La vecina del cuarto piso
7 minLa vecina del cuarto piso
La primera vez que la vio con claridad fue una tarde de mayo, cuando el sol de la ciudad de México caía como plomo sobre el balcón del cuarto piso. Ella estaba plantada ahí, con una camiseta blanca mojada por el riego del macetero, el cabello negro recogido en un nudo desordenado, y una sonrisa que le partía la cara como si hubiera acertado en la lotería. Tenía veintitrés años, se llamaba Fernanda, y vivía sola desde hacía tres meses en ese departamento que alquilaba con lo que le alcanzaba tras salir de la licenciatura en bellas artes.
Tomas tenía cincuenta y uno. Viudo desde los cuarenta y seis, con dos hijos adultos que ya no vivían con él, y una vida que parecía haberse quedado en stand-by desde que su esposa se fue. Se había mudado al edificio hacía poco, buscando calma y silencio —y tal vez, sin reconocerlo aún, un poco de luz nueva.
Fue Fernanda quien lo abordó primero. No con coqueteo, sino con una botella de tequila artesanal que le entregó con ambas manos, diciendo: “Es que no conozco a nadie aquí, y me dijeron que usted es de Morelos, como mi abuela. Y que sabe de bebidas fuertes”. Él sonrió, y por primera vez en años, sintió que su cuerpo respondía, no con nostalgia, sino con curiosidad.
—Sí sé de bebidas fuertes —respondió en tono bajo, con esa voz que aún conservaba el tono de cuando daba clases de historia en la UNAM—. Pero también sé de paciencia.
Ella rió, y ese sonido le entró por los oídos como un trago directo a la verga.
Pasaron semanas de pequeños encuentros: un café en la terraza del edificio, una charla sobre música antigua (ella le mostró su guitarra acústica, vieja pero bien cuidada), y una noche, mientras veían una película en su departamento, ella se recostó en su hombro sin pedir permiso —y él no se movió, no la detuvo, no dijo nada—, dejándola crecer en él como un latido lento, constante.
Fue ella quien propuso ir a su casa, una noche de viernes, después de que él le mostrara cómo abrir bien una botella de mezcal con sal y limón. No fue una invitación directa, sino una mirada larga, una mano que le rozó el brazo al pasarle el vaso, y una frase casi susurrada: “Me encanta cómo me miras cuando hablas de cosas que amas”. Él no tuvo que interpretar. Sabía exactamente lo que significaba.
Subió los escalones de su departamento con los pies un poco más pesados, pero la respiración intacta. Fernanda ya estaba dentro, con una falda ceñida que le marcaba las caderas y las nalgas como si las hubiera esculpido el mismo Michelangelo. Llevaba una blusa blanca abierta sobre una camiseta negra, y un perfume que olía a jazmín y humo. No llevaba calcetines.
—¿Te importa si enciendo lo que queda del mezcal? —preguntó ella, y él asintió, ya con la lengua un poco seca.
Ella se sentó en el sofá, cruzó las piernas, y lo miró fijamente. No era una niña, ni una mujer hecha y derecha. Era algo en medio: una muchacha que aún aprendía, pero que ya sabía lo que quería, y no tenía miedo de pedirlo.
—Dime —dijo ella—, ¿cuánto tiempo llevas sin tocar a alguien así, como para sentir el corazón en la verga?
Él se acercó, se sentó a un lado, cerca, pero no demasiado. Sabía que la experiencia no se medía en años, pero sí se sentía en los gestos, en el silencio entre una palabra y otra.
—Hace casi cinco años —respondió, y por primera vez en mucho tiempo, su voz sonó áspera, casi temblorosa—. Pero hoy… hoy sentí algo distinto desde que caminaste hasta la puerta con esa botella.
Ella sonrió, y por fin lo tocó: una mano en su muslo, dedos que subieron despacio, como si midieran cada centímetro de piel antes de atreverse a más.
—Entonces… vamos a corregir eso —dijo—. Pero con calma. Tú me enseñas a saborear, yo te enseño a correr.
Él no respondió. Sólo la atrajo hacia sí, con una mano en su nuca y otra en la cintura, y la besó. No con urgencia, pero sí con hambre. Le abrió la boca con suavidad, dejó que su lengua entrara, y sintió cómo su cuerpo respondía: las caderas se inclinaban, el pecho se hinchaba, la respiración se aceleraba sin prisa.
