El Juego del Reloj
6 minEl Juego del Reloj
La lluvia golpeaba suave contra los cristales del hotel El Águila, en Guanajuato, como un ritmo lento que nadie había aprendido a contar del todo. En el vestíbulo, con su suelo de cantera oscura y las lámparas de hierro forjado colgando como gotas suspendidas, Beatriz se detuvo un instante antes de acercarse al mostrador. Llevaba un abrigo negro corto, mojado en los hombros, el cabello recogido en un nudo desordenado que dejaba al descubierto la línea suave de su nuca. Había llegado en el último tren de la tarde, con una maleta pequeña y un sobre gris que guardaba en el interior de su bolso, como si fuera un objeto sagrado.
El recepcionista, un hombre de voz grave y ojos que parecían haber visto demasiadas llegadas y demasiadas despedidas, le entregó la llave sin preguntar. Ella asintió con una sonrisa leve, apenas perceptible, y se dirigió al ascensor, ese pequeño cubículo de espejos y metal brillante que subía con un murmullo mecánico. En el piso cinco, la puerta 507 se abrió con un clic seco.
Dentro, el ambiente era cálido, casi íntimo. Una cama grande, cubierta con una colcha de algodón crudo, ocupaba el centro de la habitación. A su lado, una mesa baja con una jarra de cristal y dos vasos. Y sobre la mesa, sin que ella hubiera visto a nadie moverse, una nota escrita a mano, doblada en triángulo.
Beatriz la tomó con dos dedos, como quien recoge una pluma caída. Al abrir la hoja, las letras negras eran firmes, decididas: *“El juego comienza cuando el reloj marca los 12 minutos. Tienes tres intentos para llegar al balcón antes de que suene la campana.”*
No había firma. Tampoco fecha.
Ella sonrió por primera vez, una sonrisa verdadera, que le llegó hasta los ojos. Se quitó el abrigo y lo colgó en una silla. Luego, se sentó en el borde de la cama y se quitó los zapatos. Los pies, descalzos, tocaron el suelo de madera tibio. Se miró en el espejo del cabecero: piel morena clara, pómulos altos, labios oscuros y húmedos. Tenía treinta y dos años, y en ese instante, por primera vez en mucho tiempo, sentía que respiraba con profundidad.
El reloj de pared, un objeto antiguo de madera oscura con manecillas doradas, marcaba las 5:47. Ella se puso de pie. Caminó hacia el balcón, que estaba cerrado por una puerta de cristal templado. A un lado, colgaba una pequeña campana de bronce, conectada por un hilo invisible al reloj.
Dio un paso. Otro. Escuchó el crujido de la madera bajo sus pies. Alcanzó la manija de la puerta y la giró lentamente. El viento, fresco y húmedo, le acarició el rostro. La ciudad se extendía debajo, iluminada por luces amarillas y naranjas que parecían estrellas caídas.
Pero no llegó a cruzar.
La campana sonó.
Un sonido metálico, claro, que resonó en la habitación como una sentencia. Abeatriz no se dio vuelta. Contuvo la respiración. Cinco segundos. Diez. Y entonces, una voz, baja, pausada, como si hubiera estado esperando detrás de la puerta del baño:
—Segundo intento comienza… ahora.
Ella giró.
Él estaba apoyado contra el marco, con las manos en los bolsillos. Alto, de hombros anchos, cabello oscuro ligeramente despeinado, barba bien recortada. Vestía una camisa blanca abierta hasta el ombligo, y en la muñeca derecha, un reloj de pulsera idéntico al del dormitorio, pero más pequeño.
—¿Quién eres? —preguntó Beatriz, sin miedo, con la voz firme.
—Julián —dijo él, y se apartó del marco. —Y tú ya has perdido el primer intento.
—¿Y si no quiero jugar?
—Entonces te irías. Pero no vendrías. Y no habría esta campana. —Él sonrió, con una media sonrisa que no llegaba a los ojos, pero sí a la voz. —Tú viniste. Buscaste esto. Por eso estás aquí.
Beatriz bajó la vista al sobre, ahora en el suelo. Lo había dejado caer sin darse cuenta.
