La fiesta de los vecinos de arriba

La fiesta de los vecinos de arriba

@lucia_noche ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 11 min de lectura

Sí, esa casa del otro lado del parque, la que parece salida de una telenovela de los años 90: fachada blanca con balcones de hierro forjado, cortinas de encaje que nunca se mueven y un jardín que huele a jazmín y secretos. Me llamó la atención desde que me mudé, hace dos años. Pero lo que realmente me volvió loco no fue la casa —fue la mujer que vive allí. Se llama Valeria. Tiene esos ojos que parecen de vidrio ahumado: oscuros, pero con destellos que te dicen que dentro hay fuego. Es alta, de cadera ancha y cintura estrecha, y camina como si siempre supiera exactamente dónde va y a qué velocidad. Trabaja en una galería de arte del centro. Yo la conozco apenas: saludos en el ascensor, un café compartido en la entrada cuando se le olvidó la llave y tuve que abrirle la puerta con mi tarjeta, una sonrisa que se le quedó un segundo más de lo normal en la boca.

Todo cambió la noche del viernes pasado.

Llegó un mensaje en el grupo de vecinos: “Fiesta en el 402. 8 p.m. Traigan su bebida y ganas de bailar”. El remitente no lo firmaba, pero todos supimos quién era. Valeria. En el 402 no vivía nadie desde que la familia Méndez se mudó a Medellín. Había estado vacía, polvorienta, con una cerradura oxidada y una puerta que chirriaba como un gato en celo. Pero aquella noche, desde mi ventana, vi cómo entraban personas con botellas, luces de neón, cajas de cerveza, y un parlante pequeño que ya sonaba a *Bailando* de Enrique Iglesias a todo volumen.

Me puse un vestido negro corto, no por pretensión, sino porque me hacía sentir segura. No era coquetería, era armadura. Me senté en el sillón con una copa de vino tinto que me había servido con calma, escuchando cómo se iba formando la música allá arriba, como una marea que subía por las paredes. A las 9:30, la puerta del 402 se abrió de par en par y apareció Valeria. Llevaba una blusa blanca abierta hasta el ombligo, una falda ajustada de cuero negro y tacones que hacían un *clic* firme en el piso de mármol. No miraba a nadie en particular, pero yo sentí que sus ojos me rozaron, aunque estaba a dos cuadras.

Me levanté. Me maquillé otra vez, solo por divertirme. Me puse un perfume ligero: jazmín, vainilla y algo que se llamaba “madera oscura”, como si me estuviera disfrazando para un rol en una obra de teatro. Me miré al espejo y me dije: *¿Y si vas? ¿Y si solo bajas, das un vistazo, te tomas una copa y vuelves?*

Caminé hasta la escalera con lentitud, como si no tuviera prisa, pero el corazón me latía en las sienes. En el cuarto piso, el aire ya olía a sudor, alcohol y perfume caro. La música era un cuerpo vivo: percusión que te metía por la espalda, bajo que te vibraba en los dientes. La puerta estaba entreabierta y un chico con camiseta negra y una sonrisa desenfadada me miró y dijo: “¡Valeria te estaba buscando! Entras y ya estás dentro”.

Entré.

El lugar era pequeño, pero estaba bien aprovechado. En el centro, un par de personas bailaban en el suelo, sin música —solo con el ritmo que se inventaban—, mientras otros estaban sentados en el sofá, unos en el suelo, otros en sillas plegables. Había una mesa con botellas de ron, cervezas, frutas picadas en tazones, y un plato de arepas rellenas que ya habían desaparecido a la mitad. En la pared, un espejo grande, de esos antiguos, con marco dorado y manchas de humedad, reflejaba todo: el movimiento, los rostros, las manos que se buscaban, las miradas que se cruzaban como flechas.

Y ahí estaba ella. Valeria. De pie, junto a la ventana, con una copa en la mano. No me miró de inmediato. Me dejó caminar, detenerme cerca de la mesa, servirme una copa de vino que no necesitaba pero que me dio un pretexto para respirar. Cuando finalmente me miró, me sonrió con los ojos, no con la boca. Eso fue peor que una sonrisa completa.

—Te vi desde abajo —dije, bajando la voz como si la fiesta fuera un templo.

