El Baile del Fénix en la Playa de los Suspiros
6 minEl Baile del Fénix en la Playa de los Suspiros
La luna estaba redonda y dorada, colgada como una perla recién extraída del vientre del mar. En la Playa de los Suspiros, donde el arena se volvía negra al atardecer y brillaba con reflejos de cobre bajo el cielo estrellado, las olas susurraban palabras antiguas que solo los peces recordaban. Allí, entre rocas cubiertas de algas y sombras que se estiraban como gatos perezosos, apareció Mateo.
Llevaba una camiseta blanca empapada por el salitre, los pantalones arremangados hasta las rodillas, y una sonrisa que parecía saber algo que nadie más sabía. Tenía los hombros anchos, el pecho cubierto de una fina capa de vello dorado, y los ojos color miel —cálidos, lentos, como si midieran cada segundo antes de saltar al vacío. Venía con un paño de lino en la mano y una botella de aguardiente de caña que olía a caña quemada y limón.
—¡Mirá, Isabella! —dijo con esa voz grave que le temblaba en la última sílaba, como si la emoción lo estuviera desbordando por dentro—. Traje el ron. Y vos… vos venís conmigo.
Ella lo esperaba sentada sobre una roca, con las piernas cruzadas y el cabello suelto, ondeando con la brisa. Llevaba un vestido largo de encaje blanco, pero desabrochado hasta la cintura, dejando ver la tira de piel morena que iba desde el ombligo hasta el bikini de lentejuelas plateadas. Sus ojos, oscuros como el café recién hecho, lo recorrieron entero, despacio, como si estuviera leyendo un poema en voz alta.
—Sí, Mateo… vení —respondió, y su voz era un canto suave, con ese acento rioplatense que endulza hasta el más ácido de los gestos—. Pero primero, sacate esa camiseta. Quiero ver cómo se te pone la piel cuando el viento te toca el pecho.
Él no dudó. Se la sacó con un movimiento seguro, dejando al descubierto ese cuerpo que parecía forjado a fuego lento: musculosos pero no excesivos, con cicatrices pequeñas —una en la clavícula, otra en el antebrazo— que contaban historias que él nunca contaba. Isabella se levantó entonces, despacio, como si cada parte de su cuerpo tuviera su propio ritmo. Se acercó, descalza, y puso las palmas en su pecho, sintiendo el latido acelerado.
—Sos hermoso —murmuró, y se inclinó hasta rozar con los labios su ombligo—. Pero hoy no querés que te vea. Querés que te sienta.
Lo llevó hasta un espacio más tranquilo, donde el mar no llegaba tan fuerte y el viento traía olor a jazmín silvestre. Isabella se sentó en el suelo, con las piernas abiertas y la espalda apoyada en una roca lisa. Mateo la imitó, pero antes de que él pudiera tocarla, ella le puso una mano en el pecho.
—No así —dijo—. Acá no es donde empieza. Acá empezamos cuando vos me mirás, cuando yo te miro a vos. Pero lo que viene… eso lo hacemos con el cuerpo.
Con un gesto lento, le quitó el cinturón. Lo enrolló en su puño como una serpiente que aprendió a amar. Luego, con la punta del cuero, empezó a trazar líneas en su cuello, en su pecho, en el interior de sus muslos —siempre sin presionar, solo rozar— hasta que él dejó escapar un suspiro que no era queja, sino un ruego disfrazado.
—Isa… —dijo, con la respiración cortada.
—Callá, pija —le respondió, y por primera vez, usó esa palabra que en su tierra suena a ternura, a complicidad, a algo íntimo—. Dejá que te mire. Dejá que te sienta.
Se levantó entonces, lo empujó suavemente hasta que quedó acostado, y se subió sobre él, sentada a horcajadas, con las manos apoyadas en su pecho. Bajó la cabeza y lamió su pezón, con la lengua tibia y lenta, hasta que lo sintió endurecerse bajo su boca. Él gimió, bajó las manos hasta sus caderas, pero ella las detuvo con una mirada.
—Hoy no me tocas —dijo—. Hoy solo me dejás hacer lo que quiera con vos.
Bajó más, hasta rozar el borde de su pantalón. Con los dedos, desabrochó el botón con un clic casi musical, bajó la cremallera con lentitud, y sacó su pija, ya dura, húmeda en la punta, como un fruto recién maduro. Isabella la sostuvo con ambas manos, la acarició de abajo hacia arriba, y luego lo miró a los ojos mientras se lamería los labios.
—Sos grande, Mateo… y está tan linda —murmuró—. Tan dura, tan tibia. Me la quiero meter entera en la concha.
Lo tomó por la base y se lo llevó hasta su entrada. Estaba húmeda, caliente, llena de un calor que solo se genera cuando el cuerpo sabe que algo importante va a pasar. Se hundió un poco, hasta que la punta la rozó por dentro, y gimió, como si ya estuviera dentro. Él no se movió. Solo la miraba, con las manos cerradas en puños a los lados, conteniéndose.
—Decime qué querés —le pidió ella.
—Te quiero dentro de mí —dijo él, con la voz rota—. Quiero que me garchés, Isa. Quiero que me comas.
Ella sonrió, y por primera vez, lo hizo con los ojos cerrados. Bajó más, hasta que su cuerpo se hundió por completo, hasta que el vello de sus muslos rozó el suyo, hasta que sintió cada centímetro de él dentro de su concha. Gritó su nombre como una oración, como un canto antiguo que venía de muy adentro.
—¡Mateo!
Empezaron a moverse. Ella con movimientos largos, pausados, como si bailara una cueca lenta, y él con empujes suaves, controlados, como si temiera que el más mínimo exceso la hiciera desaparecer. Pero ella no desaparecía. Ella lo tenía ahí, con ella, en la arena, bajo la luna, con el mar de fondo y el viento susurrando sus nombres.
Cuando se acercó al borde, Isabella se inclinó hacia atrás, apoyó las manos en la arena y lo miró fijo mientras lo sentía más fuerte, más adentro. Él le tomó los pechos, los apretó con suavidad, y le mordió el lóbulo de la oreja.
—Voy a entrar más —le dijo—. Quiero sentir tu cuerpo quebrándose por dentro.
Ella asintió, con los dientes apretados, y le indicó que la tomara más fuerte. Entonces él empujó con fuerza, una y otra vez, y ella gritó, no de dolor, sino de placer puro, como una bestia que por fin encuentra su cueva. Su cuerpo se estremeció, su concha se cerró alrededor de su pija, y él, sin esperar más, se corrió dentro de ella, con un gemido que parecía un lamento y una bendición a la vez.
Ella lo siguió segundos después, con un sollozo que nació de lo más hondo, como si su alma se desbordara y se derramara por la entrepierna.
Se quedaron así, abrazados, la arena fría bajo sus espaldas, la luna brillando como un testigo callado. Isabella le acarició el pelo con ternura, y Mateo, con la cabeza aún apoyada en su hombro, murmuró:
—Hoy no fue solo sexo.
—No —respondió ella—. Hoy fue magia.
Y entre risas, besos y el sonido de las olas que no cesaban, se levantaron, se vistieron despacio, y se fueron caminando de la mano, sabiendo que la noche aún tenía mucho por dar.
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