Solo, en la cama, con mi mano y mi memoria
La luz del atardecer se colaba por la ventana entreabierta, dibujando rayas doradas sobre la cama deshecha. Elias estaba sentado al borde, con la camiseta mojada de sudor en la espalda, el pantalón aún cerrado pero ya con la bragueta medio abierta. Tenía treinta y cuatro años, piel morena ligeramente.bronceada por las semanas de trabajo al aire libre, y un cuerpo que había perdido la firmeza de los veinte, pero que aún guardaba la fuerza de un hombre que se cuida —brazos definidos, abdomen plano pero no marcado como tablero de ajedrez, y una erección persistente que se marcaba contra el tejido del pantalón como un puño cerrado y ansioso.
No tenía ganas de ducharse. No ahora. Quería más. Quería que la piel le ardió, que el aire se volviera espeso, que su cuerpo hablara en un lenguaje antiguo que solo el placer sabía. Había estado pensando en esto todo el día: no en su jefe, ni en el trabajo, ni en las cuentas pendientes. Sino en la sensación de estar completamente solo —no solo en el espacio, sino en el instante—, con solo su respiración, su pulso y el calor que subía desde lo más hondo de su vientre.
Se quitó la camiseta y la lanzó hacia la silla de al lado. El tejido rozó su cuello, pero él ni lo notó. Se desabrochó la bragueta con un movimiento rápido, sin pausas, sin teatralidad. El metal del botón sonó como un disparo pequeño en la habitación silenciosa. Se bajó el pantalón y los boxers hasta las rodillas, y los empujó hasta los tobillos, donde quedaron atados por los calcetines. Se quedó ahí, en cueros, con los pies descalzos sobre la madera tibia, la espalda arqueada, los hombros relajados, y el pene colgando pesado y oscuro, como una fruta madura pronta a caer. Estaba ligeramente curvado hacia la izquierda, la cabeza hinchada, el glande brillante por la humedad que había ido acumulando mientras caminaba por la casa con la erección persistente. El pene entero estaba cubierto de un vello oscuro que bajaba en una línea recta desde el ombligo hasta la base, y las bolas, grandes y tersas, descansaban contra su muslo izquierdo como dos nueces envueltas en seda.
Elias se sentó de nuevo, esta vez con las piernas separadas, las manos apoyadas detrás de él, con los codos flexionados. Respiró hondo. No iba a apresurarse. Ibamos a jugar con la espera. Con la anticipación. Con el fuego que ya empezaba a quemar en su estómago, en la base de la columna, en la punta de los dedos.
Primero, se pasó la palma de la mano derecha por el pecho, sintiendo la piel sensible, los pezones endurecidos por la temperatura del cuerpo y por el deseo que ya lo tenía atrapado. Se rascó con cuidado, apenas, y se detuvo al sentir cómo los pezones se tensaban aún más, como dos nudos pequeños que se apretaban contra el tejido de su pensamiento. Se inclinó hacia atrás y se acarició con más fuerza, arrastrando los dedos lentamente hacia abajo, hasta el vello que rodeaba el pene.
Lo tocó por primera vez.
No con el pene en sí, sino con los nudillos, con el dorso de la mano, rozándolo como si fuera algo que no debía tocar, pero que sabía que tenía que hacerlo. El pene reaccionó inmediatamente: se estiró un poco más, la cabeza se abrió en un pequeño ojo húmedo, y una gota clara y brillante apareció en el meato, como una lágrima de deseo.
Elias sonrió, apenas perceptiblemente. Sabía lo que venía. Y lo quería todo.
Con la mano derecha, lentamente, cerró los dedos sobre el pene, justo debajo del glande, y lo apretó. La piel era cálida, suave, pero con una textura que recordaba a papel de lija muy fino cuando se frotaba contra el pulgar. Lo sujetó firme, sin fuerza bruta, pero con seguridad, y lo jaló hacia abajo, desde la base hasta la punta, en un movimiento suave, constante, rhythmico. El pene se alargó, se volvió más duro, la piel se estiró sobre el corcho de la carne erecta, y la cabeza se volvió más hinchada, más brillante.
