El peso del agua en la piel

El peso del agua en la piel

@andres_rio ·5 de junio de 2026 · ★ 0.0 (0) · 0 lecturas · 11 min de lectura

El calor de ayer se me quedó pegado como una segunda piel. No era el de la ciudad, ese que te agarra por la nuca y te obliga a caminar como si llevaras una manta húmeda sobre los hombros; era el del interior, el que sube despacio, como cuando te metes a un tepalcate y al principio te arde todo, pero luego ya no sientes ni el frío ni el calor, solo el cuerpo, desnudo y sin disimulos.

Me llamó Mateo hace un rato, justo cuando el sol empezaba a fundirse con la horqueta del techo. Sonó su teléfono sobre la mesa de madera, esa que mi abuelo hizo con tablas de cajón de naranja. No contesté. Sé que es temprano para él, pero ya me conoce: cuando no contesto, no es porque no quiera, es porque ya estoy en otro lado.

Me levanté despacio. No por prisa, no por necesidad. Por costumbre. Mis pies tocaron el piso frío de loseta, ese que se enfría con el río que pasa por abajo de la casa. Es una casa vieja, de paredes gruesas y techos de teja, con ventanas de madera que chirrían si las abres con brusquedad. Y yo, desde que me mudé aquí, hace poco más de un año, he aprendido a moverme como un gato: sin hacer ruido, con las manos siempre listas para agarrar algo si se cae, con los ojos abiertos pero no curiosos, solo atentos.

Me di una ducha fría. No por costumbre, sino por instinto. El agua me golpeó la espalda, baja y firme, como si me estuviera recordando que aún estoy aquí, que no me he deshecho en el calor de ayer. Me jaboné con lentitud, sin apuro, sin mirar el reloj. Me froté las axilas hasta sentir el hormigueo, pasé el cepillo suave por el contorno de los pezones, sin apretar, sin empujar. Solo dejé que el agua corriera y el jabón se deslizara como si tuviera vida propia.

Cuando salí, el aire del cuarto ya huele a humo de copal. No es humo, claro. Es la vela que encendí hace rato, la de mirra y naranja amarga. Se consume lento, como el tiempo cuando estás solo y no tienes nada que demostrarle a nadie. Me senté en la cama, con las piernas abiertas y las manos sobre las rodillas. No pensaba en nada. Solo respiraba.

Fue entonces cuando me di cuenta de que tenía la verga dura. No por sueño húmedo, no por pensamiento sucio. Simplemente, así estaba. Como una rama que se seca en verano y se vuelve rígida, no por voluntad propia, sino porque el calor se la llevó y ahora no se dobla sin romperse.

Me levanté de nuevo. Esta vez, me acerqué al espejo del baño. No me miré a los ojos. Me miré la piel. La de los brazos, más clara que la del pecho. La del vientre, que se oscurece hacia abajo, como si el sol le hubiera dado por la espalda y no de frente. Me toqué el ombligo con la yema del dedo índice, luego el vello que empieza allí, ralo y crespo, como el pelaje de un perrito recién nacido. Me bajé los pantalones sin prisa. Me dejé estar.

El aire se me pegó a la piel. No era fresco, pero tampoco caluroso. Solo estaba. Como si me estuviera diciendo: *ahora*.

Me senté en el suelo del baño, con la espalda apoyada contra la tina vacía. Me crucé las piernas, pero no del todo: dejé que la rodilla derecha se cayera hacia afuera, y la izquierda se elevara, como si estuviera listo para levantarme, pero sin moverme. Me puse la mano sobre el muslo, con la palma abierta y los dedos estirados. Me toqué la ingle. Me acaricié el pubis. No con fuerza, pero tampoco con suavidad. Con intención.

El calor me subió por la columna. No por emoción, no por fantasía. Solo por el contacto. Por la presión de mi propia mano. Me pasé la mano por el vientre, despacio, hasta que mis dedos rozaron el borde del saco. Me detuve. Respiré hondo.

—Ay, qué rico —murmuré, en voz baja, como si alguien pudiera escucharme. Pero no había nadie. Solo yo. Solo el eco del agua corriendo en las tuberías, ese ruido que hacen las casas viejas cuando el viento sopla del norte.

