Lo que pasó en el bar de la esquina
10 minLo que pasó en el bar de la esquina
La luz del bar La Sombra —un nombre irónico, porque nada tenía de oscuro— se filtraba por las rendijas de las persianas bajadas a media altura, como si el lugar quisiera mantener cierto misterio, aunque solo fuera por decorado. Era jueves, noche de karaoke en el bar de la esquina del barrio La Candelaria, en Bogotá, y aunque no era un lugar de salida elegante, tenía una clientela fija que lo apreciaba por su autenticidad: cafeteros jubilados, parejas de adultos con hijos grandes ya fuera de casa, y algunos solterones de los que ya no se sorprenden con nada, pero tampoco corren riesgos. Sin embargo, esa noche, una presencia inusual entró como una brisa fresca entre el humo del cigarro de Don Armando y el olor aArepa de huevo que flotaba cerca del bar.
Ella se llamaba Lucía. Tenía veintitrés años, cabello negro largo, ondulado naturalmente, y una mirada que decía: *ya me he ido de casa, pero no me he encontrado todavía*. Vestía un vestido ajustado hasta la cintura, color vino tinto, con un escote modesto pero inteligente: suficiente para que notaran, pero no tanto como para que le quitaran seriedad. Sus tacones altos, de cuero negro, golpeaban suavemente el suelo de madera, como si no quisiera llamar la atención… aunque eso era imposible. Entró sola, con un bolso de mano pequeño y una sonrisa tímida que se le congeló apenas cruzó el umbral.
—¿Tomás una mesa o el bar? —preguntó el barman, un tipo de cincuenta y tantos, con camisa a cuadros y una barba que parecía haberse criado ahí mismo.
—El bar, por favor —dijo ella, y se sentó en el segundo banco, dejando un asiento vacío entre ella y el único otro cliente sentado en la barra.
Ese cliente era Daniel.
Tenía cuarenta y ocho años, pero se le notaban menos. Tal vez por la forma en que caminaba, erguido pero sin pretensiones, o por la sonrisa que tenía siempre a punto, como si estuviera esperando una buena broma. Llevaba una camisa blanca, manga rollada hasta los codos, y un reloj de pulso antiguo, de plata, que brillaba con la luz tenue. En sus ojos, un brillo que no era solo el de la cerveza que tenía frente a él: era de alguien que había vivido, y que sabía qué hacer con lo que había vivido.
Lucía pidió una cerveza. La trajo el barman, le dejó la copa sobre una servilleta doblada, y se retiró para atender a Don Armando, que ya le estaba pidiendo su segundo aguardiente del día.
Daniel no la miró de inmediato. Tomó un trago de su cerveza, lento, con la mirada perdida en el televisor que mostraba un partido de fútbol que ya iba perdiendo su equipo. Pero cuando Lucía apoyó su mentón en la mano, con el codo sobre la barra, él volvió la cabeza. No con descaro, ni con urgencia. Solo con interés. Como si hubiera notado algo en su postura, en la forma en que su cabello le caía sobre el hombro derecho, en el modo en que su uña se mordisqueaba, sin miedo, como si estuviera probando si aún recordaba cómo hacerlo.
—¿Eres nueva por aquí? —preguntó, sin mirarla directamente, como si la pregunta fuera casual, casi accidental.
Ella se giró, un poco sorprendida de que le hablara. Su mirada lo recorrió con calma. Él no era guapo en el sentido tradicional. Tenía el rostro marcado por el tiempo, con líneas finas alrededor de los ojos y una barba bien recortada que no alcanzaba a esconder el brillo de su mandíbula. Pero había algo en él, una quietud, una seguridad que lo hacía… *rico*.
—Sí —respondió, y sonrió—. Me mudé hace dos semanas. En el edificio nuevo, de la calle 13 con 7.
—Ah —dijo él, y asintió—. Ese sí que no lo conozco. Soy de los viejos edificios, los que ya no cambian de dueño ni se suben de precio.
Ella rió, suave, con la cabeza un poco inclinada, como si le gustara su tono.
—¿Y cuánto tiempo llevas viniendo aquí? —preguntó ella.
—Diez años. A veces tres veces por semana. A veces… menos. Depende de la suerte —respondió, y se encogió de hombros—. Y tú, ¿ya estuviste alguna vez en La Sombra?
—Nunca. Me dijo una amiga que era un lugar… raro, pero con buena onda.