No paró.
Lo hizo de nuevo. Y de nuevo. Cada vez con más presión, con más confianza. Su mano se movía sola, sin pensar, como si ya hubiera hecho esto cientos de veces —porque, en cierto modo, sí lo había hecho. Pero nunca con esta intención. Nunca con este silencio. Nunca con esta luz dorada que lo envolvía y lo hacía sentirse vivo, explícito, real.
Con la otra mano, se llevó un dedo a la boca, lo mojó con saliva, y lo pasó por el glande, rozándolo con suavidad, como si fuera una caricia de bienvenida. Luego, con el dedo húmedo, rozó el borde del ano, solo una vez, apenas tocándolo, como si lo estuviera interrogando: ¿estás listo? ¿estás aquí?
No respondió con palabras. Respondió con un estremecimiento.
Sintió cómo su cuerpo se relajaba, cómo el músculo anal se dilataba ligeramente, como si le hiciera espacio. Elias no lo forzó. Siguó acariciando su pene, con la mano derecha subiendo y bajando, mientras con la izquierda se frotaba el dedo húmedo contra el ano, moviéndolo en círculos pequeños, lentos, hasta que sintió cómo la piel se ablandaba, se calentaba, se abría.
Entonces se metió el dedo.
Primero la punta. Solo la punta.
Lo sintió entrar, como una chispa que recorre la columna vertebral hacia arriba, hasta la nuca. Una sensación que no era solo física: era de posesión, de posesión sobre sí mismo. Como si estuviera entrando en un lugar que nadie más había visto, que nadie más podría tocar. Se detuvo un momento, con el dedo solo hasta la primera falange, y cerró los ojos. Respiró. Sintió cómo su cuerpo lo aceptaba, cómo el ano se abría sin resistencia, como si ya lo estuviera esperando.
Luego, lo empujó más.
Con cuidado. Con paciencia. Con deseo.
El dedo entró todo. Se hundió hasta el nudo, y Elias soltó un suspiro que se convirtió en un gemido bajo, gutural, que ni él mismo esperaba. Su pene reaccionó al instante: se volvió más duro, más pesado, y una gota más grande de líquido preseminal salió de la punta, manchando su mano derecha.
No paró. Siguió con el dedo, moviéndolo dentro, flexionándolo un poco, buscando algo. Lo buscó.
Y lo encontró.
La próstata. Una protuberancia suave, redonda, que palpó con la punta del dedo, y que hizo que su cuerpo se tensara, que su respiración se cortara, que sus dedos se cerraran contra el muslo. Era una sensación extraña, que no era dolor, ni placer, sino una mezcla de ambos, como una descarga eléctrica que partía de la base de su columna y se expandía hacia las piernas, hacia el pene, hacia el vientre.
Elias se movió. No con la mano, sino con el cuerpo. Se inclinó hacia atrás, apoyando el peso en los codos, y movió la cadera hacia adelante, empujando su pene contra su propia mano, contra el dedo que lo había penetrado.
Subió el dedo, y lo bajó. Subió. Bajó. Con más fuerza ahora. Con más confianza. Su pene se elevaba y caía con cada movimiento, como una bandera que ondea al viento. La cabeza estaba roja, brillante, húmeda, y cada vez que el dedo rozaba la próstata, su cuerpo se estremecía, sus piernas se tensaban, y su respiración se volvía entrecortada.
Con la mano izquierda, ahora libre, se llevó otro dedo a la boca, lo mojó, y lo metió al lado del primero. Elias no forzó. Se concentró en que los dos dedos se adaptaran, en que el ano se acostumbrara, en que su cuerpo se abriera sin resistencia. Y lo hizo. Con calma. Con deseo. Con una paciencia que no tenía nada que ver con la impaciencia del deseo, y todo que ver con la certeza de que esto era suyo. Todo esto era suyo.
Cuando los dos dedos entraron con facilidad, cuando los movía con soltura, cuando sentía cómo el dedo rozaba la próstata una y otra vez y cada vez el placer era más intenso, más profundo, se retiró.
