El Vuelo del Colibrí
6 minEl Vuelo del Colibrí
A veces, el destino no te avisa con un trueno, sino con una caída suave, como una pluma que se posa en el hombro y se queda un rato.
Estaba en el aeropuerto de Quito, esperando el último vuelo rumbo a Cartagena, cuando la vi. No de forma usual —no en la cola de facturación ni en la sala de embarque—, sino en la zona de salidas, junto al escaparate de una tienda de souvenirs, junto a un展 de cartografía antigua. Llevaba una mochila de lona desgastada, sandalias con correa dorada y una camiseta de algodón color mostaza, manchada por el sol de algún lugar lejano. Sus cabellos, negros y ondulados, estaban recogidos en un nudo torcido, del que escapaban mechas que le rozaban la nuca. Tenía los ojos grandes, oscuros, y una sonrisa que no parecía dirigirse a nadie… hasta que me miró.
—¿Perdida? —pregunté, acercándome sin intención clara, solo curiosidad.
—No —dijo—. Esperando algo. O a alguien. No lo sé bien.
Su voz era baja, con un matiz de voz de quien habla en voz baja en bibliotecas y trenes nocturnos. No usaba maquillaje, pero sus labios tenían un tono natural que parecía pintado a pincel seco: rojo tierra, ligeramente entreabierto, como si estuviera a punto de decir algo más.
—¿A qué? —pregunté, señalando la carta del escaparate. Un mapa antiguo, con líneas doradas y dragones en las esquinas.
—Al horizonte —dijo, y me tendió la mano—. Me llamo Elia.
Tomé su mano. Fue un contacto breve, pero con electricidad sutil, como el primer roce entre dos metales cargados.
El avión llegó una hora después. Nos sentamos juntas, no por casualidad, sino porque Elia me dijo, mientras desabrochaba la cinta de seguridad: —Si vamos a compartir aire, que sea por lo menos aire con historia.
No supe entonces si era una metáfora o una invitación.
Cartagena nos recibió con un calor húmedo y un cielo que parecía estar a punto de llorar. Nos alojamos en el mismo hotel: el Hotel San Pedro, un edificio del siglo XVI convertido en refugio de viajeros soñadores. La habitación de Elia daba al jardín interior, con una reja de hierro forjado que filtraba la luz como un cálculo matemático de sombras y dorados. Yo estaba en la habitación contigua, pero no nos despedimos al entrar. En cambio, Elia me miró desde su umbral y dijo:
—Mañana, al amanecer, el jardín se llena de colibríes. ¿Quieres verlos?
No respondí con sí o no. Solo asentí, como si ya hubiéramos firmado algo invisible.
Amanecimos juntos en el jardín, envueltos en una bruma ligera y una silenciosa complicity que no necesitaba palabras. Los colibríes llegaron como gotas de luz: verde esmeralda, azul eléctrico, púrpura oscuro. Se posaban en las flores de plátano, en las hibiscos rojos, en los pétalos sueltos que flotaban en el agua de la fuente. Elia se acercó a una de las ramas bajas, y yo la seguí. No era un gesto de posesión, sino de invitación.
—¿Te gustan? —preguntó, sin mirarme, con los ojos fijos en un colibrí que hoveraba frente a una flor de corona de Cristo.
—Me gustan porque no se detienen —respondí—. Pero aquí están quietos, como esperando algo.
—Tal vez esperan que los invitemos a quedarnos un rato.
El colibrí se posó en su dedo índice. Su pico, fino como una aguja, rozó la piel de su mano. Yo no me atreví a moverme. Solo observé cómo sus pestañas bajaban, como si estuviera rezando, y cómo su pecho subía y bajaba con una respiración lenta, consciente.
—¿Por qué viajas? —le pregunté, casi en susurro.
—Porque me gusta sentir que el mundo se desplaza bajo mis pies. Pero hoy… hoy quería sentir que el mundo se detenía.
Entonces, con la misma naturalidad con que un pájaro abre el pico, Elia me tomó la mano y la apoyó sobre su cuello. La piel era tibia, suave, con un olor a sal y a hojas secas. Sentí el latido allí, en esa zona donde la carne es más fina, más viva. No era un pulso rápido, sino lento, deliberado, como si supiera que cada latido contaba.
—¿Quieres que te muestre algo que no está en el mapa? —susurró.
Asentí, sin perder su mirada.
Subimos al balcón del quinto piso, donde no había nadie. El sol ya subía, y el calor se hacía más intenso, pero no importaba. Se quitó la camiseta, y bajo la luz temprana, su piel parecía hecha de cera dorada. Tenía una marca en el costado izquierdo, pequeña, en forma de media luna: un lunar que, según me dijo, le había costado un viaje a Brasil para saber que era benigno.
—¿Te gusta? —preguntó, mientras su pecho se alzaba con la respiración.
—Me gusta que esté aquí —respondí, y acerqué mi boca a ella—. Como si fuera una firma del mundo.
La besé con lentitud, como quien abre una carta antigua, con cuidado, sabiendo que cada palabra importa. Su boca era cálida, húmeda, con un sabor a café y a piña. Sus manos se deslizaron por mis brazos, por mi cintura, y luego, con una decisión que no era precipitada, sino calculada, me desabrochó el sujetador con un movimiento fluido de muñeca. No hubo prisa. Hubo tiempo. Y en ese tiempo, todo se volvió más lento, más denso, más real.
Bajamos al balcón de abajo, donde había un sofá de mimbre, cubierto con una manta de colores vivos. Allí, entre sombras que se movían con el viento, nos despojamos de lo que nos quedaba. No fue un acto, sino una revelación. Cada toque fue una pregunta, cada respuesta un beso. Su pecho contra el mío, sus muslos que se cerraban suavemente alrededor de mi cintura, el sonido de su respiración cuando le toqué allí, donde ya no había dudas, solo certezas. No hubo gemidos, solo respiraciones largas, como si estuviera aprendiendo a respirar de nuevo.
—¿Estás segura? —le pregunté, con la frente apoyada en su cuello.
—Sí —dijo—. Porque hoy me sentí viajera, no huésped.
Cuando lo hizo, fue con calma, con una ternura que no se negocia. Sentí su calor, su peso, su confianza. Me miraba con ojos abiertos, como si quisiera guardar cada expresión en su memoria. Y cuando yo me rendí, cuando el mundo se encogió hasta ser solo piel, latidos y luz, ella me besó la frente, como si yo fuera quien debía despertar en paz.
Después, nos quedamos tumbadas, sin palabras. Ella acariciaba mi brazo con el dorso de los dedos, como si estuviera leyendo una brújula invisible.
—¿Qué harás hoy? —me preguntó, sin mirarme.
—Quiero ver otro mapa —respondí—. Pero esta vez, con tu ayuda.
Ella sonrió, y por primera vez, su sonrisa fue directa, sin sombra, sin duda.
—Entonces, vamos. Hay un jardín oculto, más arriba. Nadie lo usa. Pero los colibríes lo conocen.
Y así, con las manos entrelazadas, salimos del hotel como si fuéramos dos viajeras que se habían encontrado en una estación perdida y decidieron seguir el mismo tren. No hablamos de futuro, ni de adiós, ni de vuelos. Solo sabíamos que, por ahora, éramos dos cuerpos que habían decidido no despedirse antes de tiempo.
Y mientras descendíamos por las calles empedradas, con el sol en la espalda y el olor a jazmín en el aire, supe que no era solo un encuentro. Era un recuerdo que aún no había ocurrido, pero que ya habitaba en mí.
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