El jardín de las albahacas
7 minEl jardín de las albahacas
Luz y Raúl habían convertido su terraza en un santuario de hojas verdes y flores silvestres. Al final de la tarde, cuando el sol se deslizaba tras las azoteas vecinas y dejaba caer un resplandor dorado sobre las macetas de barro, se sentaban juntos en el banco de madera que daba al cielo. Ahí, entre el olor de la tierra húmeda y el aroma agrio del limón recién exprimido, hablaban de todo: del vecino que volvía a poner su camión en el mismo lugar cada día, de cómo la tía Lety le decía “¡ay, hija, qué miedo!” cada vez que veía una culebra en el jardín, y de lo mucho que extrañaban los viernes de antes, cuando podían salir sin pensar en quién cuidaría a los hijos o en qué hora regresarían. Pero también hablaban de otras cosas: de lo que les hacía falta, de lo que les sobraba, de lo que ambos callaban hasta que ya no podían.
Ese viernes, después de regar las albahacas —las que crecían más fuertes, más verdes, más mexicanas—, Luz se sentó con los pies descalzos en el piso de cemento, aún tibio. Se desató el cabello, ese pelo negro que Raúl siempre decía que parecía una cascada de tinta sobre la noche. Se desabrochó dos botones de la blusa, la tela suelta de algodón que usaba en casa cuando no quería pensar en cómo se veía, pero Raúl siempre la veía. Siempre.
—¿Te acuerdas del año que fuimos a Taxco? —le preguntó ella, tomándose un sorbo de agua de jamaica con un dedo de tequila.
—Claro que me acuerdo —dijo él, acercándose—. Esa noche en la pensión pequeña, con las ventanas abiertas y el sonido del río abajo. Y esa lluvia repentina que nos dejó mojados hasta los huesos.
—Tú dijiste que no te importaba, que el agua te limpiaba la piel.
—Y era verdad —sonrió Raúl, con esa sonrisa que le hacía temblar las comisuras—. Me limpió para volver a encontrarte.
Luz se levantó despacio, como si no quisiera romper el silencio, pero sí romperlo con algo suave, con algo que venía desde atrás. Se acercó a él, sin prisa, y puso la palma de la mano sobre su pecho, sintiendo el latido que ya conocía como su propia respiración. Él la tomó de la cintura y la giró hacia él, con una suavidad que no era de los hombres nuevos, sino de los que han aprendido a amar sin gritar.
—Hoy no queremos a los hijos —dijo ella.
—Hoy no queremos a nadie —respondió él.
La besó entonces, y no fue un beso de desesperación ni de urgencia. Fue un beso de regreso, de vuelta a casa, de encontrar algo que no se había perdido, sino que se había dejado esperando, callado, en el rincón más tranquilo del alma. Su lengua se encontró con la suya como si nunca se hubieran dejado de hablar. Él le acarició la nuca con los pulgares, mientras ella le mordisqueaba el labio inferior, como hacía cuando le gustaba algo, cuando quería quedárselo, cuando lo quería para ella.
Lo empujó suavemente hacia el banco, y él no se resistió. Se sentó, con las piernas abiertas, y ella se acomodó entre ellas, con la falda subiéndose hasta las muslos, sin prisa, como quien se quita una sandalia cansada. Luz se inclinó hacia atrás, apoyando las manos detrás de ella, y Raúl comenzó a desabotonarle la blusa con lentitud, como si cada botón fuera una página de un libro que no quería terminar pronto. Cuando la tela cedió, dejó ver el sostén de encaje color café, el que llevaba debajo de esa blusa porque le daba ganas de sentirse hermosa, aunque solo fuera para él.
Raúl no se apresuró. Pasó los dedos por la curva de sus costillas, por la hendidura de su cintura, hasta llegar a los botones del frente. Con la yema del pulgar, rozó el pezón, ya endurecido por el calor y por la espera. Ella soltó un suspiro, bajo, gutural, mexicano, el tipo de sonido que no sale de la garganta, sino del vientre, del alma.
—Te he echado de menos —dijo Luz, sin abrir los ojos—. No como dueña, como dueña de nada. Como quien echa de menos el olor de la lluvia en la calle cuando estás en casa.