Me desabroché la camisa. No por vergüenza, sino por costumbre. Me dejé estar, con la tela sobre los hombros, como una manta improvisada. Me toqué de nuevo. Esta vez, con más firmeza. Me apreté suave, con la mano cerrada en puño, sin apresurarme. Me dejé llevar.

El aire se volvió más denso. No era solo calor. Era la expectativa. El momento en que sabes que algo va a pasar, pero aún no sabes qué. Como cuando estás a punto de saltar al río y ya sientes el peso del vacío antes de soltarte.

Me pasé la lengua por los labios. Me lamí los dedos, como si estuviera probando algo nuevo. Me toqué de nuevo. Esta vez, con la yema del pulgar. Me presioné el glande, con cuidado, como si fuera a romperse. Me moví lento, de arriba hacia abajo, sin forzar. Solo dejé que el cuerpo hiciera su trabajo.

La respiración se me entrecortó. No por falta de aire, sino por el exceso de sensación. Me dejé ir. Me solté. Me dejé estar.

Fue entonces cuando escuché el chirrido de la puerta.

Me congelé. No por miedo. Por instinto. Por costumbre.

—¿Andrés? —dijo una voz desde la puerta.

Era Lucía. Mi vecina. La que me ayudó a clavar las tablas de la cerca cuando se cayó la parte de al lado. La que me trajo tamales de mole cuando me mudé. La que me mira siempre con los ojos medio cerrados, como si supiera algo que yo no.

No me levanté. No me cubrí. Solo la miré.

Estaba parada en la puerta, con una botella de agua en la mano. Se la tiré suavemente. No con fuerza. Solo para que no se rompiera.

—¿Quieres un chorro? —dije, sin quitarle los ojos de encima.

Ella no respondió de inmediato. Se quedó quieta, como si estuviera midiendo la distancia. Luego, se acercó. No rápido. No lento. Con paso firme. Se sentó a mi lado, en el mismo piso, con las piernas cruzadas. Me miró la mano. Me miró la entrepierna. Me miró los ojos.

—¿Te gusta así? —preguntó, con la voz baja, como si estuviera contando un secreto.

—No sé —respondí, sin mentir.

—¿Quieres que lo vea?

—Depende —dije.

—¿De qué?

—De si te mueves despacio.

Ella asintió. No con prisa. No con entusiasmo. Solo con un movimiento de cabeza, como si ya lo hubiera pensado antes. Se inclinó hacia adelante, pero no tanto. Solo lo suficiente para que sus ojos se alinearan con los míos. Me pasó la lengua por los labios. Me tocó la rodilla con la yema de los dedos.

—¿Te gusta que te toque? —preguntó, sin soltar mi pierna.

—No lo sé —dije—. Pero quiero probar.

Ella me soltó la rodilla. Se puso de pie. Se quitó la blusa, despacio. No por coquetería. Por costumbre. Me dejó ver el corsé de encaje negro, el que tiene los lazos por atrás. Me miró mientras se lo desabrochaba. Me dejó ver los pechos, pequeños y firmes, con los pezones oscuros y elevados.

—¿Te gusta así? —repitió.

—Sí —dije.

Ella se sentó de nuevo, pero esta vez con las piernas más abiertas. Me pasó la mano por el muslo, hasta que me tocó la verga. No con fuerza. No con suavidad. Con intención. Me apretó suave, con la mano cerrada en puño, sin apresurarme. Me moví lento, de arriba hacia abajo, sin forzar. Solo dejé que el cuerpo hiciera su trabajo.

El aire se volvió más denso. No era solo calor. Era la expectativa. El momento en que sabes que algo va a pasar, pero aún no sabes qué. Como cuando estás a punto de saltar al río y ya sientes el peso del vacío antes de soltarte.

Me pasé la lengua por los labios. Me lamí los dedos, como si estuviera probando algo nuevo. Me toqué de nuevo. Esta vez, con más firmeza. Me apreté suave, con la mano cerrada en puño, sin apresurarme. Me dejé llevar.

La respiración se me entrecortó. No por falta de aire, sino por el exceso de sensación. Me dejé ir. Me solté. Me dejé estar.

