Lo que pasó en la terraza del vecindario

Lo que pasó en la terraza del vecindario

@el_forastero ·6 de junio de 2026 · ★ 4.2 (4) · 75 lecturas · 4 min de lectura

La luz del atardecer se derramaba en bandas doradas sobre los edificios de concreto y cristal del vecindario. En la terraza del edificio 7, donde el sol aún calentaba el piso de baldosa y el viento traía el aroma a jazmín y a lluvia reciente, Isabela dejó su celular sobre la mesa de metal. Tenía veintitrés años, piel morena clara, ojos castaños oscuros como el café bien tinto y una sonrisa que siempre parecía saber más de lo que decía. Había ido a tomar el aire después del turno en la cafetería, con la camiseta ajustada, el short de jean desgastado y los pies descalzos sobre la superficie tibia.

Eran casi las seis y media. Ahí llegó él, sin anunciarse, con su camisa de manga larga desabotonada hasta el pecho, los puños enrollados y el reloj de pulso antiguo que siempre parecía marcar una hora diferente a la del resto del mundo. Carlos tenía cincuenta y dos, aunque se le veía menos por los ojos: una mirada que no perdía detalle, que medía cada gesto, cada respiración.

—¿Te quedaste a esperar la puesta de sol? —preguntó, sentándose en la silla de al lado, con una sonrisa suave, sin presión.

—Sí —respondió ella, cruzando las piernas con naturalidad—. Hoy se puso lento, como pausada.

—Como tú —dijo él, sin romper el contacto visual.

Isabela bebió un trago de agua de limón que ya estaba tibia y sintió cómo el calor no era solo del sol. El silencio no era incómodo. Era espeso, saboreado. Carlos se quitó la camisa y la dobló con lentitud, dejando al descubierto un pecho ancho, cubierto de vello cano que se extendía como raíces antiguas por su piel. Isabela lo miró, sin disimulo, y él notó el gesto, pero no sonrió. Solo asintió, como si ya lo supiera.

—¿Te gustan los hombres mayores? —preguntó, sin sonar acusatorio, sino curioso, como quien examina una pintura que no entiende del todo pero quiere aprender.

—Depende —dijo ella, acercando su silla un poco más—. Depende de si saben escuchar… y de si saben tocar.

Carlos se inclinó hacia ella. Sus manos, gruesas pero seguras, le acariciaron la nuca, con una presión que no pedía permiso, pero sí lo solicitaba. Ella se acercó sin dudar. El primer beso fue lento, casi tímido, pero con una fuerza que no venía de la boca, sino de los ojos, de la confianza. Él sabía que no tenía que apresurar nada. Que cada segundo contaba, que el tiempo, entre ellos, no era un enemigo, sino un aliado.

Sus manos se deslizaron con seguridad: una por la cintura de ella, la otra por la espalda baja, empujándola suavemente hacia él, hasta que sus muslos rozaron los de Carlos. Ella sintió la dureza en su entrepierna, y no apartó la mirada. Él lo notó, y entonces soltó suavemente su cintura para apoyar las manos en sus rodillas, empujándolas hacia afuera, abriendo sus piernas sobre la silla.

—¿Te gusta esto? —susurró, acercando su boca a su oreja, respirándole en el cuello—. ¿Que un hombre de mi edad te haga esto?

Isabela no respondió con palabras. En su lugar, arqueó el cuerpo hacia atrás y le dio la espalda, tomándole la mano para guiarla hacia su culo, hacia la curva de sus nalgas, hacia la tela fina de su short. Carlos la apretó contra él, sintiendo cómo ella temblaba, no de miedo, sino de deseo.

—¿Quieres que te meta la verga? —preguntó, ahora con voz más grave, más sexi—. ¿O prefieres que te chupe primero, que te vea gozar?

Ella giró la cabeza, lo miró a los ojos y sonrió:

—Chúpame primero. Que te taste cómo me pongo cuando me recuerdo que tengo veintitrés y tú cincuenta y dos.

Carlos no necesitó más. Se puso de pie, tiró su camisa al suelo y la ayudó a levantarse. La tomó de la cintura y la giró hacia el borde de la terraza, donde la ciudad empezaba a encenderse en luces amarillas y rojas. Le bajó el short con calma, dejando que el viento jugara con su culo desnudo, con la curva de su espalda, con la forma en que sus pechos se movían al respirar.

Y ahí, mientras el sol se hundía tras el horizonte y las primeras estrellas asomaban entre los edificios, Carlos le chupó el culo como si fuera lo más natural del mundo, como si no hubiera diferencia de edad, sino solo deseo, piel, sabor y tiempo.

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