta rozar sus senos por encima de la camiseta. Ella inclinó la cabeza hacia atrás, apoyándola en mi hombro, y soltó un suspiro que no era más que aire y deseo.
—Tienes las manos frías —dijo, con una sonrisa apenas perceptible.
—Y tú, cálidas —respondí.
Le quité la camiseta con suavidad, sin romper el contacto. La tela se deslizó por sus brazos y cayó al suelo. Me giré para quitarme el mío, pero ella me detuvo con una mano en el hombro.
—No —dijo—. Déjame verte.
Me quedé quieto. Ella me miró como si estuviera aprendiendo un idioma nuevo. Luego, con la misma lentitud, se quitó el sostén, dejando al descubierto sus pechos, redondeados, firmes, con pezones oscuros y hinchados por el deseo. Le acaricié uno, con la yema de los dedos, y ella arqueó la espalda, como pidiendo más. La besé entonces, en el cuello, en la clavícula, en el pecho. Supe que no era solo deseo lo que me movía, sino algo más antiguo, algo que no había sabido que estaba esperando.
Me puse de rodillas frente a ella. Le separé las piernas con las manos, sin presión, solo con intención. Se recostó en el suelo, las manos a los lados, los ojos cerrados. Le besé el interior de los muslos, lentamente, hasta sentir su calor, su humedad, el leve temblor de sus piernas. La toqué con los dedos, primero suaves, luego con más confianza, sabiendo cómo quería que la tocara porque ella misma me lo decía con un grito ahogado, con una palma presionando mi cabeza contra ella.
—Sí —dijo—. Ahí. Ahí sí. Más.
No le pedí permiso. No lo necesitaba. Ella me lo dio con cada movimiento, con cada gemido que me rozaba los oídos como una promesa cumplida. La vi llegar al borde del placer, con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el cuerpo arqueado. Y cuando se vino, no gritó, sino que soltó un susurro que me hizo sentir como el único lugar seguro en el mundo.
Me levanté entonces. Me desabroché el pantalón. Ella me miró, sin vergüenza, sin miedo, solo con una mirada que decía: *ahora te toca a ti*. Se puso de rodillas frente a mí. Le tomé la cabeza con suavidad, sin forzar, y la guíé. Su boca fue perfecta. Caliente, húmeda, con un ritmo que parecía conocerme desde siempre. Me dejé llevar. Me dejé caer. Me dejé entregar.
Cuando llegué, lo hice dentro de su mano, con la frente apoyada en su hombro, el corazón a mil, el aliento roto. Ella me limpió con la manga de su camiseta, como si fuera algo natural, como si lo hubiéramos hecho cien veces antes. Me miró, y por primera vez, me sonrió con los ojos.
—¿Mañana vuelves a estar traduciendo? —preguntó.
—Sí —dije, sin pensar.
—Entonces… —se levantó, tomó su camiseta, se la puso—. Te dejo el té. Y la vela.
—¿Y la lluvia?
—La
¿Te ha gustado? Valóralo