Él le acarició la mejilla con la mano húmeda de sudor y jamaica, y entonces bajó la cabeza y tomó uno de sus pechos entre sus manos, con la boca abierta, con la lengua tibia, con el sabor a sal y a vida. Lo chupó con ternura, con respeto, como si le estuviera leyendo el corazón al oído. Ella arqueó la espalda, sin vergüenza, sin miedo, como quien se rinde a lo que sabe que la va a llevar lejos. Sus dedos se hundieron en el pelo de él, no para jalar, sino para sostenerlo, como quien sostiene una taza de café en la mano temblorosa de un viejo amigo.
Cuando él se separó, se levantó con lentitud, como si fuera una ofrenda, y se puso de pie frente a ella. Desabrochó su pantalón, bajó la cremallera con calma, y dejó que la verga saliera, tiesa, pesada, mexicana, como un grito que se contenía desde hace mucho. Luz la miró sin rubor, con esa mirada de quien no ve solo carne, sino historia, esfuerzo, tiempo, deseo. Se inclinó, lo tomó por la base con ambas manos, y lo acarició de abajo hacia arriba, con un movimiento suave, como quien acaricia el lomo de un perro cansado después de un largo paseo.
—Te he echado de menos así —dijo, sin dejar de mirarlo—. Tensa, grande, mía.
Él le tomó la mano y la llevó a su entrepierna, donde ya sentía el calor subir, el impulso, la necesidad de entrar. Luz se levantó entonces, con una gracia que no esperaba tener, y se deslizó la falda por las caderas, dejando al descubierto el culote de encaje negro, ajustado, que le hacía sentirse fuerte, viva. Se quitó el calzón también, sin prisa, y se acercó a él, con la mano en su verga, guiándola hacia su entrada. Ya estaba mojada, ya la esperaba, ya la necesitaba.
Se sentó sobre él, con una lentitud que dolía y placía a la vez, hasta que lo sintió hasta lo más hondo, hasta que su cuerpo se llenó de su cuerpo. Raúl le tomó las caderas, no con fuerza, sino con cariño, como si temiera que se le fuera a romper. Ella comenzó a moverse, con un ritmo que no venía del pensamiento, sino del cuerpo, de la piel, del corazón que latía en su garganta. Cada subida era un suspiro, cada bajada era un gemido que no sabía si era suyo o suyo, pero que sabía que era de ellos.
—Mira cómo te me pega —dijo Raúl, con la voz rota—. Como si te fuera a comer.
—Sí —dijo Luz, inclinándose hacia él—. Como si te la comiera toda, entera.
Él le dio un beso en la frente, luego en la nariz, luego en la boca, y mientras la besaba, la tomó por las nalgas y la levantó un poco, para que ella subiera más fuerte, para que ella se dejara caer más hondo. Ella gimió, bajó los brazos, y lo agarró del cuello, con los nudillos blancos, con los ojos cerrados, con todo el cuerpo entregado. Él le mordió el hombro, suavemente, como si no quisiera que nadie escuchara, como si fuera un secreto que solo ellos dos debían saber.
Cuando el orgasmo vino, no fue una explosión, sino una ola que los arrastró juntos, como cuando la corriente del río los llevaba en Taxco, sin saber adónde iban, pero sabiendo que no querían llegar. Ella sintió su verga palpitando dentro de ella, sintió su cuerpo temblar, sintió cómo el sudor le goteaba en el cuello, cómo su cabello le pegaba a la frente, cómo su corazón latía en la punta de los dedos.
Se desplomaron sobre el banco, uno sobre el otro, sin fuerzas, sin palabras, con el aliento entrecortado y las manos entrelazadas. El cielo se había oscurecido del todo, y las luces de la ciudad empezaban a encenderse como estrellas pequeñas, como promesas lejanas pero cumplidas.
—¿Te acuerdas del año que fuimos a Taxco? —le preguntó Luz, con la cabeza apoyada en su pecho.
—Claro que me acuerdo —dijo él, besándole el cabello—. Esa noche en la pensión pequeña, con las ventanas abiertas y el sonido del río abajo. Y esa lluvia repentina que nos dejó mojados hasta los huesos.
—Tú dijiste que no te importaba —sonrió ella—. Que el agua te limpiaba la piel.
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