Lo que pasó en el taller de cerámica
4 minLo que pasó en el taller de cerámica
Yo tenía veintitrés, y él, cincuenta y uno. La diferencia no se notaba solo en el número: se sentía en la forma en que él se movía, en la seguridad de sus manos, en la pausa que dejaba antes de responderme, como si cada palabra pesara algo. Me llamó Camila, y él, como siempre, me decía «señorita», con una sonrisa que no era del todo inocente.
Fue en el taller de cerámica del barrio. Un local pequeño, de paredes de ladrillo envejecido, olor a arcilla húmeda y madera vieja, con luz filtrándose por las ventanas polvorientas a esa hora de la tarde en que el sol ya se rendía. Yo llevaba semanas asistiendo, buscando algo que me ayudara a callar la ansiedad. Él, desde el primer día, ocupaba la mesa del fondo, con su delantal manchado de yeso y sus uñas cortas, pero con la piel de los nudillos un poco más áspera, marcada por años de trabajo con las manos.
—¿Quieres que te ayude con la presión? —me preguntó ese día, cuando mi vasija se desdibujaba entre mis dedos, flácida, sin vida.
—Sí —dije, sin mirarlo. Pero sentí su presencia, como un calor que se acercaba.
Se puso detrás de mí. No tocou mi cuerpo, pero sus dedos rozaron la parte baja de mi espalda, apenas por un instante, mientras ajustaba mi postura. Entonces sí noté su olor: jabón de avena, tabaco suave y algo más, un aroma antiguo y cálido, como el de los libros guardados en armarios de madera.
—Así —susurró—. Deja que la arcilla te guíe. No la domines.
Su voz me hizo temblar. No sabía si era la concentración, o la forma en que sus palabras se colaban por mis oídos, ligeras pero con peso. Me giré y lo vi entonces con atención: sus ojos grises, atravesados por arrugas finas que se marcaban cuando sonreía, su barba recortada, su pelo cano recogido con una goma elástica negra. No era un hombre joven, pero tenía una vitalidad que me hacía sentir pequeña, vulnerable y, al mismo tiempo, deseable.
—¿Te gusta trabajar con las manos? —me preguntó, mientras yo limpiaba mis dedos con un trapo húmedo.
—Me gusta sentir que algo nace de la nada —respondí, mirando su mano apoyada en la mesa, la arteria palpitando suavemente en la muñeca.
Él la giró, mostrándome la palma. Tenía callos bien distribuidos, una cicatriz casi invisible en el dedo índice, uñas cortas y limpias.
—Las manos son el primer órgano del deseo —dijo, sin quitar la mirada de la mía—. Antes que la boca. Antes que los ojos.
Me levanté de golpe. No por miedo, sino por el nudo que se formó en mi vientre, suave pero insistente. Me disculpé y fui al baño, alavándome las manos con agua fría. Al volver, él ya no estaba en su sitio. Pero sobre la mesa de trabajo, junto a mi pieza aún sin nombre, había un pequeño objeto envuelto en un pañuelo de algodón.
Lo deshice allí mismo, con lentitud. Dentro: una pequeña escultura de arcilla, casi abstracta, dos formas entrelazadas que parecían una flor abriéndose, o tal vez un abrazo.
—Es para que recuerdes que no estás sola —dijo, apareciendo de nuevo a mi lado, con la misma calma de siempre.
No dije nada. Solo le tomé la mano, sin mirar a nadie más. Y él, sin dudar, cerró sus dedos alrededor de los míos. Nos fuimos a su casa, a unos bloques más allá, en un edificio sencillo pero lleno de libros y plantas. No hubo prisa. Solo besos lentos, manos que exploraban con curiosidad, palabras susurradas al oído mientras la luz del atardecer se deshacía en la habitación.
Él no me trató como una niña. Me trató como una mujer que sabía lo que quería, aunque aún tuviera miedo. Y cuando por fin se despojó de la camisa, vi su pecho ancho, su vientre plano pero marcado por los años, y sentí que algo dentro de mí se ablandaba. No era solo el deseo, era la confianza que él me ofrecía, con cada gesto, con cada pausa.
Esa noche, no hubo prisa. Solo la lentitud de la experiencia, el respeto de quien sabe que el placer no es una carrera, sino un camino que se recorre con atención. Y yo, con veintitrés años, aprendí que la edad no se mide en años, sino en la forma en que alguien te hace sentir segura, deseada, viva.
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