El círculo de las luces tenues
La sala estaba iluminada con quince velas de cera blanca, alineadas en círculo sobre el suelo de madera envejecida, entre cojines de terciopelo gris oscuro y mantas de lana áspera plegadas con intención. El aire olía a cedro quemado y a sándalo, y algo más sutil: sudor, sal, aceite de almendras, el perfume de una mujer que se llamaba Lucía. Las luces temblaban con el movimiento de la brisa que entraba por la ventana entreabierta, proyectando sombras alargadas y danzarinas sobre las paredes de yeso.
No había música. Solo el sonido de las risas bajas, de los Respiraciones sincronizadas, de las manos deslizándose sobre piel.
Lucía, de pie al centro del círculo, llevaba una túnica blanca sin mangas, abierta por detrás hasta la cintura, dejando al descubierto la curva de su espalda baja y la línea suave de sus riñones. Sus pies descalzos apoyaban con calma el empeine sobre el suelo frío, y sus brazos estaban extendidos, como si sostuviera invisible la energía del espacio. A su alrededor, cuatro personas sentadas en círculo la observaban sin apuro. Mateo, con los hombros anchos y el pelo canoso recogido en una coleta suelta; Elena, de piernas largas y pechos pequeños y firmes, con una sonrisa tranquila que nunca desaparecía del todo; Sofía, con los ojos oscuros y los labios siempre entreabiertos, como si estuviera a punto de decir algo importante; y, por último, Benjamín, de postura erguida, manos entrelazadas sobre las rodillas, mirada fija en Lucía sin rastro de expectación, solo de presencia.
Lucía tomó una respiración honda, lenta, y bajó lentamente los brazos. La túnica se deslizó por sus hombros sin que nadie la tocara, cayendo al suelo en un círculo perfecto. Bajo ella, no llevaba nada. Su cuerpo era largo y esbelto, con curvas suaves que se acentuaban hacia abajo, hacia las caderas anchas y las piernas que se estrechaban hacia los tobillos. El ombligo era profundo, casi un nudo, y el vello púbico, rubio claro, formaba una media luna ordenada. No se ruborizaba. No tenía nada que ocultar.
Benjamín fue el primero en moverse. Se puso de pie con lentitud, como si despertara de un sueño compartido. Desabotonó su camisa de lino color miel, deslizándola por los hombros, dejando al descubierto un pecho cubierto de vello dorado, una cicatriz delgada en el costado izquierdo y el ombligo redondo, casi idéntico al de ella. Se quitó los pantalones sin prisa, sin romper el contacto visual con Lucía, y se acercó. No la tocó. Se colocó a su espalda, con las manos en sus caderas, y apoyó la frente contra su espalda baja. Respiró su cuello. Lucía cerró los ojos y exhaló.
Elena se levantó a continuación. Se despojó de la blusa blanca que llevaba bajo una chaqueta de lino, dejando ver un sostén de encaje negro con tirantes finos. No se lo quitó. En lugar de eso, se acercó a Mateo, que ya se había desabrochado la corbata y dejado caer la camisa sobre una silla. Ella se sentó en su regazo, cruzando las piernas sobre su cintura, y besó su cuello con una ternura que no era de la infancia ni de la amistad, sino de algo más antiguo: confianza. Mateo le acarició el muslo con una mano, mientras con la otra deslizaba los tirantes del sostén hacia abajo, dejando sus pechos libres, redondos y oscuros, con pezones pequeños y firmes.
Sofía se mantuvo sentada. Se quitó los pantalones y se deslizó la camiseta por la cabeza, quedando en bikini de tela gris. Se levantó entonces, caminó hasta el centro del círculo, donde Lucía y Benjamín seguían inmóviles, y se sentó entre las piernas abiertas de él. Con una mano, tomó su pene, ya en erección, grueso y curvado ligeramente hacia arriba. Con la otra, rozó con la yema de los dedos los pechos de Lucía, que se estremeció por primera vez. No fue un estremecimiento de placer, sino de reconocimiento. Como si su cuerpo hubiera estado esperando esa sensación.
