Lo que pasó en la casa de verano
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La puerta de madera rara vez chirriaba en verano. El calor lo aplastaba todo: las hojas de los árboles, el asfalto, incluso el tiempo. Pero esa tarde, mientras la brisa entraba por la ventana entreabierta de la casa de verano de su tío, Lucía sintió que algo se deslizaba suavemente por su columna, como si la propia casa la reconociera por primera vez. Tenía veintitrés años, piel dorada por el sol reciente, cabello castaño oscuro recogido en un nudo desordenado, y ojos verdes que siempre parecían más intensos bajo la luz del atardecer.
Carlos estaba sentado en el sofá de cuero gastado, con la camisa abierta hasta el ombligo, los antebrazos cubiertos de vello canoso descansando sobre sus muslos. A cincuenta y un años, su cuerpo aún guardaba la sólida estructura de un hombre que había corrido más que una vez en su vida: espalda ancha, pecho macizo, vientre plano pero marcado por la experiencia, no por el ejercicio. Sus manos, grandes y nervudas, jugueteaban con el borde de una copa de vino ya vacía. Tenía la barba bien recortada, las sienes teñidas con un tinte casi imperceptible, y una cicatriz en la ceja izquierda que Lucía siempre le había preguntado, sin atreverse a insinuar demasiado, si venía de una pelea o de un accidente. Él nunca respondía con claridad.
—¿Otra copa? —preguntó él, sin mirarla directo. Su voz era grave, ronca como el tráfico nocturno en una carretera vacía.
—Sí —respondió Lucía, y se acercó. Se sentó a su lado, no muy cerca, pero lo suficiente como para que él sintiera el calor de su muslo, el leve movimiento de su pecho al respirar. Ella había vestido un vestido sencillo de tirantes, de algodón blanco, que dejaba al descubierto los hombros y la espalda. Cuando se inclinó para coger la botella, Carlos vio la curva de su cintura, la suave salida de sus caderas, y sintió cómo su cuerpo reaccionaba sin pedir permiso: los testículos se le contrajeron, la entrepierna se le humedeció contra el tejido del pantalón.
—Te quedó bien ese color —dijo él, por fin mirándola—. El sol te sienta como la miel.
Ella sonrió, lenta, sabiendo que él la estaba observando. Sabía que él siempre la había observado, aunque antes había sido con la distancia respetuosa de un hombre mayor que respetaba la juventud. Pero esa noche, en la casa vacía, sin testigos ni responsabilidades, algo había cambiado. Ella lo había notado desde que llegó: la forma en que sus ojos se detenían en sus labios cuando hablaba, en su cuello cuando se volvía, en sus piernas cuando caminaba hacia la cocina.
—¿Y tú? —preguntó Lucía, acercando la copa a sus labios—. ¿Sigues tomando el vino solo?
—Depende —respondió él, con una sonrisa que no era del todo inocente—. ¿Me acompañas?
Ella no respondió con palabras. Se puso de pie, dejó la copa sobre la mesa auxiliar, y se acercó hasta él. Se arrodilló frente al sofá, entre sus piernas. Carlos no se movió. Solo la miró, con los ojos entreabiertos, la respiración más lenta, más profunda. Ella extendió una mano y desabrochó la primera botón de su camisa. Luego el segundo. El tercero. Al bajarle la tela, sus pezones, ya endurecidos, rozaron suavemente la palma de Lucía. Ella exhaló, lento, y bajó la mano hasta el borde de su cinturón.
—¿Me dejas? —preguntó, sin dejar de mirarlo a los ojos.
Carlos no respondió. Solo asintió, con la mandíbula tensa, los dedos apretados sobre el brazo del sofá. Ella se inclinó, soltó el cierre de su pantalón, y bajó la cremallera con lentitud, deliberadamente. La tela se abrió, y allí estaba: su polla, ya hinchada, pesada, cubierta por una fina capa de vello oscuro. El glande, rojo y brillante, pulsaba suavemente, como si latiera al unísono con su corazón.
Lucía puso una mano sobre él, sintiendo el calor que emanaba, la dureza que se contraía ligeramente bajo su tacto. Lo sujetó con suavidad, con la palma abierta, los dedos rozando su base, mientras con el pulgar frotaba lentamente el glande, recogiendo un poco de líquido preseminal que ya se había acumulado en la abertura. Carlos soltó un suspiro, profundo, que terminó en un grito contenido.
