El jardín de los espejos rotos
7 minEl jardín de los espejos rotos
Apenas crucé la puerta de madera oscura, el aire me golpeó como un abrazo húmedo. Olía a humus, a orquídeas marchitas y algo más: un calor animal, denso, que se pegaba a la piel. El jardín estaba vacío —nada de personas, solo plantas exóticas, ramas torcidas y espejos rotos clavados en los árboles como dientes rotos—. Me había prometido no entrar, pero la carta escrita a mano, con tinta azul y una sola frase: *“Si quieres saber quién soy realmente, ven hoy a las 5:07 p.m. al invernadero de la finca La Palma”*, me había vencido.
Y allí estaba yo, con el pelo mojado por la lluvia repentina, los zapatos hundidos en el barro, y el corazón golpeando como si me hubieran descubierto haciendo algo vergonzoso.
—Sabía que vendrías —dijo una voz tras de mí.
Me giré tan rápido que el cuello me crujó. Él estaba de pie junto al espejo más grande, el único entero del jardín, y no usaba camisa. Solo pantalones oscuros, abotonados hasta la mitad del pecho, y los pies descalzos. Su piel era morena, con marcas de sol y cicatrices antiguas que le marcaban el antebrazo izquierdo. Tenía los ojos oscuros, casi negros, y una sonrisa que no alcanzaba a llegar a ellos. Me miraba como si me hubiera estado esperando desde siempre.
—¿Por qué aquí? —pregunté, intentando que mi voz no temblara.
—Porque aquí no hay mentiras —dijo, y se acercó. Cada paso hacía crujir las hojas, y con cada crujido, yo sentía un estremecimiento en el estómago—. Los espejos rotos no pueden mentir. Solo muestran lo que están hechos. Y tú… tú estás hecha de ganas.
No supe cómo reaccionar. No era guapo de forma convencional, pero tenía algo que me paralizaba: una presencia física tan contundente que me hacía sentir mi propia carne más viva. Me acarició la mejilla con la yema de los dedos, y cuando sentí su piel en la mía, entendí que no había vuelta atrás.
—¿Tienes miedo? —susurró.
—No —mentí.
—Mientes muy mal —dijo, y me tomó de la muñeca—. Pero me encanta.
Me arrastró hacia el espejo entero, y de repente nos vimos juntos: yo, con la blusa empapada, los cabellos pegados al cuello, él, con esa postura de hombre que sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirla. Me volvió hacia él, con las manos en mis caderas, y me besó.
No fue un beso de prueba, ni uno dulce. Fue un roce seco, rápido, antes de clavar su lengua en mi boca como si me estuviera robando. Me apretó contra su pecho, y sentí su erección a través de los pantalones: dura, cálida, insistente. Me mordió el labio inferior, y cuando me soltó, me miró con los ojos entreabiertos.
—Quiero verte desnuda —dijo, sin dejar de mirarme—. No por mí. Por ti. Porque mereces que te miren como mereces ser mirada.
Con lentitud, me desabrochó la blusa, uno por uno los botones, como si cada uno fuera un secreto que debía desvelar. Cuando quedó abierta, me la bajó por los brazos, y él se inclinó para besar mis pechos a través del sujetador de encaje negro. Me pasó las manos por la cintura, desabrochó el cierre de mi falda y la bajó con un movimiento firme, dejándola caer a mis pies. Quedé de pie, en ropa interior, frente al espejo, con él detrás, respirándome en el cuello.
—Mírate —dijo, apoyando las manos en mis caderas—. Mírate como yo te veo.
Me miré en el espejo. Mis pechos eran redondos, firmes, con pezones oscuros y hinchados. Mi vientre plano, con un leve ombligo hondo. Mis piernas, estilizadas por el miedo y la expectativa. Y detrás de mí, él: alto, musculoso, con esa mirada de cazador que no estaba cazando, sino rindiendo homenaje.
—¿Quieres que te toque? —preguntó, y su voz era un gruñido bajo.
—Sí —respondí, sin dudar.
