El café se enfría dos veces
Vos sabés cómo se siente cuando el tiempo se te escurre entre los dedos como arena húmeda: pesada, pegajosa, pero inevitable. Yo, que tengo veintitrés y aún creía que el…
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Hombres maduros.
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Vos sabés cómo se siente cuando el tiempo se te escurre entre los dedos como arena húmeda: pesada, pegajosa, pero inevitable. Yo, que tengo veintitrés y aún creía que el…
Yo tenía veintitrés, y él, cincuenta y uno. La diferencia no se notaba solo en el número: se sentía en la forma en que él se movía, en la seguridad de sus manos, en la…
Yo, Valentina —veintitrés años, piel morena clara como el café con leche, ojos cafés que dicen más de lo que hablo— siempre había jurado que no me dejaba llevar por esas…
La luz del atardecer entraba por las ventanas anchas del café *El Rincón del Olivo*, bañando en dorado suave las mesas de madera oscura y los libros abandonados en los…
La luz del bar La Sombra —un nombre irónico, porque nada tenía de oscuro— se filtraba por las rendijas de las persianas bajadas a media altura, como si el lugar quisiera…
Yo tenía veintitrés, con la piel suave, el culo apretado y los pechos rebeldes que no querían callar cuando caminaba. Él tenía cincuenta y dos, canas bien puestas, manos…
La luz del atardecer se deslizaba por las rendijas de las persianas de la biblioteca municipal, pintando rayas doradas sobre los estantes de madera envejecida. Clara…
La puerta de madera rara vez chirriaba en verano. El calor lo aplastaba todo: las hojas de los árboles, el asfalto, incluso el tiempo. Pero esa tarde, mientras la brisa…
Yo era veintitrés, con la curiosidad aún fresca como leche recién vertida, y él, Mateo, cincuenta y uno, con la calma de quien ha aprendido a escuchar entre silencios.…
Tenía veintitrés y él, cincuenta y uno. Una diferencia que, al principio, solo notaba en el número: un hueco entre generaciones, entre ritmos, entre maneras de mirar el…
Yo tengo 51, y ella, 23. Sí, ya sé lo que vas a pensar. Pero no fue nada planeado, ni sospechoso, ni siquiera intencional al principio. Solo fue un viernes normal, el…
Yo tenía veintitrés, y él cincuenta y dos. La diferencia no era solo numérica: era el peso de los años vividos, la sombra de experiencias que yo aún no había vivido, y…
El tren 847 partió puntual a las 17:12 desde Medellín. Lluvia fina arrastraba lágrimas de cristal por las ventanas del vagón, mientras el paisaje montañoso se…
Yo tenía veintitrés y él, cincuenta y uno. Sí, lo conté dos veces cuando me lo presentaron —ella, Clara, la dueña del taller, me lo presentó como “un maestro ceramista…
La primera vez que lo vi con claridad fue un martes a las 6:47 p.m., justo cuando el sol se rendía en el horizonte de Poblado y las sombras se estiraban como dedos…
La lluvia suave que caía sobre la ciudad no era un aguacero, sino una bruma persistente que empañaba las ventanas del café *El Rincón del Olivo*, un lugar pequeño,…
La primera vez que vi a Rafael en el estudio de danza, tenía veintitrés años y él cincuenta y uno. No fue el rostro lo que me detuvo—aunque sus ojos tenían esa calma de…
La primera vez que la vio, el reloj de pared del café marcaba las 17:43. Ella estaba sentada junto a la ventana, con las piernas cruzadas y los ojos fijos en el libro…
A los 51 años, uno ya no miente con las miradas. A los 23, ella entró al café como si el tiempo no le hubiera dado ni un minuto de descanso: falda ceñida, cabello…
La luz del atardecer se derramaba en bandas doradas sobre los edificios de concreto y cristal del vecindario. En la terraza del edificio 7, donde el sol aún calentaba el…
La puerta del estudio se abrió con un suave chirrido. Clara entró con los pies descalzos, la falda blanca de algodón ondeando al ritmo de sus pasos lentos, y se detuvo…
La puerta del estudio se abrió con un suave chasquido, apenas audible entre el murmullo del viento que rozaba las hojas del olivo en el jardín. Elena entró con los pies…
La primera vez que la vio con claridad fue una tarde de mayo, cuando el sol de la ciudad de México caía como plomo sobre el balcón del cuarto piso. Ella estaba plantada…
Yo tenía veintitrés años, y él, cincuenta y uno. La diferencia no era solo numérica: era como si yo hubiera nacido en otro siglo, y él en el que aún recordaba el olor a…
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