—Maldita sea… —murmuró, cerrando los ojos.
Ella no se apresuró. Bajó la cabeza, pero no lo tomó en la boca aún. En cambio, rozó sus labios con la punta de su nariz, después con la punta de su lengua, lamiendo el fondo del prepucio, saboreando su salinidad, su olor a hombre maduro, a sudor y tabaco y vino tinto. Carlos gimió, esta vez sin contenerse, y movió las caderas, ofreciéndose.
Lucía sonrió contra su piel y abrió la boca. Lo envolvió en su interior en un solo movimiento fluido, desde la base hasta la cabeza, hasta que su mentón rozó sus testículos, ya completamente colgantes. Sintió cómo se estremecía bajo sus manos, cómo sus dedos se crispaban sobre el cuero del sofá. Empezó a moverse, lento, con una succión suave, luego más fuerte, más profunda. Con cada ida y vuelta, su mano acariciaba el cuerpo del hombre, subiendo por sus muslos, bajando por su abdomen, rozando sus pezones otra vez.
Carlos la tomó de la nuca, con cuidado, pero con firmeza.
—Basta… —dijo, con la voz rota—. No puedo más.
Ella lo soltó con un chupetín, levantó la vista, con los ojos húmedos, los labios brillantes, y lo miró fijamente.
—¿Quieres que te chupe hasta que grites? —preguntó, sin vergüenza, con una sonrisa traviesa y peligrosa—. ¿O prefieres que te monte?
Carlos no dudó. La tiró suavemente hacia atrás, sobre el sofá, y se colocó sobre ella, apoyándose en los codos. Se deshizo del resto de la ropa, lanzó la camisa y los calcetines al suelo sin mirarlos. Se inclinó, y con la mano derecha separó los labios de su vulva, revelando su clítoris, ya hinchado, eréctil, brillante con su propia humedad. Lucía gimió al sentir el aire frío contra su piel, y luego su dedo índice, grueso y cálido, que entró dentro de ella, hundido hasta la primera falange.
—Estás mojada… —dijo él, mirándola—. Tantos años, Lucía… tantos años de mirarte y no tocarte.
Ella arqueó la espalda, intentando llevarse su dedo más adentro.
—Y ahora lo haces… —susurró—. Ahora sí.
Él añadió un segundo dedo, abriéndola con cuidado, estirando su virginidad emocional más que física. La tocaba con la palma plana, presionando contra su pared frontal, buscando su punto sensible, su punto G. Lucía soltó un gemido largo, agudo, que se transformó en una risa nerviosa cuando él añadió el pulgar, presionándolo contra su clítoris.
—Sí… sí… —repitió, mientras el dedo de él la estimulaba con movimientos circulares, y ella sentía cómo su cuerpo se tensaba, cómo el placer ascendía, rápido, inevitable.
Carlos se retiró, se colocó entre sus piernas, levantó una de sus rodillas y la apoyó sobre su hombro. Apuntó con la punta de su polla a su entrada, rozando su clítoris una última vez antes de empujar.
La penetra con un solo movimiento profundo, hasta la raíz, hasta que sus testículos rozaron su clítoris hinchado. Lucía gritó, una mezcla de dolor y placer, y lo abrazó con fuerza, clavando las uñas en su espalda.
—Dime que me quieres —le pidió él, entre dientes, mientras empezaba a moverse, lento, controlado, como si cada estocada fuera una oración.
—Te quiero —gimió ella—. Te quiero, Carlos… más de lo que debiera.
Él aceleró. Las caderas de él chocaban con fuerza contra las suyas, su polla golpeaba su punto más sensible, su clítoris rozaba con cada movimiento. Lucía sentía cómo su cuerpo se abría, cómo su vagina se contraía alrededor de él, calentándolo, necesitándolo. Se mordió el labio para no gritar demasiado, pero no pudo evitarlo: cuando él se inclinó, mordió su hombro, y ella soltó un grito ahogado que sonó como una canción.
—Voy a correr… —murmuró él, con la voz rota—. Estoy a punto.
Ella lo sintió: cómo su polla se hincha más, cómo sus testículos se elevan, cómo su
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