Lo que pasó en el taller de cerámica

Lo que pasó en el taller de cerámica

@renata_sol ·6 de junio de 2026 · ★ 4.0 (13) · 12 lecturas · 6 min de lectura

Yo tenía veintitrés y él, cincuenta y uno. Sí, lo conté dos veces cuando me lo presentaron —ella, Clara, la dueña del taller, me lo presentó como “un maestro ceramista que lleva cuarenta años con las manos en la arcilla”—, y yo, con mi sonrisa torpe y mi celular ya metido en el bolsillo trasero como si fuera a grabar una clase magistral, solo pude pensar: *cincuenta y uno. Diós mío, cincuenta y uno.*

Era un viernes a las siete de la tarde, y el taller de cerámica estaba vacío salvo por nosotras: Clara, yo —su ayudante voluntaria para la clase de iniciación— y él, que llegaba tarde por primera vez. No es que me hubiera interesado nadie más. Lo mío con el taller era pura casualidad: quería desestresarme después del examen final de maestría, y Clara —que había sido profesora de mi tesis— me recomendó “algo manual, algo lento, algo que no tenga pantallas”. Y ahí estaba: un local en el barrio de Roma Norte, paredes de ladrillo visto, olor a tierra húmeda y esencia de jazmín, y él, sentado al final de la mesa con una taza de café humeante y los codos apoyados, mirando cómo deshacía una pieza mal cocida con la punta de los dedos.

—Renata —me dijo Clara—, este es Daniel.

Se puso de pie con una lentitud que no era torpe, sino deliberada. Como si cada movimiento hubiera sido ensayado mil veces, con precisión y sin prisa. Tenía el pelo cano, no blanco, sino gris plateado, recortado muy corto, y una barba bien cuidada que le marcaba un mentón firme. Los ojos eran marrones, intensos, con arrugas de risa en las esquinas que no contradecían su mirada seria, sino que la complementaban, como si la seriedad también pudiera tener humor.

—Hola —dije, y mi voz sonó más aguda de lo que pretendía.

—Hola, Renata —respondió, y su voz era grave, ronca, como si hubiera estado hablando toda la tarde y aún le quedaran palabras por soltar—. Clara me dijo que estás estudiando literatura.

—Sí. Tesis sobre la erotología en la narrativa mexicana del siglo XX.

Clara se rió. —Ah, claro. Y ahora vienes a hacer puros vasos torcidos.

—Exacto —dije, y me ruboricé.

Daniel me miró sin sonreír, pero con los ojos levemente entreabiertos, como si estuviera evaluando algo. Y luego, sin más preámbulo: —¿Y qué te hace pensar que la erotología y la cerámica no tienen algo en común?

—¿En común?

—Sí. Ambas son formas de dar forma a lo que está dentro. De modelar lo que no cabe en las palabras. O en las prendas. O en la mente. —Se levantó y se acercó a la rueda de alfarero, más bien a la que no estaba en uso. La puso en marcha con un gesto rápido, y la taza de café que tenía cerca tembló ligeramente, pero no se derramó. —Mira —dijo, y me tendió la mano—. Ven.

No dudé. Me levanté, caminé hasta él, y puse mi mano en la suya. Tenía las palmas gruesas, callosas en los nudillos y en las yemas de los dedos, pero la piel suave en el dorso. Y cálida. Mucho.

—Ahora —me susurró—, cierra los ojos.

Lo hice. Me sentí inmediatamente vulnerable, como si al cerrar los párpados me hubiera despojado de la última capa de seguridad que me quedaba: mis palabras, mis ideas, mi intelecto. Solo quedaba mi cuerpo, y su presencia.

—Pon tus manos sobre las mías. así.

Lo hice. Sus manos envolvieron las mías, no con fuerza, pero con una seguridad que no permitía dudas. Sus dedos se entrelazaron con los míos, y su pecho casi rozó mi espalda. Sentí el calor de su respiración en mi nuca, una exhalación lenta, como si estuviera conteniéndose. O como si estuviera midiendo el ritmo de mi pulso.