Ella dio un trago, se limpió el borde de la copa con el dedo índice, lo pasó por el labio inferior.

—Pensé que no bajarías.

—¿Y si no hubiera bajado?

—Entonces no sabrías que hoy es mi cumpleaños.

Me sorprendió. No lo había visto venir. Me acerqué un paso más.

—¿En serio? ¡Feliz cumpleaños!

Ella se rió, su risa era baja, gutural, como si viniera de la panza.

—No te fíes de los cumplidos. Aún no me has regalado nada.

—¿Qué quieres?

—Una danza. Una sola. Pero con alguien más.

Me miró como si me estuviera ofreciendo un vaso de agua en medio del desierto.

—¿Qué?

—No te asustes. Aquí no hay reglas. Solo ganas.

Me tomó del brazo. No con fuerza, pero con seguridad. Me llevó hasta el sofá, donde ya estaban dos personas: un hombre alto, de piel morena clara, cabello crespo corto, y una mujer morena, de piernas largas y uñas pintadas de rojo. El hombre me sonrió —una sonrisa de oreja a oreja, como si ya nos hubiéramos conocido—. La mujer me tendió la mano.

—Hola, yo soy Camila. Ya nos habíamos cruzado en el ascensor, ¿no? —me dijo, y su voz era suave, como una alfombra que te recibe.

Asentí, aún aturdida.

—Sí. Un saludo rápido.

—Pues hoy vamos a hacerlo más lento.

Valeria me sentó a su lado, y entonces pasó algo que no esperaba: me tomó la mano y la puso sobre su muslo. No era un gesto agresivo, era una invitación. Como poner una llave en la cerradura y girar.

—¿Te gusta el ron? —me preguntó, acercando su boca a mi oreja.

—Sí.

—Entonces bebe. Y cuando lo hagas, no apartes los ojos de mí.

Hice lo que me dijo. Bebí. El ron quemó, pero no como el alcohol de los bares. Fue más suave, con un toque de canela y un sabor a miel ahumada. Valeria me tomó la mano otra y se la pasó por el interior del muslo, lentamente, como si estuviera leyendo un mapa.

—¿Ves cómo se mueven ellos? —me dijo, señalando con la cabeza hacia Camila y el hombre, que ya estaban sentados frente a frente, las rodillas tocándose, las manos entrelazadas.

—¿Me estás invitando a algo?

—Te estoy invitando a ver. A sentir. A dejar que el cuerpo piense por ti.

Camila inclinó la cabeza hacia adelante, y el hombre le acarició el cuello con la palma abierta. Ella cerró los ojos. Él le besó la frente, luego la nariz, y finalmente los labios. No era un beso rápido. Era un beso de tiempo, de espera. Y mientras ellos se perdían en ese espacio íntimo, Valeria me susurró al oído:

—¿Te gusta cómo lo hace?

—Sí —respondí, sin pensar.

—¿Quieres que lo hagamos con ellos?

No respondí con palabras. Me levanté. Me acerqué a Camila y le tomé la mano. Le dije: “Déjame verte”. Ella me sonrió y me tomó por la cintura, tirando suavemente para que me sentara entre sus piernas. Me envolvió con sus brazos y me besó en el cuello, con la boca cerrada, sin presión, como si estuviera probando mi piel. Sentí su respiración, cálida, húmeda, y el roce de sus uñas al pasarlas por mi espalda.

Valeria se puso de pie detrás de mí y me abrazó por la cintura, apoyando su barbilla en mi hombro. Me susurró: “Relájate. No hay que hacer nada. Solo dejar que la tensión crezca”.

El hombre se levantó y se puso de cuclillas frente a mí. Me miró a los ojos y me preguntó: “¿Te gusta que te toque?”

—Sí —dije, otra vez sin pensarlo.

Me tomó las manos y me pidió que me levantara. Me guió hasta el centro de la habitación. Camila me quitó el vestido con lentitud, como si cada botón fuera una promesa que se iba cumpliendo. Valeria me ayudó, pasándole las manos por los hombros, por la espalda, por la cintura. Cuando ya solo llevaba un sujetador negro y una braguita de encaje, el hombre me tomó la cara y me besó. No era un beso de pasión desbocada. Era un beso de exploración. Con la lengua, con los labios, con los dientes rozando mi labio inferior. Me mordió suavemente, y yo suspiré.

