Lo que pasó en el tren a Guadalajara

@la_viajera ·5 de junio de 2026 · ★ 4.9 (40) · 264 lecturas · 6 min de lectura

El tren de las 17:30 partió con un chirrido metálico y un leve balanceo, como si se estirara tras una siesta forzosa. Mariana ajustó la bufanda de lana alrededor del cuello —aunque el aire acondicionado chillaba más de lo habitual— y se acomodó en su asiento junto a la ventana. Llevaba una falda plisada hasta la mitad del muslo, una blusa blanca semi-transparente y tacones de aguja negros. El pelo castaño, recogido en un moño bajo, dejaba al descubierto el cuello, largo y elegante, con una pequeña cicatriz al lado de la oreja izquierda. Nadie en el vagón la conocía. Nadie sabía que trabajaba como consultora de logística, ni que había viajado esa mañana desde Monterrey para cerrar un contrato en Guadalajara. Nadie, salvo él.

Él se sentó frente a ella, tres filas atrás, en el asiento de la derecha, donde el sol de la tarde entraba directo por la ventana y lo cegaba. Se quitó las gafas de sol con lentitud, frotándose los ojos con los pulgares. Barba de tres días, hombros anchos bajo una camiseta oscura, pantalón vaquero ajustado en las caderas y los muslos, y pies descalzos dentro de unas sandalias de cuero. Se llamaba Álvaro, según la etiqueta del boleto que se le cayó al suelo cuando se inclinó para recogerla. Ella la recogió, se la entregó y él le sonrió, no con la sonrisa forzada del viajero cansado, sino con una mueca lenta, calcada en la comisura, como si ya supiera lo que venía.

—Gracias —dijo él, con voz grave, arrastrando las palabras como si le costara menos hablar que callar.

Ella asintió, pero no apartó la vista. Él la miró de vuelta, sin apuro, dejando que sus ojos se deslizaran por su cuerpo: desde las puntas de sus pies, subiendo por las pantorrillas, el muslo derecho, la falda que apenas cubría la curva de la ingle, la cintura estrecha, los pechos pequeños pero firmes bajo la blusa, y finalmente su cara. Ella no parpadeó. No bajó la mirada. Simplemente lo dejó hacer, como si eso —esa mirada lenta, implacable— ya fuera parte del trato.

El tren entró en un túnel. Las luces del vagón parpadearon una vez, dos, y luego se apagaron por completo. En la oscuridad total, Mariana sintió el calor de su cuerpo antes de oír su voz.

—¿Te importa si me quito la camiseta? Hace un calor del demonio.

Ella no respondió. Solo desabotonó el primer botón de su blusa, dejando ver el encaje negro del sujetador. Álvaro se levantó, se quitó la camiseta y la lanzó al asiento vacío detrás de ellos. Bajo ella, tenía el torso pelado, con una línea oscura de vello que bajaba desde el ombligo hasta el borde del pantalón. Se sentó de nuevo, cruzando una pierna sobre la otra, y esta vez su muslo rozó el de ella, sin disimulo.

—¿Vas a trabajar? —preguntó él, mientras con la punta del dedo trazaba un círculo en el borde del asiento, casi tocando su rodilla.

—Sí —respondió ella, con la voz un poco más baja—. Pero no me importaría irme a la cama antes.

Él soltó una risita baja, casi un gruñido, y por primera vez le tocó la mano. No un roce, no un intento. Tomó su mano derecha, la giró, le acarició la palma con el pulgar y luego se la llevó a los labios. No la besó. Solo olfateó. Inhaló su olor, como si ella fuera un perfume raro. Luego, lentamente, le soltó la mano, pero no apartó la vista.

—¿Te gusta que te toque así? —preguntó.

Ella no respondió con palabras. Solo inclinó la cabeza, un cuarto de pulgada, como una reverencia. Él sonrió.

El tren salió del túnel. La luz del atardecer inundó el vagón. Ella se puso de pie, con elegancia, como si lo hubiera planeado todo. Se acercó a la puerta del baño, abrió, miró hacia atrás y lo miró fijamente. Álvaro se levantó sin prisas, se ajustó el cinturón y la siguió. La puerta se cerró con un *clac* seco.

