El Juego del Espejo

El Juego del Espejo

@valeria_storm ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que lo vi, me estaba follando en el balcón con un tipo que conocí en el bar de la esquina. Estaba nublado, el viento levantaba mi falda corta contra el muslo, y él me tenían agarrada por la cintura, empujando fuerte, con la lengua metida hasta la base de mi garganta. Yo ya me estaba viniendo cuando lo vi: un hombre de pie al otro lado de la vidriera del ascensor, a cinco metros, con los ojos clavados en mí. No parecía sorprendido. Ni jodido. Solo observaba. Como si ya supiera que yo lo miraría después.

Y lo hice. Dejé de morder el hombro de mi acompañante y aparté la cara. Él, ciego de lujuria, siguió empujando. Pero yo no lo sentía ya. Solo sentía los ojos del otro. Altivo. Frío. Dueño.

Me deslicé de golpe, dije un "perdón" en voz baja y salí del balcón sin cerrar la puerta. Lo encontré en el pasillo del noveno piso, de pie frente al ascensor, con las manos en los bolsillos de un pantalón negro bien cortado. No se movió cuando me acerqué. Solo me miró.

—¿Te gusta que te vean? —preguntó, voz grave, sin tono de pregunta. Solo afirmación.

—¿Y a ti te gusta ver? —le solté, con la respiración corta, el sexo aún latiendo entre mis piernas.

Me sonrió. Pequeño. Lento. Como si me hubiera ganado ya.

—Sí.

Se llamaba Matías. Lo supe porque el portero lo llamó así cuando pasó un par de horas después, con una botella de tequila y dos vasos de plástico. No preguntó si quería entrar. Solo abrió la puerta con su tarjeta de acceso y entró. Yo estaba sentada en el sofá, con una camiseta vieja que apenas me cubría las bragas, y lo miré entrar como quien mira un trueno acercarse.

—¿Sabes quién soy? —le pregunté, cuando se sentó a un metro de mí.

—No.

—Entonces por qué entraste.

—Porque me miraste. Y no es normal que una mujer me mire así. No en un ascensor. No con el sexo aún pegado a la piel.

Me levanté. Me acerqué. Lo miré de pie, desde arriba, con las manos en las caderas.

—Yo no te miro. Te escruto. Como quien inspecciona una arma. Veo si funciona. Veo si se calienta. Veo si se rompe.

Él se levantó con lentitud deliberada. No con prisa. Con seguridad. Se puso frente a mí, a centímetros. Me tomó la barbilla. No con fuerza. Pero con propiedad.

—Y ¿qué viste?

—Ví a un hombre que no tiene miedo de lo que yo puedo hacerle.

—Eso es peligroso, Valeria.

—Entonces no te acerques.

Me soltó. Pero no se alejó.

—¿Y si no puedo evitarlo?

Me besó entonces. No fue suave. Fue una toma. Lengua metida, dientes rozando labios, manos que me agarraron la nuca y me lo clavaron contra el pecho. Sentí su corazón acelerado, la respiración entrecortada. Y sentí cómo su polla, ya dura bajo el pantalón, me rozaba el ombligo.

—¿Quieres que te folle aquí? —me susurró al oído, mientras me mordía el lóbulo—. ¿En el sofá? ¿Con el tequila frío en tus pechos?

—Quiero que me folles hasta que no recuerde tu nombre —le susurré de vuelta—. Solo que no me olvides cuando te vayas.

Lo llevé al cuarto. No hablamos. No necesitamos. Me deshice de la camiseta antes de llegar a la puerta. Él me agarró por la cintura al cruzarla y me dio la vuelta, apoyándome contra la pared. Me desabrochó el sostén con un solo movimiento. Me chupó un pezón mientras con la otra mano se metía entre mis piernas.

—¿Estás mojada? —me preguntó, con la lengua en el otro pecho.

—Como una perra en celo —respondí, metiéndole los dedos al pelo.

Me giró. Me bajó el pantalón corto y las bragas en un solo gesto. Me apartó la ropa interior y me abrió las piernas con una rodilla entre ellas. Me miró allí, desnuda, con los pechos al aire, la polla de Matías ya pegada a mis nalgas.

—Estás hermosa —dijo, y me dio un pellizco en el pezón—. Tan roja. Tan húmeda.

Me giré. Lo miré a los ojos. Le tomé la polla por la base. Dura. Caliente. Ligeramente rugosa por el vello. La apreté. La moví.

—¿Quieres que te lama? —le pregunté.

—Sí.

Me arrodillé frente a él. Le bajó el pantalón y la ropa interior. Su polla saltó, tiesa, con la punta húmeda. La sostuve con ambas manos. La lamí. Lento. De abajo hacia arriba. Lamiendo el glande, chupando el prepucio, tragando su olor.

—Mierda —murmuró, metiéndome la mano en el pelo—. Te voy a romper la boca si sigues así.

No paré. Le chupé el corona. Lo tomé más hondo, hasta que sus rodillas temblaron. Me aparté. Me puse de pie. Lo empujé hacia la cama. Él cedió. Se sentó. Me miró. No pidió. Solo esperó.

Le quité la camisa. Le desabroché el cinturón. Me incliné. Le chupé la axila. La ingle. La base del pene. Y luego lo empujé hacia atrás, sobre la cama. Le separé las piernas con las mías.

—¿Estás testado? —le pregunté.

—Sí. Esta semana.

—Entonces sí.

Me subí. Me senté sobre él. Me dejé bajar. Sentí cómo su polla me rozaba, me empujaba, me abría. Me bajé hasta el fondo. Me incliné. Le tomé los pezones entre los dedos. Me moví. Lento. Hasta que me sentí llena. Hasta que sentí su cuerpo moverse conmigo.

—Ahora —me dijo.

Me levanté un poco. Me bajé otra vez. Más rápido. Más hondo. Me incliné hacia atrás. Él me tomó por la cintura y me empujó contra sus dedos. Me frotó el clítoris. Me metió dos dedos dentro. Me estiró el cuello hacia atrás y me chupó la garganta.

—Voy a venerte —dije, jadeando.

—Venite. Que te escuche.

Me moví como loca. Mis pechos rebotaban. Mis uñas le arrancaron sangre de los hombros. Él me empujaba con fuerza, con los ojos cerrados, los dientes apretados.

—No me mires cuando venga —me dijo—. Me mareas.

—Te miro siempre.

Y cuando me vine, lo hice gritando su nombre. No era un grito. Era un grito de guerra. Él se movió una última vez, metió la polla hasta el fondo, y se vino dentro de mí, caliente, con temblores, con un gemido que sonó como una oración.

Me bajé. Me senté a su lado. Lo miré. Su polla aún palpitaba dentro de mí, como si no quisiera salir.

—¿Volverás? —le pregunté.

—No sé.

—Entonces ven mañana.

—¿Y qué haremos?

—Lo mismo. Pero esta vez, te dejaré verme mientras te chupo.

Se sentó. Me besó. Lento. Con sabor a leche y sal.

—¿Y si me pido otro vicio?

—Entonces lo pagarás.

Me sonrió. Me acarició la cara.

—Valeria Storm —dijo—. ¿Vas a escribir esto?

—Ya lo estoy escribiendo.

—Entonces te lo dejo. Pero recuerda: no es fantasía si lo sientes.

Y se fue, con la camisa mal abrochada, la polla aún mojada de mí, y los ojos que me miraron hasta el final.

Yo me quedé en la cama. Con su olor en la piel. Con su nombre en la lengua. Con la certeza de que, esta vez, no fue sueño. Fue real. Fue mío. Fue vivo.

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