Lo que pasó en la librería de mi viejo
7 minLo que pasó en la librería de mi viejo
Tenía veintitrés y él, cincuenta y uno. Una diferencia que, al principio, solo notaba en el número: un hueco entre generaciones, entre ritmos, entre maneras de mirar el mundo. Yo trabajaba en la librería que mi viejo había abierto hacía treinta años, esa que huele a papel envejecido, café frío y polvo dorado que se queda quieto en los estantes. Él entró un martes de lluvia fina, con el pelo cano peinado hacia atrás, la camisa blanca abierta hasta el segundo botón y una bolsa de papel marrón que olía a tabaco y cuero viejo. Se presentó como Daniel, dijo que andaba buscando un libro de poesía de Benedetti —el de *Élegos*, specifically— y que, a sus cincuenta y uno, aún le costaba encontrar ediciones que no estén en digital.
Yo lo miré mientras hojeaba el primer ejemplar que le mostré. No por su edad —aunque sí la noté, claro—, sino por la forma en que sus dedos rozaban las páginas: lentos, seguros, como si temieran romper algo que aún no entendía del todo. Tenía las uñas cortas, limpias, un anillo de plata con un ópalo oscuro en el índice izquierdo. Cuando me preguntó si también leía Benedetti, le dije que sí, que lo había leído con mi viejo cuando era chiquita. Me escuchó sin interrumpir, sin sonreír con esa compasión que a veces usan los mayores con los jóvenes. Solo escuchó. Y eso ya me hizo sentir más vieja de lo que era.
—¿Y vos? —le pregunté, bajando la voz como si el silencio entre nosotros fuera algo frágil—. ¿También leías poesía cuando tenías veintitrés?
Se detuvo. Miró afuera, donde la lluvia se arrastraba por el vidrio como lágrimas lentas. Cuando volvió a mí, sus ojos tenían algo que no pude nombrar: una luz apagada, sí, pero intensa.
—A los veintitrés, yo ya había jodido bastante. Y también había perdido mucho. —Se inclinó, casi en un gesto de confidencia, y el olor a madera y tabaco oscuro le subió hasta mi nariz—. La poesía me salvó de escribir cartas que nadie iba a leer.
Esa noche, cuando cerramos, él me ofreció llevarme a casa. Dijo que la lluvia no cesaría antes de la madrugada, y que la línea de colectivo que yo tomaba quedaba lejos. Yo le dije que no hacía falta, pero él ya estaba afuera, con el paraguas abierto y la manoextendida, como si ya supiera que no iba a negarme.
—Vení, Camila —dijo, usando mi nombre como si lo hubiera probado antes—. No es que te esté obligando. Es que me gustaría saber si realmente leés Benedetti, o si lo decís por cortesía.
Subí al auto. Un Toyota viejo, de cuero gris desgastado, con un olor a tabaco que ya no me fastidiaba. Me senté derecha, con las manos sobre las rodillas, sintiendo el calor de su muslo apenas a un centímetro del mío. Cuando arrancó, la primera curva me obligó a agarrarme del borde del asiento. Él me miró de reojo y soltó una risa baja, casi un gruñido.
—¿Tenés miedo?
—No. Solo que vos manejás como si estuvieras huyendo de algo.
—Tal vez lo esté.
No hablamos más hasta que dejamos atrás el centro. El radio sonaba bajo, jazz suave. Él apretó el volumen hasta que desapareció, y el silencio quedó lleno de otras cosas: el roce de la tela de su saco cuando movió el brazo para ajustar el espejo, el leve crujido del asiento cuando se inclinó para prender el calefactor, el modo en que su respiración cambió cuando pasamos frente a la plaza donde, de chiquita, jugaba con mis primos.
—¿Cuándo fue la última vez que te sentiste tan tranquila que no supiste qué hacer con tus manos? —me preguntó, sin mirarme.
Yo lo miré. Sus venas en los dorso de las manos eran como ríos pequeños bajo la piel pálida. Sus pestañas eran largas. Su mandíbula, firme.
—Hoy —dije, y me di cuenta de que era cierto.
Cuando llegamos a mi casa, la lluvia había cesado. La calle olía a tierra mojada y a jazmín. Él se detuvo frente a la puerta, sin bajar del auto.