Benjamín giró la cabeza y besó a Sofía en la nuca, con una ternura que no se había permitido antes. Ella le guió la punta del pene hacia su entrada, y lo hundió en ella con una sola presión. Ella no gritó. Solo dejó caer la cabeza hacia atrás, apoyándola sobre su hombro, y cerró los ojos. Su respiración cambió. Se volvió más profunda, más lenta.
Lucía se volvió entonces, tomó la mano de Mateo y la llevó a su propio pecho. Él la sostuvo sin apretar, con la palma cubriendo por completo la curva, con el pulgar rozando su pezón. Ella inclinó la cabeza y besó su cuello, mordisqueó su barbilla, y le susurró algo que nadie más oyó. Él le sonrió y le acarició la nuca. Luego, con la otra mano, la tomó de la cadera y la llevó hacia sí, hacia su regazo, donde Elena ya se balanceaba con los ojos cerrados y las mejillas sonrojadas.
Lucía se sentó sobre Mateo, con las piernas a cada lado de su torso, y bajó lentamente hasta fundirse con él. No hubo un impulso. No hubo urgencia. Fue como si el cuerpo de ella hubiera encontrado el hueco que había estado buscando durante semanas, años. Su respiración se entrelazó con la de él, y sus manos se buscaron: una en su nuca, otra en su muslo, los pulgares rozando las venas que latían bajo la piel.
Benjamín y Sofía se movían ahora con un ritmo lento, constante. Ella tenía las uñas clavadas en sus muslos, y él apoyaba las manos en sus caderas, empujando con fuerza, pero sin violencia. Elena, sentada sobre Mateo, se inclinó hacia adelante y besó el pecho de Lucía, que aún estaba sobre él. Lucía cerró los ojos y dejó que sus labios rozaran los de Elena, suave, como si estuvieran compartiendo un secreto. Elena le mordió el labio inferior con cariño, y Lucía soltó una risa ahogada.
Benjamín se separó entonces de Sofía, que se desplomó sobre su regazo con los ojos cerrados, el rostro iluminado. Él se puso de pie, tomó una botella pequeña de aceite de almendras que estaba sobre una mesa cercana, y vertió un poco en la palma de su mano. Se acercó a Elena, que aún oscillaba sobre Mateo, y rozó con el aceite su espalda, bajando con lentitud por la curva de sus riñones, por la curva de sus caderas, hasta las curvas de sus muslos. Luego, con la misma mano, se lubrificó los dedos y los introdujo dentro de ella, mientras ella se balanceaba sobre Mateo, con los ojos cerrados, con la boca entreabierta, con el cuello tendido.
Lucía se separó de Mateo y se puso de cuclillas junto a Sofía. Le separó los labios con los dedos y besó su clítoris, que ya estaba hinchado y brillante. Sofía arqueó la espalda y soltó un grito suave, apenas un gemido, que se disolvió en el aire. Lucía no se apresuró. Lamió con cuidado, con la lengua plana, con movimientos circulares, y con los dedos masajeó su pecho, rozando sus pezones con la uña.
Mateo, entretenido con Elena, tomó la mano de Lucía y la llevó a su propia entrepierna. Ella la tomó, la acarició con lentitud, y luego se la llevó a la boca. Lamió su dedo, una y otra vez, mientras sus ojos se encontraban con los de él. Mateo cerró los ojos y apretó los dientes. No quería llegar demasiado pronto.
Benjamín se acercó entonces a Lucía, que seguía entretenida con Sofía. Se colocó detrás de ella, rodeó su cintura con sus brazos, y apoyó su pene contra su entrada. Ella se separó de Sofía, se puso de pie, y giró lentamente hasta quedar frente a él. Lo tomó con ambas manos y lo guió hacia adentro. No hubo una sensación de plenitud. Hubo una sensación de *llegar*. Como si su cuerpo hubiera estado esperando ese momento desde antes de que nacieran.
Y todos juntos, en ese círculo de velas temblorosas, con el aire cargado de sal y cera derretida, con el sonido de las respiraciones entrelazadas, con las manos que se buscaban, los labios que se encontraban, los cuerpos que se movían sin prisa, sin ansiedad, sin miedo… todos juntos, en ese instante, se entregaron.
No hubo gritos. Solo respiraciones profundas. Solo gemidos
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