El sabor de la lluvia en la terraza
La lluvia comenzó a las seis y veinte de la tarde, justo cuando el sol aún se aferraba al cielo de Guadalajara con el empeño de un novio celoso. Gotas gruesas, cálidas, golpeaban el metal del techo de la terraza del condominio como tambores de boda improvisados: *pom pom pom*. Lucía, con los pies descalzos sobre el concreto húmedo y una camiseta de algodón blanco ya empapada en la axila por el calor sofocante, apoyó las manos en la barandilla de hierro forjado y dejó que el viento mojado le levantara el cabello, suelto hasta la cintura.
Estaba sola… o eso creía.
Había subido a la terraza tras el segundo *“ya me voy”* que escuchó de su esposo en quince minutos —una excusa más, esta vez sobre una reunión urgente de trabajo en Zapopan—, pero las palabras no le habían cuajado. El tono, seco, el way de decirlo, como si ya lo hubiera ensayado diez veces. Y entonces, sin pensarlo mucho, sin ese peso que pisan los remordimientos, se puso la camiseta más holgada que encontró, se desató el chongo y subió. La lluvia, como una cómplice.
Fue entonces cuando escuchó el crujido del portón metálico del vecindario. No era su esposo: demasiado ligero, demasiado rápido. Giró la cabeza, y allí, entre la neblina del agua que empezaba a bañar la ciudad, estaba Daniel.
Lo vio como un sueño que se hace real: pantalón de mezclilla clara, ya oscurecido por la humedad, la camiseta gris pegada al pecho, el pelo negro más largo de lo normal, mojado en las puntas. No sonrió. Solo la miró, con esa mirada que ya no usaba en casa, la que había guardado para los días de verano de hace dos años, antes de que todo se volviera rutina, antes de que sus palabras fueran más cortas que los silencios.
—¿Y si no te vas? —dijo ella, sin voz de reconvención, sin acusación. Solo una pregunta, como una flor que se abre al primer sol.
Daniel se detuvo a tres metros. El agua le corría por el cuello, por el antebrazo, por las sienes. Se limpió la cara con una mano y asintió, casi imperceptiblemente.
—¿Y si subo?
Ella no respondió. Solo se hizo a un lado, dejó la puerta de cristal entreabierta, como si fuera una invitación que ya llevaba tiempo formándose en sus labios.
Daniel subió los tres peldaños de madera, mojó el suelo de la terraza con cada paso. Se detuvo frente a ella, a una distancia donde se sentía el calor de sus cuerpos, aunque el agua aún les mojaba la piel.
—Estabas mojada —dijo él, sin quitarle los ojos de encima—. Como si supieras que iba a llover.
—Sí —respondió Lucía—. Como si supiera muchas cosas.
Él se acercó un paso más. La mano izquierda de él rozó la muñeca de ella, una yema tibia que buscó el latido bajo la piel. Lucía no se movió. Dejó que sus dedos se cerraran suaves, como si temieran romper una telaraña. Daniel levantó la mano hasta su cuello, sin apretar, solo con el peso de la palmada de la lluvia y el calor de su propia piel. Con el pulgar, pasó despacio por su labio inferior, y ella lo sintió como una descarga lenta, como un trueno que se queda quieto en el cielo.
—Tú… —dijo él—. Tú hueles a lluvia y a champú de mango.
—Y a ti —respondió ella—. A jabón de pino y a café negro.
Él soltó una risa contenida, corta, casi un suspiro. Y entonces la besó.
No fue un beso de desesperación, ni de culpa. Fue un beso de reconexión: lento, profundo, con los labios temblando un poco, como si ambos estuvieran aprendiendo a leerse de nuevo. Lucía cerró los ojos, dejó que su cuerpo se inclinara hacia él, que las manos le buscaran la cintura, que sus dedos se hundieran en la tela mojada de su camiseta. Daniel la tomó por las caderas, tiró suavemente hacia él, y ella sintió el calor de su verga, ya dura contra su vientre, a través de los dos pantalones y la tela húmeda de su falda.
—Ay, diablos —murmuró Lucía contra sus labios—. Aquí, en la terraza…
—¿Te importa? —preguntó él, y esta vez sí sonrió, una sonrisa pequeña, traviesa—. ¿O prefieres que baje a la cama?