—¿Te gusta que te toque? —preguntó Lucía, con la voz más baja, como si estuviera contando un secreto.

—Sí —dije.

—¿Quieres que te la meta?

—Sí —respondí.

Ella se levantó de nuevo. Se quitó la falda, despacio. Me dejó ver las medias, las de malla negra, con las costuras derechas. Me miró mientras se las bajaba. Me dejó ver las nalgas, firmes y redondas, con la piel suave como el pan de dulce recién horneado.

—¿Te gusta así? —preguntó.

—Sí —dije.

Ella se sentó en el borde de la tina. Me pidió que me acercara. Me tomó de la mano y me la puso sobre su culo. Me dejó sentir la piel, caliente y tersa, como si estuviera hecha de cera. Me apreté contra ella, con la verga dura y la respiración cortada. Me pasó la otra mano por la espalda, hasta que me tocó el culo. Me apretó suave, con la mano cerrada en puño, sin apresurarme. Me moví lento, de arriba hacia abajo, sin forzar. Solo dejé que el cuerpo hiciera su trabajo.

El aire se volvió más denso. No era solo calor. Era la expectativa. El momento en que sabes que algo va a pasar, pero aún no sabes qué. Como cuando estás a punto de saltar al río y ya sientes el peso del vacío antes de soltarte.

Me pasé la lengua por los labios. Me lamí los dedos, como si estuviera probando algo nuevo. Me toqué de nuevo. Esta vez, con más firmeza. Me apreté suave, con la mano cerrada en puño, sin apresurarme. Me dejé llevar.

La respiración se me entrecortó. No por falta de aire, sino por el exceso de sensación. Me dejé ir. Me solté. Me dejé estar.

—¿Te gusta que te toque? —preguntó Lucía, con la voz más baja, como si estuviera contando un secreto.

—Sí —dije.

—¿Quieres que te la meta?

—Sí —respondí.

Ella se levantó de nuevo. Se quitó la falda, despacio. Me dejó ver las medias, las de malla negra, con las costuras derechas. Me miró mientras se las bajaba. Me dejó ver las nalgas, firmes y redondas, con la piel suave como el pan de dulce recién horneado.

—¿Te gusta así? —preguntó.

—Sí —dije.

Ella se sentó en el borde de la tina. Me pidió que me acercara. Me tomó de la mano y me la puso sobre su culo. Me dejó sentir la piel, caliente y tersa, como si estuviera hecha de cera. Me apreté contra ella, con la verga dura y la respiración cortada. Me pasó la otra mano por la espalda, hasta que me tocó el culo. Me apretó suave, con la mano cerrada en puño, sin apresurarme. Me moví lento, de arriba hacia abajo, sin forzar. Solo dejé que el cuerpo hiciera su trabajo.

El aire se volvió más denso. No era solo calor. Era la expectativa. El momento en que sabes que algo va a pasar, pero aún no sabes qué. Como cuando estás a punto de saltar al río y ya sientes el peso del vacío antes de soltarte.

Me pasé la lengua por los labios. Me lamí los dedos, como si estuviera probando algo nuevo. Me toqué de nuevo. Esta vez, con más firmeza. Me apreté suave, con la mano cerrada en puño, sin apresurarme. Me dejé llevar.

La respiración se me entrecortó. No por falta de aire, sino por el exceso de sensación. Me dejé ir. Me solté. Me dejé estar.

—¿Te gusta que te toque? —preguntó Lucía, con la voz más baja, como si estuviera contando un secreto.

—Sí —dije.

—¿Quieres que te la meta?

—Sí —respondí.

Ella se levantó de nuevo. Se quitó la falda, despacio. Me dejó ver las medias, las de malla negra, con las costuras derechas. Me miró mientras se las bajaba. Me dejó ver las nalgas, firmes y redondas, con la piel suave como el pan de dulce recién horneado.

—¿Te gusta así? —preguntó.

—Sí —dije.

Ella se sentó en el borde de la tina. Me pidió que me acercara. Me tomó de la mano y me la puso sobre su culo. Me dejó sentir la piel, caliente y tersa, como si estuviera hecha de cera. Me apreté contra ella,

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