Fernanda se separó un poco, lo miró a los ojos, y le acarició la barba con los dedos.
—¿Te gusta que te mire así? ¿Cómo si supiera lo que vas a hacer antes de que lo hagas?
—Sí —respondió él, y por primera vez en años, no sintió vergüenza en decirlo—. Me gusta que me veas como un hombre, no como un viejo que ya no sirve para nada.
Ella rió, baja, íntima, y lo besó de nuevo, más hondo esta vez. Le quitó la camisa, y cuando sus pechos quedaron al descubierto, él los tocó con las palmas, con cuidado, como si fueran algo valioso que pudiera romperse si apretaba demasiado. Ella gimió, un sonido bajo y cálido, como el viento en una calle de Coyoacán en verano.
—No eres viejo —susurró—. Eres un hombre que aprendió a esperar.
Se levantó de golpe, tiró la camiseta negra, y se sentó sobre sus piernas, con la falda subida hasta las ingles. Él le pasó las manos por las nalgas, sintió la suavidad de su piel, la curva de su culo apretado, y supo que no iba a durar mucho si no controlaba el ritmo. Pero no quería controlarlo. Quería que fuera lento, intenso, inevitable.
—Vamos a la habitación —dijo él, y por primera vez, su voz sonó como una orden, no una súplica.
Ella asintió, y lo siguió sin preguntar, sin dudar, con la mano en su brazo y los ojos fijos en su cuello, donde sentía latir su corazón como un tambor de guerra.
La acostó con suavidad sobre la cama, le quitó los zapatos, la falda, y luego la blusa. Ella no se cubrió, no se ruborizó. Se dejó ver, se dejó tocar, se dejó desvestir como si fuera el acto más natural del mundo. Y lo era, pensó él, mientras le pasaba la lengua por el pezón, sintiendo cómo se endurecía, cómo ella jadeaba y arqueaba la espalda.
—Tú eres el primero que no me dice “qué bonitas tienes las tetas” —dijo ella, con una sonrisa burlona—. Me miras como si supieras que también tengo un culo que late cuando lo tocas.
Él no respondió. Sólo le abrió las piernas con la mano, le rozó el borde del calzoncillo, y sintió cómo ya estaba mojada, cálida, dispuesta. Se quitó el pantalón, se liberó la verga, y ella la miró como si la hubiera visto antes en sus sueños.
—Está grande —dijo ella, sin miedo, con curiosidad—. Pero no me asusta.
—No te asustes —respondió él, mientras le acariciaba el labio mayor con la punta del dedo—. Te lo meto poco a poco. Como el mezcal: una gota, luego otra, hasta que ya no sabes si eres tú o el trago.
Fernanda lo atrajo hacia sí, y por fin, con una mano en su cintura y la otra en su nuca, lo dejó entrar. Él se detuvo al principio, sintiendo su apretura, su calor, su temblor. Ella jadeó, pero no pidió que parara. Sólo lo miró y le dijo:
—Mira cómo te cojo, Tomas. No como una niña. Como una mujer que sabe lo que quiere.
Él empezó a moverse, lento, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando su corazón, sintiendo cómo latía más rápido por cada embestida. Ella gimió su nombre, lo dijo como una plegaria, como un juramento. Y cuando ella llegó, con los ojos cerrados y las uñas clavadas en su espalda, él la siguió, con un gruñido bajo que le salió del fondo del pecho, como si hubiera estado esperando ese momento desde que su esposa se fue.
Se quedaron abrazados, sudados, con las piernas enredadas, y el silencio llenando la habitación como el sonido del tráfico lejano en la Avenida Universidad. Fernanda le acarició el cabello, y él supo que eso era lo que había estado buscando: no sexo, no una noche loca, sino una conexión que no tenía edad, ni pasada, ni futuro. Sólo ahora.
—¿Volverás a subir mañana? —preguntó ella, con la voz aún agitada.
Él sonrió, y por primera vez en mucho tiempo, lo hizo con el corazón lleno.
—Sí —dijo—. Mañana subo, y te enseño a abrir bien otra botella.
¿Te ha gustado? Valóralo