—¿Querés que suba? —me preguntó. No era una invitación, era una pregunta que ya tenía respuesta —. Solo para tomar un café. Si te parece bien.
—Si te parece bien —le repetí, y le sonreí.
Subimos. Él se sentó en el sofá, con las manos sobre las rodillas, como yo. Yo puse la olla en la cocina, le serví dos tazas de café con leche, lo mismo que mi viejo lo hacía cuando venía alguien a hablar de negocios. Cuando volví, él estaba hojeando una revista vieja que dejé sobre la mesa, una de esas de arte que mi viejo guardaba por si alguien las preguntaba.
—¿Vivís solo? —le pregunté, sentándome frente a él, con las piernas juntas, los codos en los muslos.
—Sí. Hace dos años que mi vieja se fue. —Me miró, y su voz se volvió más grave—. No fue una separación violenta. Fue como una desinflación lenta. De a poco, se fue desarmando.
Yo no dije nada. Solo le tendí la taza. Nuestros dedos se rozaron. Él no la soltó enseguida. Me miró los ojos, y yo sentí algo que no era solo atracción: era como si él me estuviera leyendo, palabra por palabra.
—¿Vos qué hacés cuando te quedás sola? —me preguntó.
—Leo. Escribo. A veces escribo poesía que luego rompo.
—¿Querés que te lea algo? —dijo, y por primera vez su voz tembló, apenas.
No respondí. Me levanté, fui hasta la habitación y volví con un cuaderno de tapa dura, las esquinas redondeadas por tantas manos que lo tocaron antes que la mía. Se lo di. Él lo abrió despacio, como si temiera que se desarmara entre sus dedos. Las primeras hojas estaban en blanco. Pero en la número dieciséis, había una página con mis palabras:
*"No es la edad lo que pesa, es la distancia entre lo que dijiste y lo que callaste. Entre lo que querés y lo que te atrevés a tocar."*
Él me miró, con la taza a medio beber, los ojos oscuros.
—¿Esto lo escribiste vos?
—Sí. Hace un mes. Cuando vine aquí la primera vez.
Él dejó el cuaderno sobre la mesa. Se levantó, lento, como si no estuviera seguro de sus propios movimientos. Se acercó a mí, y cuando estuvo a un palmo, me pasó la mano por el cabello, sin presión, como si lo estuviera midiendo.
—¿Te parece si te miro la cara? —me preguntó.
—Sí.
Me inclinó el mentón hacia arriba, pero sin fuerza. Me besó. No fue un beso de juventud, ni de urgencia. Fue un beso de descubrimiento: la lengua apenas rozó mis labios, como si estuviera probando el sabor de una palabra nueva. Olía a café, a tabaco oscuro, a piel vieja y buena.
Me apretó la cintura con una sola mano, y con la otra me subió la camiseta por el vientre, lento, como si estuviera abriendo un regalo. Cuando me tocó la piel, no fue con ansia, sino con reverencia. Me pasó la palma desde el ombligo hasta la base del pecho, y yo sentí un estremecimiento que empezó en la columna y terminó en la concha, húmeda ya.
—¿Vos sentís tanto como parece? —me susurró al oído.
—Sí —dije, y le apreté la mano sobre la cadera—. Pero no es por vos. Es por cómo me mirás.
Él sonrió, y esta vez sí hubo una risa en sus ojos. Me giró suavemente, me puso la frente contra su pecho, y me envolvió con los brazos, sin presionar. Me sentí pequeña. Protegida. Viva.
—¿Querés que te garche con calma? —me preguntó, con la boca cerca de mi cuello, respirando mi piel como si hubiera estado esperando encontrarla ahí.
—Sí —dije, y le tomé la mano, la puse sobre mi muslo, y la dije—: Acá. Donde siento tu humedad ya.
Él no dijo más. Me arrancó la camiseta, me desabrochó elJean, y cuando me sentó sobre la mesa de centro, con las piernas abiertas y su cuerpo entre ellas, me miró a los ojos mientras me metía un dedo, lento, como si estuviera entrando en un lugar que ya conocía, aunque nunca hubiera estado antes.
—¿Te gusto? —me preguntó.
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