—No —dijo ella, con una seguridad que no esperaba—. Aquí. Que la lluvia nos vea.
Daniel asintió, como si esa fuera la respuesta que había estado esperando. Con la mano libre, desabrochó el botón de su blusa —ya sin sujetador—, y bajó la cremallera lateral. Le separó la tela, dejando al descubierto el encaje negro del sostén, empapado por el vapor de su piel. Lucía no lo detuvo. Dejó que sus dedos le deslizaran las tiras de los hombros hacia abajo, que el tejido resbalara hasta sus codos, dejando expuestos sus pechos, redondos y firmes, los pezones ya endurecidos por el frío y el calor al mismo tiempo.
Él los tomó con las palmas, los apretó con ternura, bajó la cabeza y lamió uno, lento, como si lo estuviera saboreando. Lucía arqueó la espalda, soltó un gemido bajo, como un gato que se entrega al cariño. Daniel lo hizo de nuevo, esta vez mordisqueando el pezón entre los dientes, y Lucía se aferró a su cabello, sintiendo el vello húmedo, el sabor salado de la lluvia en su cuello.
—Tú me extrañaste —dijo ella, sin aliento—. No me digas que no.
—Te extrañé cada día que me mentiste —respondió él, sin dejar de chuparle el pecho—. Me extrañaste cuando me dijiste que no sentías nada… y cuando me miraste a los ojos sin verme.
Lucía soltó una risita, entrecortada, con los ojos cerrados. Daniel se levantó, le quitó la blusa por completo y la dejó caer al suelo. Luego, con una lentitud que era una promesa, bajó sus propios pantalones y la tela de sus calzoncillos, dejando al descubierto su verga, gruesa, tiesa, con la punta húmeda de pre-cum. Lucía la miró, sin rubor, como quien mira una estación del año que volverá.
—Cógeme —dijo—. Como en ese hotel de Tlaquepaque.
Él la miró, con los ojos oscuros, y asintió. Con una mano le abrió la falda, le bajó la slip de encaje hasta las rodillas, y con la otra le levantó la pierna derecha sobre su muslo. Lucía se aferró a su hombro, sintiendo el concreto bajo el pie izquierdo, el frío del metal de la barandilla en la espalda, y la dureza de su verga, ya rozando su humedad.
—Estás mojada… —dijo él, mientras la empujaba con la punta.
—Como el asfalto en verano —respondió ella.
Y la penetró.
Lento. Profundo. Hasta el fondo, como si quisiera llenar un vacío que llevaba meses acumulando. Lucía soltó un grito ahogado contra su hombro, sintiendo el calor, el estiramiento, la plenitud. Daniel se quedó quieto, con la frente apoyada en su cuello, respirando su perfume.
—Te quiero así —murmuró—. Tuya. Mía. Sin excusas.
—Entonces cógeme —repitió ella—. Que la lluvia nos limpie.
Y empezó a moverse. Daniel la tomó por las nalgas, le apretó los glúteos, y empezó a embestir con ritmo, suave al principio, luego más fuerte, más hondo. El concreto se calentaba con el sol que aún se aferraba al horizonte, y la lluvia se había vuelto un telón de fondo, un sonido constante que los envolvía, los protegía. Las gotas les caían en la espalda, en el pelo, en los hombros, mientras sus cuerpos se movían como si hubieran aprendido a bailar juntos en la oscuridad.
Lucía sintió el clítoris palpitando, el estómago tenso, la verga de Daniel creciendo más dentro de ella, golpeándole el fondo del vientre. Daniel jadeaba, sus dedos clavados en sus caderas, sus ojos cerrados, la boca entreabierta.
—Voy a venir —dijo, con voz rota—. Tú dime cuándo.
—Ahora —susurró ella—. Que me la chingues hasta el fondo.
Él la tomó por la nuca, la atrajo hacia él, y la besó con fuerza, mientras su verga latía dentro de ella, como un corazón que se afana por no detenerse. Y entonces, con un gemido largo, ahogado, Daniel se corrió dentro de ella, bom
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