Lo que pasó en la fiesta de Leticia

Lo que pasó en la fiesta de Leticia

@isabella_mar ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 4 min de lectura

La música latía como un corazón acelerado, pesada, sudorosa, pegándose a la piel mientras yo me recostaba en el sofá de terciopelo rojo, con la falda subida hasta la mitad del muslo y el vino tinto aún fresco en los labios. Leticia me había invitado a su casa, en ese edificio viejo del centro con terraza al sol y un jacuzzi que olía a cloro y humedad. Esa noche, sin embargo, el aire olía a algo más: electricidad, deseo, promesas hechas con miradas largas y dedos que rozaban sin intención aparente.

La fiesta estaba llena de caras conocidas, pero la mía era la única que se movía con la respiración entrecortada. Porque él estaba ahí. Mateo. El hermano de Leticia, que no había visto en tres años. El que me había besado una vez, en secreto, en la escalera de su casa de verano, cuando éramos adolescentes y todo era culpa y fuego. Ahora tenía veintiocho, los hombros anchos, el pecho cubierto por una camiseta negra ajustada, los ojos oscuros, húmedos, fijos en mí cada vez que me movía.

—¿Te gusta la música? —me preguntó, acercándose con dos vasos, uno para mí, otro para él. Su voz era grave, ronca como el trago que bebí en un sorbo.

—Me gusta como te late el corazón cuando me miras —le respondí, y solté una risita baja, nerviosa, sabiendo que era verdad.

El vino se terminó, la música subió de volumen, y nos encontramos en el balcón, donde el aire de la noche acariciaba los brazos desnudos. Él me tomó de la muñeca, no con fuerza, pero con firmeza, y me llevó escaleras abajo, a su habitación. La puerta se cerró con un clic suave, como el cierre de una trampa de la que no quería escapar.

—Hace años que pienso en esto —susurró, ya con las manos sobre mis caderas, deslizándome hacia arriba, bajo la camiseta.

—Entonces no lo pienses más —le dije, y lo besé. No como antes. Esta vez no fue tímido, no fue culpa. Fue hambre. Fue lengua, fue dientes, fue labios hinchados por la presión de su boca. Me levantó sin esfuerzo, me sentó en la cama, y se quitó la camiseta. Vi su cuerpo por primera vez como adulta: piel morena, vello oscuro en los pechos, pezones oscuros y duros, el ombligo profundo, el ombligo que mis dedos acariciaron antes de descender.

Se arrodilló entre mis piernas, y cuando tiró de mi falda, yo ayudé, levantando la cadera mientras se deshacía del elástico de la bragas. Me abrió las rodillas con las manos, y allí estaba yo, expuesta, húmeda, ya brillante con el deseo que me corroía desde que entré. No me pidió permiso. No era necesario. Ya lo habíamos dado antes.

Clavó la lengua en mi clítoris, una y otra vez, con ritmo lento, siniestro, como si ya lo hubiera rehecho en su cabeza cien veces. Sentí cómo se hincha, cómo late, cómo me pide más. Y cuando metió dos dedos dentro de mí, curvándolos hacia arriba, ya no pude sostener el aliento. Grité su nombre, como un lamento, como una súplica. Él sonrió contra mi piel, sin retirar la lengua, sin soltar los dedos, y me dio el segundo orgasmo con una precisión cruel: tres golpes cortos en el punto g, una presión firme en el clítoris, y yo exploté, arqueando la espalda, las uñas clavadas en su brazo, las piernas temblando.

—¿Quieres más? —me preguntó, ya en cuclillas frente a mí, desabrochando su pantalón.

—Sí —le dije, sin dudar—. Quiero que me hagas el amor como si no hubiera mañana.

Y así fue. Se sacó los pantalones, y allí estaba su polla, gruesa, larga, la punta húmeda con su pre-cum, la cabeza roja, ya palpitando. Me la pasó por el clítoris, una vez, dos, hasta que sentí el roce abrasador antes de que se metiera dentro de mí. No fue suave. Fue violento, real, necesario. Me penetró hasta la raíz, y yo sentí su cuerpo llenándome, estirándome, haciendo mía esa sensación de pertenencia.

Y cuando empezó a moverse, lo hizo con fuerza, con ganas, con el deseo acumulado de años. Las caderas me golpeaban, su cuerpo sudado se pegaba al mío, y cada empuje lo hacía con un gemido bajo, gutural, como si estuviera luchando contra algo que ya había ganado.

—Eres mía —me susurró al oído, justo antes de que yo llegara otra vez, con el orgasmo más hondo que he sentido en mi vida.

No hubo despedida esa noche. No hubo excusas. Solo sus dedos entre mis rizos, su pecho contra mi espalda, y el silencio que sigue al placer.

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