Lo que pasó en la pileta de mi casa
Sospechaba que algo iba a pasar cuando vi cómo se secaba el agua de los hombros con la toalla, con esos movimientos lentos, casi perezosos, que no tenían nada de casual. Ella estaba parada al borde de la pileta, con las piernas ligeramente separadas, los pies descalzos sobre el piso antideslizante, y la luz del atardecer le marcaba el contorno del cuerpo como si fuera un dibujo a lápiz sobre papel envejecido. Me costó no tragar seco cuando me preguntó si le dejaba usar el secador de pelo. “Está afuera, en el baño de servicio”, le dije, y ni me di cuenta de que me salió la voz más ronca de lo normal. Ella asintió, me sonrió con esa sonrisa de medio lado que solo tienen las que saben exactamente lo que están haciendo, y se alejó con la toalla envuelta en torno al cuerpo como si fuera una túnica de seda.
Me llamo Tomás, tengo 39 años, y hace seis meses que convivo con Lucía —una mujer dulce, paciente, que me enseñó a amar los domingos lentos y el café bien cargado. Pero Julia —ah, Julia— es otra cosa. Es la hermana de Lucía, sí, la que vivió en Madrid diez años, la que volvió con el pelo más corto, las uñas más largas y una mirada que ya no se disculpa por lo que quiere. La que me mira como si yo fuera su próxima fantasía, y no como el cuñado un poco aburrido que siempre fui.
Esa tarde, mientras Lucía dormía una siesta tras el almuerzo —otra costumbre suya, esa manía de recargar pilas con un silencio absoluto—, Julia me invitó a ayudarla a arreglar la sombra del porche. “Sos el único que sabe de esto, Tomás”, dijo, y mientras hablaba, se subió un poco la sábana que usaba como toalla para ajustarse mejor la tira del bikini. No era ni un gesto insinuante, ni una provocación: era simplemente una acción cotidiana, natural, y eso era lo que me volvía loco. Lo cotidiano, cuando se viste de deseo, mata más lento que una pistola.
Cuando terminamos, el sol ya se había escondido tras el fondo del jardín, y el aire se había vuelto más denso, cargado de humedad y de algo más que no sabía nombrar. Julia se limpió las manos en la toalla y me dijo: “¿Te parece si nos sentamos un rato, antes de que Lucía se despierte?”. Le respondí que sí con la cabeza, y seguimos hasta los dos sillones de mimbre que teníamos bajo el alero. Ella se sentó en el que estaba más cerca de la pileta, yo en el otro, con las piernas extendidas, los codos apoyados en los brazaletes. El silencio no era incómodo: era espeso, como una cuerda tensa que espera el primer golpe para vibrar.
—¿Te acordás de cuando íbamos a la pileta de los domingos, cuando era chico? —le pregunté, con la voz más tranquila que pude.
Ella me miró de reojo, y ese gesto bastó para que me diera cuenta de que también ella recordaba. No solo las veces que nos metíamos en el agua, sino también las veces que nos sentábamos así, a la sombra, con los pies mojados y el sol quemándonos la nuca. Pero ahora sí era distinto. No había inocencia. Había intención.
—Me acordé de cuando me tiraste una vez al agua y casi me golpeaste con la pelota —dijo, y la risa le tembló en la garganta, una vibración que sentí hasta en los dedos.
—Fue un accidente —mentí, porque era mentira. Había apuntado a la altura de sus muslos, sabiendo que saldría corriendo, que gritaría, que se mojaría el bikini. Y lo hizo.
—Sí, claro —dijo, y se inclinó hacia adelante para agarrarse un pie, estirando la pierna, dejando que el bikini se tensara sobre su concha. Yo tragué saliva, y ella lo notó. No lo hizo disimular. Solo me miró y me dijo: “¿Viste? Sigo igual. Aunque ahora ya no me pongo ese bikini de flores”.
No supe qué responder. Me levanté, fingí revisar algo en el celular, pero no había mensaje. Solo la pantalla negra reflejando mi cara, con los ojos fijos en su cuerpo. Ella no se movió. Se quedó sentada, con las rodillas juntas, las manos apoyadas en los muslos, los dedos ligeramente curvados como si estuviera tocando algo invisible.
—¿Querés que te sirva algo? —pregunté, por decir algo, por romper el silencio que ya no era solo nuestro, sino de algo que empezaba a moverse entre nosotros, lento pero seguro.
—Sí —dijo—. Una gaseosa. Con hielo.
Fui a la cocina, serví dos vasos, dejé la botella en la mesa, y cuando volví, ella estaba parada. Con la toalla ahora enrollada en la cintura, sin bikini, sin nada más que la piel y el vaho de la tarde. Me detuve en la puerta. No me atreví a avanzar. Ella me miró y me dijo: “Vení, Tomás. No tenés que tener miedo de lo que querés”.
Y ahí, entre la sombra y la luz que entraba por la ventana, supe que no iba a negarme. Porque lo quería. Lo quería desde hacía años, y lo más peligroso de todo era que ella también lo quería.
Me acerqué. Ella me tomó de la muñeca, me guió hasta el sillón donde había estado antes, y se sentó justo en mi regazo, con las piernas abiertas a los lados, la espalda apoyada en mi pecho. Sentí su respiración en el cuello, el calor de su piel, el olor a cloro y a su perfume —algo floral, pero con un fondo amaderado, un rastro que me perseguía desde hacía meses.
—Sos un imbécil —me dijo, con la voz baja, casi un susurro, pero con un tono que me hizo temblar—. Me mirás como si estuvieras a punto de comerme. ¿Y por qué no lo hacés?
No esperé más. Bajé la mano, lentamente, por su costado, hasta la curva de la cintura, y luego subí, hasta tocar el borde de su bikini, que ahora era solo una tira de tela fina, casi transparente, que apenas cubría su garchar. Se estremeció. No se apartó. Me miró por encima del hombro, con los ojos medio cerrados, la boca entreabierta.
—Decime qué querés —le dije.
—Quiero que me toques —susurró—. Quiero que me garches como cuando soñaba con vos, cuando era piba y vos estabas con Lucía. Quiero que me cojas sin pedir permiso, porque ya se lo pedí a vos, y vos ya me lo diste.
Y entonces lo hice. Le desabroché el bikini con una sola mano, sin romper el contacto visual, y le acaricié la concha con la punta de los dedos, apenas, como si fuera un secreto que no quería perder. Ella se arqueó, soltó un gemido bajo, y me dijo: “Sí, Tomás. Sí. Acá. Ahora”.
No hubo más palabras. Solo el sonido de la piel contra la piel, el roce de sus muslos contra los míos, y el eco de un deseo que por fin, después de tantos años, se hacía real.
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