Valeria me quitó el sujetador. No con gesto rápido, sino con cuidado, como si estuviera desembalando algo frágil. Sentí el aire sobre mis pechos, y luego la mano de Camila, tibia, firme, acariciándome con la palma abierta. Valeria me tomó uno de mis pechos entre sus dedos, lo frotó con el pulgar, y luego lo apretó suavemente. Me puse de puntillas. El hombre me tomó la cadera y me empujó contra él, sin forzar, solo para que sintiera su calor, su excitación.

—¿Te gusta esto? —me preguntó Valeria, mientras me besaba el cuello.

—Sí.

—¿Y si ahora lo hacemos conmigo?

Me llevó hacia la habitación. La habitación del fondo. Camila y el hombre los seguimos. La habitación era grande, con una cama de matrimonio, una lámpara de pie con pantalla roja, y una ventana abierta que dejaba entrar el sonido de la ciudad: carros lejanos, risas de alguien en la calle, el zumbido del aire acondicionado.

Valeria me tiró sobre la cama. No con brusquedad, pero con autoridad. Camila se sentó a mi lado y me desabotonó el pantalón. El hombre se puso de rodillas entre mis piernas y me separó los muslos con las manos. Me miró con fijeza y me preguntó: “¿Estás lista?”

—Sí.

Él se levantó y se quitó la camiseta. Valeria me besó de nuevo, esta vez con más intensidad. Me mordió el labio, me pasó la lengua por el paladar, y luego bajó por mi cuello, por el pecho, por el ombligo. Me abrió las piernas más y me miró la entrepierna. Me acarició el vello púbico con la punta de los dedos, y luego se inclinó y me besó la entraña. Me lamió suavemente, como si estuviera probando una fruta nueva.

Sentí un calor que me subió por la espalda. Camila me tocó los pechos mientras Valeria seguía con su boca. El hombre se quitó el pantalón y se puso de pie frente a mí, con el pito tieso, brillante por el líquido preseminal. Valeria se levantó, se quitó su falda, y se puso detrás de él. Me tomó de la mano y me la puso sobre su culo. “Siente cuánto late”, me susurró.

Lo hice. Sentí su piel caliente, su culo redondo, su respiración acelerada. El hombre me tomó la mano y me la llevó a su pito. Me dije: “Esto es real. Esto está pasando. Y tú lo estás permitiendo”.

Me puse de rodillas frente a él. Lo tomé por la base, lo acaricié con lentitud, como si fuera un objeto sagrado. Lo lamí en la punta. Sentí su sabor: salado, dulce, humano. Lo metí en mi boca poco a poco, hasta que sentí su mano en mi cabeza, presionándome suavemente. Me miró a los ojos mientras me mataba con sus caderas. Y entonces, Valeria me tomó del pelo y me dijo: “Basta. Ahora es tu turno”.

Me volví hacia Camila. La tomé por la cintura y la tiré sobre la cama. Le quité la blusa y el sostén. Le pasé la lengua por el pecho, por los pezones, que estaban duros como guayabas verdes. Le abrí las piernas. Se había mojado. Me lamió los labios de la vagina, con lentitud, con hambre. La sentí temblar. Le puse un dedo, luego dos, y ella gimió.

—Mira cómo le gusta —dijo Valeria, acercándose.

—Sí —dije—. Es hermoso.

El hombre se acercó y me tomó la mano. Me llevó hasta su pito, que estaba aún más grande que antes. Me senté sobre él, lentamente, hasta que lo sentí dentro de mí. Me incliné hacia adelante, con las manos en el colchón, y Valeria me tomó de la cintura y me empujó hacia atrás. Me metió dos dedos en la vagina mientras el hombre me embestía con fuerza. Camila se puso detrás de Valeria y le metió la lengua en la boca. Valeria gimió, y yo sentí cómo su cuerpo se tensaba.

—Estoy por llegar —dije, entre jadeos.

—Nosotras también —dijeron al unísono.

El hombre me agarró por las caderas y me metió más hondo. Valeria me besó la nuca. Camila me acarició el pelo. Y entonces, todos llegamos al mismo tiempo. Yo sentí cómo mi cuerpo se deshac

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