El Jardín de los Higos Maduros
La casa de campo de Lucía quedaba en las afueras de Cuernavaca, rodeada de árboles de higo que cargaban frutos dorados y morados, jugosos y casi reventados por el sol de mediados de junio. Ella y Daniel habían alquilado el lugar por tres días, lejos del ruido de la ciudad, del trabajo, de los celulares. Solo ellos, el calor húmedo y el aroma a tierra mojada después de la lluvia de la noche anterior.
Daniel llegó temprano, con una botella de mezcal artesanal y dos tazas de barro. Lucía lo esperaba en la terraza, vestida con un vestido blanco holgado que dejaba ver las curvas de sus nalgas cada vez que caminaba. Se le acercó sin prisas y le acarició la barba con la yema de los dedos.
—¿Ya te comiste uno de los higos? —le preguntó, sabiendo la respuesta.
Él sonrió, mordió su labio inferior y asintió. —Sí. El más grande. Lo partí por la mitad y lo comí con la lengua, como quien se chuponea un chiltepín con miel.
Lucía soltó una risita baja y le pasó la mano por el cinturón. —Pues hoy no vas a comer higos. Hoy vas a comerte *mejor*.
Lo tomó de la mano y lo llevó al fondo del jardín, donde había un toldo de lona verde que usaban para guardar herramientas. Lo apartó con un movimiento rápido y dejó al descubierto una manta extendida sobre el suelo blando, salpicado de hojas secas.
—¿Te acuerdas de cuando estábamos en Cancún y te dije que cuando te ponía las manos encima, me sentía como una higuera cuando le pica el fruto? —le susurró Lucía, ya sentada sobre la manta, con las piernas abiertas y el vestido subido hasta la cintura.
Daniel no respondió. Ya tenía las manos en sus muslos, subiendo poco a poco, sintiendo el calor de su piel, la humedad que empezaba a pegarle a los bordes de sus bragas de encaje. Se las bajó con lentitud, como si desempolvase un tesoro antiguo, y las tiró al lado, sin importarle que se mancharan de tierra.
Lucía se echó hacia atrás, apoyada en los codos, y le mostró su cuerpo entero: el vientre plano pero blando donde sus mamas caían ligeramente al sentarse, el vello púbico crespo y oscuro que recortaba su labios hinchados, ya húmedos y entreabiertos.
—Mírame, Daniel. No mires para otro lado. No me agaches los ojos.
Él se arrodilló entre sus piernas y sin dudar, metió la cara entre sus muslos. La lengua le salió como una serpiente veloz y le lamió el clítoris con fuerza, presionando con la punta mientras le rozaba con los dientes. Lucía gimió, arqueó la espalda y le clavó las uñas en los hombros.
—Ahhh, carajo… sí, así. Límpiami bien, que tengo ganas de que me metas la lengua hasta adentro y me saques los higos que tengo dentro.
Él le separó los labios con los dedos y metió la lengua, larga y caliente, como si fuera una espada de sabor dulce. Le lamía el fondo, rozaba el punto que le hacía temblar las rodillas, y de vez en cuando le chupaba el clítoris con fuerza, como si quisiera sacarle un grito de advertencia.
Lucía se movía con él, con sus caderas, buscando más roce, más calor. Se pasó una mano entre las piernas y metió dos dedos, lentos al principio, después más rápido, como si estuviera cogerse a sí misma con la imaginación.
—Daniel… que ya me voy a ir… que no aguanto más…
Él no paró. Le chupó el clítoris una última vez, lo atrapó entre sus labios y lo succionó como si fuera una fruta madura, hasta que Lucía gritó, arqueó la espalda y se le vino encima con un temblor que le recorrió todo el cuerpo.
—¡Ahh, mierda, mierda! ¡Me salió todo!
Daniel se levantó, se quitó la camisa y la boxer, y se puso de pie frente a ella. Ya tenía la verga dura, gorda, con la punta brillante por el pre-cum. Le pidió que se volteara, que se pusiera de cuatro, y ella lo hizo sin dudar. Se apoyó en los brazos, con el culo levantado, los muslos separados y el culo redondo, redondo, como una luna llena.
Él le rozó el ano con la punta de la verga y le susurró: —Voy a meterla despacio, perra. Si me dices *chinga*, sigo. Si me dices *para*, paro.
—Chinga —respondió Lucía sin voltear, con la voz rota.
Y él la metió. Lenta, con una sola mano en su cadera, empujando con fuerza, hasta que le rozó el coño y le entró toda la verga. Lucía jadeó, le clavó las uñas en la tierra y soltó un gemido bajo que le tembló en la garganta.
—Ahhh… ya me la metiste toda, puto…
Daniel empezó a sacudirla, con golpes cortos pero duros, como quemando el aire. Le clavaba los dedos en las nalgas, le tiraba del pelo, y cada vez que le daba en el fondo, le rozaba el punto más sensible de su interior.
—¡Sí! ¡Dale más fuerte! ¡Que me la estés chingando como en ese motel de la Avenida Insurgentes!
Él se inclinó, le mordió
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