Esa noche en mi apartamento cuando el calor no se iba

Esa noche en mi apartamento cuando el calor no se iba

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 5 min de lectura

La humedad me pegaba a la piel como una segunda camiseta mojada. Junto a la ventana del apartamento, con la brisa del aire acondicionado pidiéndole permiso al termómetro para subir hasta los 26 grados —y el aire acondicionado negándoselo con un zumbido cansado—, me quedé parada, sin nada puesto más que una toalla holgada, ya suelta en la cintura. Hacía días que no llovía, y el calor no era de esos que se quitan con un vaso de agua fría. Era un calor que se metía por los poros, que te recordaba quién manda: el sol, el tiempo, y mi propio cuerpo, que no paraba de pedir más.

Me llamó Carlos esa tarde: “Oye, valeria_storm, ¿te pasa algo? Estás rara, como pa’ fuera”. No le respondí. No tenía ganas de explicarle que no era rara, era *viva*, como siempre le decía mi abuela cuando le ganaba el catorce al vecino en el ajedrez. Estaba viva, sí, con el pulso acelerado por algo que no tenía nombre, pero que sabía muy bien dónde quería ir a parar.

Me senté en el sofá, con la toalla ya tirada en el suelo, y me puse los pies en la mesa baja de vidrio. Me miré las piernas: morenas, con ese brillo sutil que da el sol de la mañana cuando te agarras una siesta en el balcón. Los muslos tenían esa suavidad que solo tienen los que no corren ni caminan para llegar a tiempo a nada. Me pasé la palma de la mano por el muslo, lento, dejando que el roce se hiciera eco en la piel. Me acordé de cómo se sentía la primera vez que me toqué con intención: hacía poco más de un año, después de una pelea con mi ex, con las manos temblorosas y el corazón a mil, como si me hubiera escapado del cuerpo.

Pero hoy no era por furia ni por olvido. Hoy era por ganas. Pure, cruda, inevitable. Como cuando el café te quema la lengua y sigues bebiéndolo igual, sabiendo que va a doler, pero también que va a calentar hasta lo más hondo.

Me levanté, caminé despacio hacia la habitación. El piso frío me hizo estremecer, pero no me detuve. Me senté en la cama, con las piernas abiertas, las manos en las rodillas, como si esperara algo. No era paciencia. Era *invitación*. Me pasé la lengua por los labios, sentí el sabor salado de la sudoración que me corría por el cuello. Me dije en voz baja, con ese acento paisa que me sale cuando estoy cómoda: “Venga, valeria, que esto no se va a solito”.

Me toqué el pecho. Con las yemas, lento. Me apreté un pezón entre los dedos, y me puse rica, rica como cuando te mueres de ganas de una arepa con queso y por fin la encuentras recién hecha. El calor me subió de golpe, desde el vientre, hasta la nuca. Me eché hacia atrás, apoyándome en los codos, y me pasé la mano por el estómago, bajando… bajando… hasta llegar al vello suave, húmedo ya sin que yo lo hubiera hecho intención.

Me abrí con los dedos, con cuidado, como si estuviera abriendo una puerta que no había querido tocar en mucho tiempo. Me toqué allí, justo donde más me quemaba. Me jodió un gemido, bajo, ahogado, como si alguien me estuviera mirando. Pero no había nadie. Solo yo, mi respiración entrecortada, y el silencio del apartamento, que parecía contener la respiración también.

Me pasé el dedo índice por el clítoris, un círculo pequeño, lento, que se hacía más fuerte cada vez que sentía el pulso allí, palpitando como si me llamara por mi nombre. Me mordí el labio, sentí el dolor agudo y me gustó. Me puse un dedo, luego dos, con una lentitud que me hacía sudar más. Me imaginé que era él, que no era nadie en particular, pero que me miraba con esa mirada que me derrite: fija, cálida, sin juicios. Me imaginé que me decía: “Mira cómo te gusta, mija, mira cómo te relajas cuando te dejas ir”.

Y me dejé ir. Me dejé ir como cuando te lanzas de cabeza al río y no sabes si vas a tocar fondo, pero de todas formas saltas. Mis caderas empezaron a moverse, lentas al principio, luego con más fuerza, como si me estuvieran pidiendo algo que solo yo podía darle. Me pasé la mano por el pelo, me lo tiré hacia un lado, sentí el calor en la cara, el rubor que subía como vino derramado.

Me toqué más fuerte. Me puse los tres dedos, estirándome, expandiéndome, mientras con el pulgar daba pequeños golpecitos en el clítoris, como si le estuviera hablando en un idioma antiguo que solo nosotras dos conocíamos. Me puse a respirar rápido, con respiraciones cortas, como si me hubiera subido a la escalera mecánica de un centro comercial y me estuviera yendo hacia arriba sin poder frenar.

Y entonces llegó. No fue un explosión, fue un derrumbe suave, como cuando se derrite el queso en una arepa, cuando se deshace en la lengua sin que nadie lo note. Mis músculos se tensaron, mis pies se encorvaron, las uñas de las manos se clavaron en el muslo. Un gemido salió de mi garganta, largo, ronco, como si el cuerpo me lo estuviera devolviendo después de tanto tiempo callado. Me temblaron las piernas, me tembló la boca, me tembló todo. Y cuando todo pasó, me quedé así, con los ojos cerrados, los dedos aún dentro, respirando como si acabara de correr un kilómetro.

Me levanté, caminé al baño. Me lavé las manos, me miré al espejo. La cara roja, los labios húmedos, el pelo despeinado. Me sonreí. Me dije: “Esto no es vergüenza. Esto es vida”.

Me puse un vestido ligero, me senté en el balcón con un vaso de agua de coco, helada, de esas que te compra el viejo de la esquina con su neverita de plástico. Miré cómo se ponía el sol, cómo teñía el cielo de anaranjado, y me dije: “Mañana vuelvo a sentirme así. Porque esto no se olvida. Esto se guarda, como el mejor vino en el fondo del armario”.

Y así, con la piel ardiendo, con el corazón tranquilo y el alma contenta, me quedé allí, disfrutando del silencio, de mi propio cuerpo, de ese calor que no se iba… porque no quería irse.

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