Se puso de rodillas sobre la cama, con las piernas separadas, el pene hacia arriba, la cabeza inclinada hacia atrás, la boca entreabierta. Respiraba con dificultad. Tenía el pecho subiendo y bajando rápidamente, el sudor le resbalaba por las sienes, y el pene, ahora más grande que nunca, colgaba como un falo de bronce, tieso, húmedo, listo.
Con la mano derecha, se agarró de nuevo. Esta vez, con más fuerza. Con más urgencia. Lo sujetó desde la base, con el pulgar y el índice formando un círculo apretado, y lo jaló hacia abajo, con un movimiento seco, rápido, constante. El pene se deslizaba entre sus dedos, húmedo ya por su propia humedad y por la saliva de sus dedos, y cada tirón lo hacía arquear la espalda, soltar un gemido más fuerte, más crudo.
Se imaginó. No era difícil. Se imaginó en la ducha, con el agua caliente corriendo sobre su espalda, mientras su mano lo acariciaba, mientras su mente lo llevaba a otro lugar. Se imaginó a una mujer, con los ojos cerrados, sentada frente a él, con las piernas abiertas, y él metiéndole los dedos, como ahora lo hacía consigo mismo. O se imaginó con un hombre, más alto, más fuerte, que lo tomaba por las caderas y lo empujaba contra la pared, mientras lo follaba con fuerza. No importaba quién. Lo importante era la sensación. La realidad física. La carne. El sudor. El deseo.
Su mano se movía ahora con un ritmo frenético, con movimientos cortos, rápidos, con presión en la cabeza, en el glande, en la base. Cada tirón era una promesa. Cada descenso era una sentencia. Su respiración se volvió jadeante, entrecortada, y sus ojos se cerraron. No quería ver nada. Solo sentir.
Y entonces, lo sintió.
La sensación de que algo iba a salir. Que su cuerpo ya no podía contenerlo. Que el fuego que había estado ardiendo en su interior iba a estallar.
Soltó un grito. No fue un grito de dolor. Fue un grito de entrega.
Y se corrió.
No suave. No pausado. Fue una explosión. Un chorro espeso y blanco que salió de su pene con fuerza, como si lo estuviera vomitando. Lo sintió subir, desde la base, como una ola que rompe contra la orilla, y luego, con fuerza, lo soltó. Dos, tres, cuatro chorros, cada uno más fuerte que el anterior, manchando su mano, su abdomen, su pecho, y gotas que salpicaron sobre la sábana, sobre la madera de la cama.
Su cuerpo se tensó. Se arqueó. Sus piernas se temblaban. Sus dedos se cerraron contra el pene, como si quisiera retenerlo, como si no quisiera que se fuera. Pero no hubo nada más. Solo el vacío que sigue a la descarga. El agotamiento. El placer que se desvanece, pero que aún late en la piel, en los músculos, en la mente.
Se desplomó hacia atrás, con el pene aún en su mano, suavemente ahora, como si fuera algo frágil. Respiraba pesado. Sus ojos estaban cerrados. Su corazón latía como un tambor en el pecho.
Se quedó así un largo rato. Sin moverse. Sin pensar. Solo existiendo, con su cuerpo, con su alma, con su deseo satisfecho.
Luego, lentamente, se levantó. Se limpió con la camiseta que tenía en el suelo. Se puso los boxers, el pantalón. Se dirigió al baño. Se lavó las manos. Se miró al espejo.
Tenía el pelo despeinado. Los labios ligeramente hinchados por los gemidos. Los ojos brillantes. La piel roja en el cuello, en el pecho.
Sonrió.
No por lo que había hecho. Sino por el hecho de haberlo hecho. Solo. Consigo mismo. Sin perdedores. Sin ganadores. Solo Elias, en su cama, con su mano y su memoria.
Y cuando salió del baño, con la camiseta limpia y el pelo seco, se sentó en el sofá, con una cerveza fría en la mano, y miró por la ventana.
La luz del atardecer se había ido. Ahora era noche. Y la ciudad brillaba a lo lejos, como una constelación de estrellas que no conocía, pero que, por primera vez en mucho tiempo, lo hacía sentirse parte de algo.
Parte de sí mismo.
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