El baño del tren era pequeño, estrecho, con un inodoro de plástico gris y un espejo empañado. Mariana se volvió hacia él, lo miró de arriba abajo, y luego le dijo, sin apuro:

—Quítate el pantalón.

Él no dudó. Se desabrochó el cinturón, bajó la cremallera con un movimiento fluido, y se deshizo de la tela, dejando su ropa interior negra. Ella se agachó, no con humildad, sino con seguridad, y tiró de los elásticos, bajándole la ropa hasta las rodillas. Él se quedó quieto, las manos a los lados, las piernas ligeramente separadas. Su pene, aún flácido, descansaba sobre el vello púbico oscuro, largo y grueso, con la cabeza rosada y ligeramente húmeda.

—Sosténlo —le pidió ella.

Él lo hizo. Con la mano derecha, lo tomó por la base, la piel tersa, el vello suave. Ella se arrodilló, no en el suelo, sino sobre el asiento del inodoro, y se acercó hasta sentir su aliento en la punta del glande. Respiró hondo. Luego, con la lengua, lo rozó una vez, lentamente, desde la base hasta la cabeza, recogiendo la pequeña gota de líquido que ya asomaba.

Álvaro soltó un suspiro, corto, ahogado.

Ella no lo dejó hablar. Abrió la boca, lo tomó todo: la cabeza, el corona, el grueso, hasta la base. Lo chupó con suavidad, sin prisas, moviendo la boca como si fuera un instrumento, lamiendo el prepucio, chupando con fuerza cuando él apretaba las caderas. Él se inclinó hacia adelante, apoyó las manos en sus hombros, y le dijo, con voz rota:

—Mierda, sí… así…

Ella lo sacó de su boca con un *pop* audible, lo miró a los ojos, y lo volvió a tomar, esta vez con más profundidad. Su nariz rozó el vello púbico, sus dedos apretaron sus muslos, y su lengua empezó a lamerle el escroto, a un lado, al otro, rozando el ano, subiendo de nuevo por el eje, hasta la cabeza, donde ahora estaba más hinchada, más sensible. La lengua giró, hizo un círculo, y luego lo chupó de nuevo, esta vez con la boca completamente sellada, creando una succión suave y constante.

Álvaro jadeaba. Ya no sostenía su pene. Lo dejó caer, sin fuerza, mientras sus caderas empezaban a moverse, de forma involuntaria, buscando más profundidad, más presión. Ella lo dejó entrar, lo dejó empujar, pero cuando él intentó acelerar, ella le puso una mano en la frente y lo detuvo.

—Cálmate —le dijo—. Esto no es una carrera.

Él asintió, respiró hondo, y dejó que ella retomara el control. Ella volvió a tomarlo, esta vez con la mano izquierda, mientras con la derecha le masajeaba los testículos. Lo chupó, lo lamía, lo mordisqueaba con cuidado, sin dientes, solo con la presión de los labios y la lengua. Lo hacía lentamente, de forma obsesiva, como si cada segundo fuera a ser el último.

—Me voy a correr… —susurró él.

Ella no respondió. Solo lo tomó con más fuerza, lo chupó con más profundidad, y cuando sintió el primer latido, cuando vio cómo su cuerpo se tensaba, cómo sus dedos se clavaban en sus hombros, ella lo dejó entrar en su boca, sin apuro, sin tragar, solo dejando que él eyacular sobre su lengua, el líquido caliente, salado, con un sabor fuerte y terroso.

Él se desplomó contra la pared, con los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás, respirando como un perro tras una carrera. Ella se puso de pie, se limpió la boca con el dorso de la mano, y lo miró con una sonrisa tranquila.

—¿Te gusta Guadalajara? —preguntó ella.

Él abrió los ojos, la miró, y sonrió por primera vez de verdad.

—Depende —dijo—. ¿Te vas a quedar?

Ella se inclinó, le besó el pecho, y le dijo:

—Todavía no. Pero puedo hacer una parada.

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