—Raro es relativo. Hoy no hay más que viejos como yo y parejas que ya no se hablan —dijo, y le entregó su servilleta—. ¿Quieres una más? Me parece que tu cerveza se está terminando.
—Sí, gracias —dijo ella—. Y me llamo Lucía.
—Daniel. —Le tendió la mano, y ella la tomó con una firmeza inesperada para alguien tan joven.
La mano de Daniel era grande, áspera en las palmas pero con los dedos delicados. Tenía un anillo sencillo de plata, con una piedra oscura que brillaba apenas. Ella lo miró un segundo, pero no preguntó. Él tampoco insistió.
La segunda cerveza llegó. Esta vez, la dejaron sobre la barra sin servilleta. El silencio no fue incómodo. Fue como si hubieran pasado una tarde juntos, sin prisa, sin urgencia, como si el tiempo fuera algo que podían prender y apagar según les convenciera.
—¿Trabajas cerca? —preguntó él.
—Sí. En una librería pequeña, de la carrera 7. Vendo libros. Pero a veces también hago traducciones. Para libros viejos, sobre todo. Los que ya nadie lee, pero que tienen algo dentro.
—¿Qué clase de libros?
—Poesía. Narrativa de los años sesenta. Cosas de antes de que existiera internet —dijo, y lo miró—. ¿Te gustan?
—No. Pero me encantaría que me los leas —dijo él, y esa vez, sí, la miró a los ojos.
Lucía se ruborizó, un rojo suave, que le subió desde el cuello hasta las orejas. Pero no bajó la vista. Se quedó con él, con esa mirada directa, sin huir.
—¿Te gusta leer?
—Sí. Pero más me gusta leer en voz alta. A veces, cuando no duermo, leo en voz alta. No por nadie. Solo porque el sonido de las palabras, cuando salen de la boca, se vuelven otra cosa.
—¿Qué lees?
—Lo que aparece. A veces poesía. A veces novelas viejas. A veces… no sé. Cosas que encuentro en la librería del barrio.
—¿Cuál fue la última que leíste?
—*El ruido de las cosas al caer*, de Juan Gabriel Vásquez. Te lo digo porque me llamó la atención que el protagonista, cuando escucha una voz femenina, dice que “es como escuchar el sonido de algo que ya se rompió, pero que aún está intacto”. Me pareció… bueno, un poco triste, sí. Pero hermoso.
—¿Y tú? ¿Qué leíste tú?
—*La mujer que escribió el mundo*, de Julia Alvarez. Pero no la terminé.
—¿Por qué?
—Porque me dio miedo —dijo ella, y se mordió el labio—. Porque me dio miedo lo que decía. Lo que decía de las mujeres que se quedan calladas, que se esconden, que se olvidan.
—¿Y qué dice de las que no lo hacen?
—Dice que… que esas son las que duermen con los ojos abiertos.
Daniel la miró un largo momento. Luego, tomó su vaso, lo giró en la mano, y lo dejó sobre la barra con un golpe seco.
—¿Sabes qué es lo peor de los libros viejos? —preguntó.
—No.
—Que muchas veces se leen como si fueran historia. Como si fueran algo que ya pasó. Pero no. La historia no se acaba. Solo cambia de piel.
—Entonces… ¿qué es lo que cambia?
—Las personas.
Ella asintió, lento. Como si lo estuviera entendiendo por primera vez.
—¿Tú crees que cambiamos mucho, Daniel?
—Sí —respondió él—. Pero no por lo que vivimos. Por lo que *decidimos* no vivir.
La música del karaoke subió de volumen, y una voz aguda de mujer empezó a cantar una balada de los noventa. El bar, que hasta entonces había estado tranquilo, empezó a moverse un poco más. Algunas personas se levantaron, otras se acercaron.
Daniel se volvió hacia Lucía y, por primera vez, le tocó la mano. No con crudeza, ni con urgencia. Solo la rozó con el pulgar, sobre el borde de la barra, como si estuviera comprobando algo.
—¿Te gustaría salir de aquí? —preguntó—. No a otro bar. A un lugar donde no haya música. Donde podamos… hablar.
Ella lo miró. No dudó. No se mordió el labio. Solo asintió, y le devolvió la sonrisa.
—Sí —dijo—. Me encantaría.
—Entonces, vamos.
Se levantaron a la vez. Él dejó el dinero sobre la barra, sin esperar cambio. Ella se puso su blazer ligero, y lo siguió hacia la puerta.