—Ahora siente —dijo.

Y lo hice. Sentí la textura de sus dedos, la粗粗 del callo en su índice derecho, el leve temblor de sus articulaciones al moverse con la rueda. Sentí la vibración de la arcilla que él mismo había amasado, que ahora giraba en silencio, y que yo no tocaría hasta que él lo permitiera.

—¿Sientes la resistencia? —me preguntó al oído, y su voz era un susurro que me recorrió la columna vertebral.

—Sí.

—No la domines. No la fuerces. Solo siente. Guíala. Ella te guía a ti.

Y entonces, sin esperarlo, sin que yo le diera permiso, él se inclinó y me besó el cuello, justo debajo de la oreja. No fue un beso apasionado. Fue un roce. Un sello. Un *ya sé lo que estás pensando*.

Me temblaron las rodillas.

—¿Estás bien? —preguntó, sin soltarme, sin alejarse.

—Sí —mentí—. Sí, claro.

—Mentiste —dijo, y por fin se alejó, pero solo lo suficiente para mirarme a los ojos—. Lo noté. Te tiembla el labio inferior.

—Es que… —No supe qué responder.

—Es normal —dijo, y ahora sí sonrió, una sonrisa pequeña, lenta, como si hubiera estado esperando ese momento toda la semana—. Cuando alguien te toca por primera vez con intención, tu cuerpo lo sabe antes que tu mente.

Clara se acercó. —¿Todo bien por aquí?

—Sí —dije—. Sí, todo.

—Daniel, ¿le mostraste ya cómo se centra la arcilla?

—Ya —dijo él, y me devolvió la mano, pero no la soltó del todo. Sólo la mantuvo en suave contacto, con el pulgar rozando lentamente el borde de mi pulgar.

—Bueno —dijo Clara, y se fue—. Yo sigo con las piezas del taller.

Y quedamos solos.

Él me guió de nuevo a la rueda. Esta vez no me pidió que cerrara los ojos. Me pidió que lo hiciera con los ojos abiertos.

—Ahora —dijo—, no me mires. Mira la arcilla.

Lo hice. La arcilla era gris, húmeda, fría al tacto —aunque enseguida se calentó con el roce de mis manos—. Él me ayudaba con su peso, con la presión de sus muslos contra mis caderas cuando se acercaba para corregir mi postura. Me decía: “Así. Más suave. No con los dedos, con el codo. Con el cuerpo entero”.

Y mientras giraba la rueda, mientras modelábamos juntos un vaso simple, una taza sencilla, él me hablaba de sus manos, de sus años, de cómo había aprendido a escuchar la arcilla antes que a hablarle.

—Cuando tienes veinte años, todo es golpe, fuerza, velocidad —dijo—. A los cincuenta, descubres que la ternura también modela. Que la paciencia tiene forma.

—¿Y qué forma tiene la tuya? —pregunté, sin poder evitarlo.

Él dejó de moverse. Me miró. Y entonces, por primera vez, me dijo mi nombre sin rodeos, sin titubeos:

—Renata.

Y me besó. No en el cuello. Esta vez, en los labios.

Fue breve. Corto. Pero no inocente. Fue un beso que sabía a café, a arcilla, a sal. Un beso que no pedía permiso, porque ya lo tenía. Un beso que decía: *ahora que ya te he mostrado cómo funciona esto, ahora que ya sabes cómo se siente la arcilla en tus manos… quieres seguir?*

Así que le dije que sí. Le dije que sí con un movimiento de cabeza, con la mano que aún no se había retirado de la suya, con el hecho de no soltar su muñeca cuando él se apartó.

—Entonces —dijo—. Vamos a terminar esta taza.

Y seguimos. Yo, con mis veintitrés años de juventud nerviosa. Él, con sus cincuenta y uno de experiencia silenciosa. Y entre nosotras, la arcilla, que giraba, que se calentaba, que tomaba forma —y que, por primera vez, no era solo tierra.

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