La pausa entre dos latidos

La pausa entre dos latidos

@la_viajera ·6 de junio de 2026 · ★ 4.7 (31) · 292 lecturas · 6 min de lectura

El tren 847 partió puntual a las 17:12 desde Medellín. Lluvia fina arrastraba lágrimas de cristal por las ventanas del vagón, mientras el paisaje montañoso se desdibujaba en grises y verdes húmedos. En el compartimento de primera clase, apenas seis pasajeros: un grupo de tres jóvenes con auriculares, una mujer mayor con un bolso de mano bordado, un hombre que hojeaba un libro de poesía de Neruda… y ella, sentada junto a la ventana, con las piernas cruzadas y el pelo negro recogido en un nudo desordenado.

Clara tenía veintitrés años. Estudiaba arte en la universidad, vivía en un departamento pequeño con una perra llamada Canela, y en esos días apenas dormía por el estrés de una exposición colectiva que no lograba cerrar. Había tomado el tren con la promesa mental de desconectar: nada de bocetos, nada de correos, nada de dudas. Solo el silencio, el vaivén de los rieles y una botella de vino tinto que llevaba escondida en su mochila.

Él estaba en el asiento opuesto, con el abrigo de lana gris colgado en el respaldo y los codos apoyados en las rodillas. Tenía cuarenta y seis años. Se llamaba Daniel, era arquitecto, y llevaba quince minutos observando el modo en que Clara se mordía el labio inferior al hojear una revista de diseño. No era por vanidad: era simple atención. Había aprendido, con los años, que lo más delicado no estaba en lo que se decía, sino en lo que se dejaba pasar entre palabras.

—¿Le importa que ponga un poco de música? —preguntó él, con la voz baja, sin mirarla directamente—. No quiero molestar, pero el silencio aquí es tan fuerte que duele.

Ella levantó la vista. Sus ojos, oscuros y húmedos como tierra tras la lluvia, se encontraron con los de él. No fue un choque, sino un reconocimiento lento, casi tímido.

—No me importa —respondió Clara, y sonrió con la esquina derecha de la boca—. A menos que sea reguetón. Eso sí me duele.

Daniel soltó una risa suave, que no sonó forzada ni exagerada. Fue una risa que venía de dentro, de una experiencia que sabía cuándo usar y cuándo guardar.

—Ningún reguetón. Solo algo de jazz. Coltrane, si le gusta.

—Siempre he pensado que Coltrane huele a humo y a libros viejos —dijo ella—. Pero no sé si me gusta o si solo me hace sentir más intelectual de lo que soy.

Él asintió, como si hubiera escuchado eso antes, como si hubiera estado en ese mismo punto del camino: sabiendo que la inteligencia es un disfraz, y que a veces basta con decir la verdad sin adornos.

—A mí me huele a noche en París, a una ventana abierta y a un café que se enfrió.

Clara lo miró con más atención entonces. No era por su edad —aunque la notaba en la textura de su piel, en las líneas que rodeaban sus ojos, en la calma de sus gestos—, sino por la forma en que hablaba: sin apuro, sin necesidad de demostrar. Era como escuchar un discurso leído en voz baja por alguien que ya no necesita convencer a nadie.

—¿Cuánto tiempo hace que no toma un tren así? —preguntó, señalando la botella de vino.

—Años. El avión es eficiente, pero no deja espacio para la pausa.

—¿La pausa?

—Entre dos latidos. Eso es lo que no se ve en los horarios.

Clara se levantó entonces, con lentitud, como si el movimiento hubiera sido previsto. Tomó su mochila, se acercó al asiento de él y depositó la botella sobre la mesa plegable.

—Entonces —dijo—, ¿me invita a una pausa?

No fue una invitación con palabras claras, pero tampoco una duda. Fue una pregunta hecha con el cuerpo, con la mirada, con la forma en que su pulgar rozó el cuello de cristal antes de soltarlo.

Daniel no respondió con sí o no. Se puso de pie. No rápido, no lento. Con la seguridad de quien sabe que cada paso cuenta. Tomó la botella con ambas manos, como si fuera algo frágil. Y, sin alejarse, dijo:

—Solo si me deja ver cómo se muerde el labio cuando no está segura.

Ella rió, baja, sin taparse la boca. Y esta vez sí lo hizo: volvió a morderse el labio, con los ojos clavados en los suyos.

Él abrió la botella. Volcó dos dedales de vino en los vasos de plástico que la azafata les había traído minutos antes. Le entregó uno. Ella lo tomó, y sus dedos se rozaron. No fue un roce accidental. Fue un puente que se construyó en un segundo.

—¿De dónde es usted? —preguntó Clara.

—De Cali. Pero crecí en Bucaramanga. Y ahora vivo en Bogotá, donde los edificios me pagan el alquiler.

—¿Y qué hace cuando no está diseñando cajas de concreto?

—Escucho. A veces escribo poemas que nunca mando a nadie. Y aprendo a dejar espacio.

—¿Espacio para qué?

—Para que el otro se sienta dueño del silencio.

Clara bebió un trago. El vino era áspero, pero dulce al final. Sintió el calor subirle por el cuello, como una ola que no sabía si detener.

—Yo también escribo. Pero no tengo miedo a mandarlo.

—Entonces es más valiente que yo.

—No. Solo soy más joven.

Daniel se inclinó ligeramente hacia adelante. Ya no había distancia entre ellos. Solo el espacio del asiento, los cristales empañados, el vaivén del tren.

—La edad no da valor —dijo—. La edad da quietud. Y la quietud… es lo que permite escuchar cuando alguien quiere que lo toquen.

Clara no apartó la mirada. Su respiración se había vuelto más profunda, más lenta, como si el aire en el compartimento hubiera cambiado de densidad. Él extendió la mano, lentamente, como si temiera que el movimiento la asustara. Su dedo índice rozó la comisura de su labio, borrando la marca de la mordedura. Fue un gesto tan suave que ella cerró los ojos por un instante.

—¿Te importa si sigo?

—No —susurró ella—. Sigo.

Él sonrió. Esta vez, la sonrisa le llegó a los ojos. Y entonces, con la mano aún en su rostro, le preguntó:

—¿Sigue con el jazz?

—Con él —dijo Clara.

Y cuando él acercó su boca a la suya, no fue con urgencia. Fue con precisión. Fue con calma. Fue con la certeza de que cada segundo contaba, y que el más largo de todos era el que precedía al primer beso.

Fue un beso lento, húmedo, con la sal del vino y la ternura de algo que aún no había empezado, pero que ya sabía cómo terminar.

Fuera, la lluvia se volvió más fuerte. El tren continuó su camino. Y en el compartimento de primera clase, donde solo existía el vaivén y el silencio roto por respiraciones entrecortadas, dos cuerpos se acercaron, no por necesidad, sino por elección. Por pausa. Por latido.

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