Afuera, el aire de Bogotá estaba fresco, con ese olor a tierra mojada y humo de leña que solo tiene la noche en la ciudad. La luna estaba alta, redonda, y casi perfecta. No llovía, pero la calle estaba húmeda.
Daniel caminaba sin prisa, con las manos en los bolsillos. Ella lo seguía, no porque no supiera por dónde iban, sino porque le gustaba ver cómo se movía. Con seguridad. Con calma. Como si supiera exactamente adónde iba.
—¿Vives cerca? —preguntó Lucía.
—Sí. A cinco minutos. Un depto pequeño, en el quinto piso. No tiene balcón. Solo una ventana que da a los árboles de la universidad.
—¿Y qué haces ahí?
—Leo. Dibujo. A veces escribo. Pero sobre todo… espero.
—¿Esperas?
—Sí. Espero que algo cambie.
Ella no respondió. Solo siguió caminando, con los tacones haciendo ese sonido suave sobre el pavimento. Cuando llegaron al edificio, él sacó las llaves, abrió la puerta, y la dejó pasar primero.
El depto era pequeño, sí. Pero limpio. Con muebles viejos pero cuidados, con libros en todas las paredes, con una mesa baja de madera oscura y un sofá de cuero que ya había visto décadas. En una esquina, una lámpara de pie emitía una luz cálida, suave.
—Pasemos al living —dijo él, y cerró la puerta.
Ella se quitó el blazer, lo colgó en una silla, y se sentó en el borde del sofá. Él se quedó de pie, con las manos en los bolsillos.
—¿Quieres algo más? —preguntó—. Café? Agua? Nada?
—Nada —dijo ella.
Él asintió, y se sentó a su lado. No muy cerca. Pero tampoco lejos.
—¿Por qué viniste conmigo? —preguntó.
—Porque me miraste como si me conocieras —dijo ella—. Y porque… me gustó que no intentaras convencerme de nada.
—¿Y qué esperas ahora?
—No lo sé. Tal vez… que me cuentes algo que nadie más sabe.
Daniel tomó aire, lento. Luego, se inclinó hacia adelante, con los codos en las rodillas, y la miró de frente.
—Cuando tenía treinta y cinco años, tuve una hija. Se llamaba Sofía. Tuvo solo dos años. Murió de una neumonía. Fue en Cali. Yo no estaba en casa cuando pasó. Y cuando llegué, ya era tarde.
Ella no dijo nada. Solo lo miró. Con respeto. Con ternura.
—¿Por qué me lo cuentas? —preguntó.
—Porque me di cuenta de que si no lo digo, no puedo seguir. Porque ya no quiero ser el hombre que se queda callado. Porque… tú me miras como si pudiera decirlo.
Lucía se puso de pie, lentamente. Se acercó a él, sin apuro. Lo miró a los ojos, y luego bajó la vista, un poco, como si estuviera calculando si era seguro.
—¿Puedo tocarte? —preguntó.
Él no respondió con palabras. Solo asintió, y abrió las manos, como si le ofreciera su propia piel.
Ella colocó las yemas de los dedos sobre su pecho, sobre la camisa blanca. Sintió el latido, fuerte, constante. Luego, subió la mano, lentamente, hasta su cuello, y dejó la palma contra su mejilla.
—¿Tú quieres esto? —preguntó.
—Sí —respondió él—. Quiero esto. Quiero sentir que algo sigue intacto.
Ella se acercó, y lo besó.
No fue un beso urgente. No fue un beso de quien quiere correr. Fue un beso lento, profundo, como si estuviera probando el sabor de algo que llevaba mucho tiempo esperando. Sus labios eran suaves, pero firmes. Y cuando ella abrió la boca, él la dejó entrar. No con dominio, sino con respeto. Con curiosidad.
Lucía se apoyó en él, y él la tomó por la cintura, con una sola mano. No apretó. Solo la sostuvo.
—Estás rico —le susurró al oído.
—Y tú… eres una niña que sabe más de lo que dice —respondió él.
—No soy niña —dijo ella, y lo miró—. Soy mujer. Y tú… eres un hombre que aún sabe lo que quiere.
Él sonrió, lento.
—No todo. Pero lo suficiente.
Lucía se giró, y se puso de rodillas frente a él. No con sumisión. Con intención.
—¿Puedo? —preguntó.
—Sí —dijo él
¿Te ha gustado? Valóralo