—¿Y qué pasa si gano?
—Entonces… —Julián dio un paso más—. Decides cuánto dura el juego. Pero no ganas la libertad. Solo el derecho a elegir cómo continuar.
Ella lo miró fijamente. No había amenaza en su tono. Sólo claridad. Como si estuviera ofreciendo una taza de café, no un juego de poder.
—Tercer intento —dijo Julián, y volvió a mirar el reloj del dormitorio—. Empieza… en tres.
Beatriz corrió.
No pensó. Sólo movió el cuerpo. La falda le rozó los muslos, y sintió el aire frío en las piernas. Llegó a la puerta del balcón, la empujó con fuerza, y en el momento en que sus pies tocaron el aire húmedo de la noche, escuchó el sonido.
Pero no fue la campana.
Fue un clic. Un sonido seco, cercano.
Ella se volvió.
Julián estaba a dos pasos, con la mano extendida. En su muñeca, el reloj marcaba 5:59.
—Tú no corrías hacia el balcón —dijo, acercándose—. Corrías hacia mí.
Beatriz sintió el calor de su cuerpo antes de sentir el contacto. Cuando él la tomó por la cintura, sus dedos se hundieron con firmeza en la tela de su blusa, sin estrangular, pero sin permitir la huida. Ella no intentó escapar.
—Porque sabías que era imposible llegar antes —dijo ella.
—No era imposible. Era solo que yo quería que llegaras a mí. No al balcón.
Él la acercó, hasta que su pecho rozó el suyo. Beatriz sintió el latido de él, rápido pero controlado. El suyo, igual. Ella alzó la mano y pasó los dedos por el cuello de él, sintiendo el pulso allí también, esa pequeña violencia silenciosa del cuerpo vivo.
—¿Y ahora qué?
Julián inclinó la cabeza, hasta que su aliento rozó su oreja.
—Ahora —susurró—… el reloj marca los 12 minutos. Y tú no has hecho nada para detenerlo.
Ella se apartó un poco, pero no para huir. Para mirarlo mejor. Para ver cómo se iluminaba su mirada, cómo sus labios se entreabrieron.
—Entonces… ¿qué hago?
—Te quitas la blusa.
Beatriz lo miró, sin pestañear. Luego, lentamente, con los dedos que ya no temblaban, desabrochó el primer botón. Otro. Y otro. Cada movimiento era consciente, deliberado. La tela se abrió como una flor que no quiere soltar sus pétalos. Bajó los hombros, dejó que la blusa se deslizara por sus brazos y cayera suavemente al suelo.
Julián no se movió. Sólo la observaba, como si cada centímetro de piel que aparecía fuera un mapa que debía memorizar.
Ella se acercó de nuevo, y esta vez fue ella quien lo tomó por la camisa.
—¿Y si ya no quiero jugar?
—Entonces —dijo él—, me dices cuándo quieres que pare. Y yo paro.
Ella sonrió.
—Entonces… sigue.
Julián le quitó el resto de la ropa con calma. No con urgencia. Con intención. Cada botón, cada hebilla, cada tirante era un acto de dominio suave, como si la estuviera desempacando, no despojando. Sus dedos rozaban su espalda, sus costillas, la curva de sus caderas. Beatriz cerró los ojos cuando él pasó los pulgares por los pezones, ya duros bajo el tacto.
—¿Te gusta? —preguntó él.
—Me gusta que preguntes —respondió ella.
Él la llevó hasta la cama, sin empujarla, sin forzarla. Sólo guiándola. Y cuando ambos quedaron recostados, él se colocó sobre ella, apoyado en los codos, y le acarició el rostro con la palma abierta.
—Tú no me elegiste —dijo—. Me elegiste a mí. Y ahora… me perteneces mientras yo quiera que sigas.
Ella le tomó la cara entre las manos.
—Entonces —dijo—. Tú perteneces a mí mientras yo quiera que sigas.
Él la besó entonces, lento, profundo, como si el tiempo fuera algo que pudieran reajustar con una mirada. Y en la habitación, el reloj siguió marcando el tiempo. Pero ya no era un juego. Era una promesa.
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