El tren que no debí subir
Yo no creí que aquello fuera a cambiar nada. En realidad, pensaba que sería solo otro viaje más entre Guadalajara y León: tres horas de ventanas empañadas por el aire acondicionado, una novela romántica aburrida y un café de estación que sabía a goma quemada. Pero cuando vi subir al hombre del traje gris oscuro y los ojos color miel, supe —con esa certeza que te da el cuerpo antes de que la mente lo procese— que el tren de esa tarde no iba a llegar a su destino sin llevarse algo más que pasajeros.
Llevaba dos semanas sin coger. Dos semanas largas de madrugadas con la almohada apretada contra el pecho, de duchas frías que no servían para nada, de mirar el reloj en las reuniones y pensar en cómo suena la respiración de alguien que te tiene entre sus brazos. Y ahí estaba él: alto, más alto que la mayoría de los hombres que conozco, con los hombros anchos que se notan aunque esté sentado, y una barba corta que hacía eco de las noches de verano en Guanajuato, donde yo lo había visto por primera vez —aunque eso lo descubrí después.
Se sentó en el pasillo, justo enfrente de mí. Se le cayó la maleta al abrir el compartimiento; la agarre al instante, sin pensarlo. Nuestros dedos rozaron. Él me sonrió —una sonrisa que no llegaba solo a la boca, sino a los ojos, como si supiera algo que yo aún no sabía— y me dijo: —Gracias, prima. Estoy agradecido de que hayas tenido la gentileza de recogerme.
No supe si era broma o coqueteo. Pero me dio la tarjeta de la cafetería del tren: una servilleta de papel doblada con su nombre escrito a lápiz: *Rafael*. Nada de redes sociales. Nada de excusas. Solo un nombre. Y una promesa tácita: *si quieres, me encuentras aquí*.
El tren arrancó con un jadeo metálico. Yo me recosté en el asiento, fingiendo leer, pero cada vez que giraba una página sentía su mirada como una caricia lenta sobre la nuca. Me daba vergüenza mirar, sí, pero también me gustaba que él me mirara. Me encantaba que supiera que yo sentía lo mismo. Que no era un espejo vacío.
—¿Te gusta viajar o solo huyes? —me preguntó, ya sin disimulo, cuando el tren empezó a moverse con firmeza por los campos de Jalisco.
—A veces las dos cosas —respondí, y me di cuenta de que era verdad. No estaba huyendo de nada. Estaba yendo hacia algo. Hacia el calor que me subía por las piernas ahora mismo.
Rafael se quitó la corbata, lentamente, como si cada movimiento fuera un beso. La dobló con precisión y la dejó sobre la maleta. Luego se desabrochó los dos primeros botones de la camisa. No era necesario. Pero lo hacía para verme reaccionar. Y yo reaccioné: me mordí el labio inferior, sin poder evitarlo.
—¿Y tú? ¿A dónde vas? —le pregunté, fingiendo indiferencia.
—A Celaya. Pero si te subes conmigo en el próximo parador… —se inclinó hacia mí, y el olor a madera y jazmín me envolvió— …podemos bajar en Guanajuato.
No era una pregunta. Era una invitación.
—¿Y qué pasa si me subo contigo y luego me arrepiento?
—Entonces te devuelvo a tu asiento. Pero si no te arrepientes… —me acarició el dorso de la mano con el pulgar— …te enseño cómo se siente el tren cuando no es solo metal y rieles.
El silencio que siguió fue espeso, pero no incómodo. Era el tipo de silencio que se llena con lo que no se dice, con lo que se siente en la piel. Yo lo miré a los ojos y vi el fuego que escondía. Y entonces me levanté. No con prisa. No con miedo. Con intención.
—¿Y si no me devuelves? —pregunté.
—Entonces… —se puso de pie también, y me acercó la palma abierta— …te quedas.
Tomé su mano. Sentí el calor inmediato, la firmeza de su pulso contra mi muñeca. Él me guió hasta el vagón de descanso, un pequeño espacio con sofás bajos, luces tenues y cortinas de terciopelo rojo que parecían hechas para esconder secretos.
—Aquí nadie nos molesta —dijo, cerrando la puerta tras de nosotros con un clic suave.
El tren dio un leve balanceo y yo me dejé caer en el sofá, sin pedir permiso. Él se arrodilló frente a mí, con las rodillas hundidas en el cojín, y me quitó los zapatos con lentitud, como si cada movimiento fuera una reverencia.
—Tienes los pies de quien sabe caminar —dijo, pasando los dedos por el arco plantar—. Pero también de quien sabe correr hacia algo que valga la pena.
Me solté el pelo. Lo tenía recogido en un nudo alto, pero él ya lo sabía. Me lo deshizo con cuidado, y el cabello cayó sobre mis hombros como una cascada oscura.
—¿Y tú? ¿Cómo sabes que vale la pena subir conmigo? —le pregunté, mientras sus dedos subían por mis tobillos.
—Porque me miraste cuando te di la servilleta. No con miedo. No con desconfianza. Con curiosidad. Y eso —me incliné hacia él, acercando mi boca a su oreja— es la primera vez que alguien me dice algo así y no me da miedo.
Rafael me tomó del mentón y me obligó a mirarlo. Entonces, por primera vez, me besó. No fue un beso de desesperación. Fue un beso de reconocimiento. Lento. Profundo. Con sabor a café y miel, y algo más: algo que no tenía nombre, pero que conocía.
Sus manos subieron por mis muslos, bajo la falda corta que llevaba. Me arqueé contra él, sin vergüenza, sin pensar. Solo dejándome llevar. Él me separó las piernas un poco más y se sentó a mi lado, con la cabeza apoyada en mi hombro.
—¿Sientes eso? —me susurró al oído.
—Sí —respondí.
—Es el tren —dijo—. Pero no el que estamos tocando.
Y entonces me giró, me puso una mano en la nuca y me besó otra vez, más fuerte, más hondo, como si me estuviera enseñando un idioma que solo hablábamos los dos. Sus dedos se metieron bajo la camiseta, rozando mi piel, y yo solté un gemido que ni yo sabía que tenía guardado.
—¿Te gusto? —me preguntó, separándose apenas.
—Mucho —respondí, y lo tiré sobre el sofá.
Lo monté sobre él, lentamente, sintiendo cómo su verga se endurecía contra mí, ya a través de los dos pares de pantalones. Me incliné, le mordí el labio inferior y le dije al oído: —¿Tienes algo contra el segundo piso?
—Solo una cosa —dijo—: que te quieras quedar después de bajar.
—Entonces mejor bajamos en Celaya —susurré, mientras desabrochaba su pantalón y lo ayudaba a sacar la verga, tiesa, húmeda, mía.
Y así, entre jadeos y besos, con el tren balanceándonos como un cuna, él me cogió con ternura y fuerza al mismo tiempo, como si yo fuera su último sueño antes del amanecer. Y yo lo tomé como si fuera el único que me había estado esperando.
Cuando todo terminó —el sudor, el aliento, las risas nerviosas— me acurrillé en su pecho y le pregunté: —¿Volveremos a vernos?
—No sé —dijo, acariciándome el cabello—. Pero si vuelves a subir a este tren… —¿Me esperarás? —No —sonrió—. Te buscaré.
Y así, con esa promesa en la boca y el eco del tren en las orejas, me desperté cuando el conductor anunció la llegada a León.
Yo no bajé en Celaya.
Pero sí soñé con hacerlo.
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