La Vecina del Cuarto Sin Puerta

@adriana_v ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas

Yo nunca creí en lo sobrenatural, hasta que doña Iracema empezó a morirse todas las noches a las once y trece minutos. Vivía en el cuarto del fondo, allá por el pasillo oscuro del edificio La Esperanza, un edificio viejo como el pecado, con rejas retorcidas y ascensor que más parecía un ataúd con lamentos. Yo, Adriana, llevaba seis meses ahí, escapándome de un matrimonio que se me quedó pequeño, como camisa de corbata. Y allí, entre humedad de pared y olor a guiso viejo, encontré algo que ni en mis sueños más calientes hubiera imaginado.

Doña Iracema no era vieja, aunque la creíamos. Tal vez cuarenta y tantos, pelo negro como ala de cuervo, ojos grandes que brillaban cuando la luz los sorprendía de frente. Usaba vestidos largos, floreados, de esos que arrastran un poco el piso, y siempre andaba descalza. Decían que era viuda, que su marido se había ido a Venezuela y nunca volvió. Pero yo, que la oía caminar de madrugada, que la veía asomarse al balcón sin luna, sabía que no era viudez lo que la atormentaba. Era otra cosa. Algo que no se dice, que se siente.

Una noche, al salir del baño con la toalla enrollada en la cintura —el agua aún resbalando por mis costillas, el calor del vapor pegado a la piel—, la vi. Estaba en su puerta, pero no era su puerta. Era un hueco. Un rectángulo oscuro donde antes había madera. Y ella, parada en medio, mirándome fijo, con esos ojos que no parpadean.

—Adriana —dijo, sin mover los labios—, ya llegó la hora.

No supe qué hora era, pero el cuerpo me tembló. No de miedo. De algo más viejo, más hondo. Como si mi sangre reconociera algo que mi mente no alcanzaba a nombrar.

Entré. No sé por qué. Sí, sí sé. Porque su mirada me jaló, como si tuviera un gancho en el ombligo. Y porque, dios mío, sentí que me esperaba desde siempre.

El cuarto no era como los otros. No tenía muebles, ni cama, ni espejo. Solo una ventana sin cristal, por donde entraba un viento tibio, a pesar de que no había brisa en la ciudad. Y en el centro, una silla de madera, desgastada, con marcas como de uñas.

—Siéntate —dijo, y esta vez sí movió los labios, pero la voz venía de atrás, de arriba, de todas partes.

Me senté. La toalla se deslizó. No la detuve. Ella se acercó. No caminaba, se deslizaba. Como si el piso la ayudara a moverse. Llevaba el vestido abierto por un lado, no por descuido, sino como si el aire mismo lo hubiera desgarrado. Vi su cadera, morena, con una marca en forma de estrella. Y su piel, que no era piel, sino como si estuviera hecha de sombra y seda.

—Tú también lo sientes, ¿verdad? —preguntó.

—¿El qué?

—El entre. El hueco entre lo que ves y lo que hay. Entre lo que fuiste y lo que vas a ser.

No respondí. No pude. Porque en ese momento, sentí que mi cuerpo no me pertenecía. Que mis piernas ya no eran mías, que mi culo se había vuelto más grande, más redondo, más… deseado. Y que entre mis piernas, algo palpitaba, no como un corazón, sino como una puerta que se abre.

Doña Iracema se arrodilló. No delante de mí, sino a un lado. Como si rezara a un dios que no mira hacia arriba. Y entonces, con la punta de la lengua, rozó el aire, justo donde yo sentía el calor.

—Aquí es donde uno se muere —dijo—. No de verdad. Pero de una manera que lo cambia todo.

Sentí un escalofrío que empezó en la nuca y bajó como un río de aguja. Cerré los ojos. Y cuando los abrí, ya no estaba en el cuarto. Estaba en un jardín. No cualquiera. Un jardín donde las flores tenían ojos, y las ramas se movían como caderas. Y yo, desnuda, con el pelo hasta la cintura, caminando sobre tierra caliente.

—Este es el lugar donde vuelven las que ya no temen —dijo una voz que era la mía, pero no.

Y entonces apareció ella. No doña Iracema. O sí. Pero más joven, con el pelo suelto, con el pito tieso entre las piernas, largo, oscuro, con venas que latían como si tuvieran pulso.

—¿Tienes miedo? —preguntó.

—No —mentí.

Ella sonrió. Se acercó. Me tomó de la mano. Y con la otra, me acarició el cuello, bajando lento, como si pelara una guayaba madura.

—Aquí no se juzga —dijo—. Aquí se come. Se mamar. Se ríe. Se llora. Se vive. Y se muere. Pero morirse aquí es como nacer otra vez.

Me besó. No en la boca. En el ombligo. Y sentí que me abría por dentro, que algo salía, no de mí, sino de dentro de lo que creía que era yo.

Cuando volví al cuarto, estaba sola. La puerta había vuelto. La silla, vacía. Pero yo no era la misma. Mi piel olía distinto. Mi voz, más grave. Y entre mis piernas, un cosquilleo que no se iba, que se reía cuando pensaba en otras mujeres.

Pasaron días. Semanas. Doña Iracema nunca volvió a salir. Pero yo, cada noche, a las once y trece, abro la puerta de mi cuarto y miro al pasillo. Y a veces, muy bajito, escucho una risa. Y siento que el piso se ablanda. Que la pared se vuelve aire. Que hay un cuarto sin puerta, esperándome.

Hoy, mientras escribo esto, siento que algo crece en mi espalda. Algo que no duele. Algo que pide salir. Y sé que cuando lo haga, no seré Adriana. Seré algo más. Algo que camina descalzo, que no necesita puertas, que sabe que morirse a veces es lo más rico que le puede pasar a un cuerpo.

Ayer vi a una nueva inquilina, joven, ojos claros, piel de leche. Me miró con curiosidad. Le sonreí. Y sin decir nada, le dejé la puerta entreabierta. Por si acaso. Por si ya siente el cosquilleo. Por si ya sabe que hay un lugar donde los cuerpos se vuelven sueños, y los sueños, carne.

Porque aquí, en La Esperanza, uno no vive. Uno se transforma. Y a veces, la muerte más dulce es la que llega con una vecina descalza, que sabe cómo mamar el aire y convertirlo en deseo.

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