El café se enfría, pero el tiempo se acelera
3 minEl café se enfría, pero el tiempo se acelera
Yo era veintitrés, con la curiosidad aún fresca como leche recién vertida, y él, Mateo, cincuenta y uno, con la calma de quien ha aprendido a escuchar entre silencios. Nos conocimos en una librería pequeña, en una esquina de la ciudad donde el tiempo parecía haberse quedado a tomar un té. Él hojeaba un libro de poesía de Nicanor Parra, con los dedos lentos, casi reverentes, y yo, por pura casualidad —o no—, me acerqué a la mesa donde lo había dejado caer un bolígrafo.
—Perdón —dije, extendiéndoselo—. Creo que lo perdió.
levantó la vista, y sus ojos, grises como el cielo antes de la lluvia, se detuvieron en mí sin apuro. No sonrió, pero su expresión suavizó la arruga entre las cejas.
—Gracias. A veces, uno deja caer más que bolígrafos.
Hubo una pausa. Una de esas que no se llenan con palabras innecesarias. Yo, con el corazón un poco más acelerado, le pregunté si también le gustaba Parra.
—Me gusta cómo dice lo que otros callan —respondió, y por primera vez, su voz tuvo un tono casi íntimo, como si me lo confesara entre dientes—. A tu edad, ¿ya sabes qué callas?
No respondí enseguida. Lo miré fijamente, no con temor, sino con la curiosidad que nace cuando alguien te pregunta algo que ni tú sabías que necesitabas escuchar.
—A veces lo que callamos es lo que más duele en silencio —dije, y me sorprendí de que saliera tan claro.
Mateo asintió, lento, como si guardara cada palabra en un cajón especial. Me ofreció sentarme un momento, y acepté. Hablamos de libros, de viajes, de música que no escuchaba nadie más. Él no intentaba impresionar. Solo estaba. Y eso, para alguien tan joven, era una especie de seducción silenciosa.
Cuando me levanté para irme, me tendió su tarjeta.
—Si algún día quieres hablar de poesía, de callar o de lo que sea —dijo—, aquí estaré.
No la guardé en la billetera. La llevé a casa y la puse sobre la mesita de noche, junto a un vaso medio vacío de agua. Por días, la miré. Hasta que, una noche de luna menguante, llamé.
Él no me preguntó si estaba segura. Solo dijo: “Vendré en quince minutos. Puedes tomar un té mientras esperas. Yo traeré el azúcar”.
El té estaba servido cuando llegó. Dos tazas, una para cada uno. Él se quitó la chaqueta con calma, desabotonó las mangas hasta los codos, y se sentó frente a mí. No hubo besos al instante, ni manos que se perdieran entre cabellos. Solo sus ojos recorriendo los míos, y la forma en que su pulgar rozó el borde de la taza antes de tomar un sorbo.
—¿Tienes miedo? —preguntó, sin mirarme directamente.
—No —mentí, y él sonrió, esta vez de verdad.
—Bueno —dijo, y por primera vez me llamó por mi nombre—, entonces quédate un rato más.
Se levantó, lentamente, y se acercó. No me tocó hasta que yo misma tendí la mano y puse la palma sobre su pecho. Sentí el latido, firme, sin prisas. Como si el tiempo no nos hubiera llamado para nada, salvo para que nos encontráramos justo cuando ambos estábamos listos.
—Eres muy joven —susurró—. Y yo ya no tengo prisa.
—Tampoco yo —respondí.
Y entonces, su mano subió hasta mi mejilla, y por fin, su pulgar rozó mi labio inferior. No fue un beso. Fue una promesa. Un adiós a la inocencia, pero no un adiós triste. Más bien, como cuando el café se enfría… y de pronto, descubres que tiene más sabor así.
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