Me volvió, me tomó la cara entre las manos y me besó de nuevo, pero esta vez con más fuerza, con más hambre. Me sentí temblar, y cuando me separó, me levantó en brazos como si fuera ligera y la depositó sobre una mesa de cristal que había junto al espejo. El frío del vidrio me hizo estremecer, pero él ya estaba entre mis piernas, separándolas con las rodillas.
Se arrodilló frente a mí, y antes de que pudiera decir nada, me bajó el slips de encaje y me metió dos dedos dentro. No fue suave. Fue directo, profundo, con una fuerza que me hizo arquear la espalda y soltar un grito ahogado. Me miró a los ojos mientras me rebotaba los dedos, curvándolos para golpear ese punto interno que me hacía temblar como hojas al viento.
—Tú sabes lo que me estás haciendo —dijo, sin dejar de mirarme—. Lo siento. Todo. Tu humedad, tu calor, el modo en que te aprietas… Me estás comiendo los dedos.
Me llevé una mano al pecho, a apretar uno de mis pezones mientras él seguía moviéndose con precisión, con una velocidad que subía y bajaba, como el ritmo de un tambor que solo nosotros escuchábamos. Me mordí el labio hasta que sentí sangre, y cuando me lo soltó, me pidió con una voz ronca:
—Ven a mí. Ahora.
Me levanté con dificultad, las piernas flácidas, y me acerqué a él. Me ayudó a desabrochar los pantalones, y cuando los bajó, su pene salió como un trueno: grueso, oscuro, con la punta húmeda y una vena azulada que palpitaba. Me pasé la lengua por los labios, y él me tomó de la nuca, guíandome hasta que lo sentí en la punta de mi boca.
No me dejó entrar de una. Me mantuvo allí, saboreándome, mientras yo lo chupaba con lentitud, con ansia, con miedo y con ganas. Me pidió que me pusiera de pie, y cuando lo hice, me puso una mano en la espalda y la otra en la nuca, y me empujó hacia adelante, contra el espejo.
—Ahora —dijo, empujándome contra el cristal frío—. Que me veas.
Y entonces me entró. Un golpe seco, profundo, que me sacó el aire de los pulmones. Me sujetó con fuerza por las caderas y empezó a moverse, con un ritmo que no era de entrega, sino de conquista. Me golpeaba el fondo del vientre con cada embestida, y yo me aferraba al cristal, con los nudillos blancos, con los dientes apretados, con los ojos cerrados y la boca entreabierta.
—Mírame —ordenó—. Si te vienes, te voy a ver venir.
Abrí los ojos. En el espejo, lo vi entrar y salir de mí, con fuerza, con furia, con un deseo que no conocía límites. Me vi a mí misma: pelo revuelto, pechos saltando con cada movimiento, la piel roja, sudorosa, los ojos vidriosos. Y detrás, él, con la frente sudorosa, los músculos tensos, los ojos cerrados, con la boca entreabierta, jadeando.
—Tú eres la que me hace esto —murmuró, empujando más fuerte—. Tú me tienes así. Tú me haces perder el control.
Me giró, me puso de espaldas al espejo, y me tomó una pierna, levantándola sobre su hombro. Fue entonces cuando me entró desde atrás, con una profundidad que me hizo gritar. Me agarró del pelo y me tiró suavemente, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás. Me besó el cuello, me mordió la clavícula, y cuando me volvió a empujar, sentí que algo dentro de mí se rompía. No fue dolor. Fue liberación.
Me vine con un grito que no pude contener, con los ojos cerrados, con las uñas clavadas en su brazo, con su nombre en la lengua. Él me siguió segundos después, con un gruñido gutural, con una sacudida que lo hizo temblar entero, y con la cara enterrada en mi cuello, me corrió dentro, caliente, espeso, incontenible.
Se quedó así un largo rato, sin soltarme, sin moverse. Yo respiraba con dificultad, con las piernas temblando, con el corazón a mil. Cuando por fin se retiró, se limpió con la camisa y me giró hacia él. Me pasó un dedo por los labios, y luego me lo metió en la boca.
—Límpiate —dijo, con una sonrisa—. Y cuando salgas de aquí, recuer
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