El café humeante de don Rafael
4 minEl café humeante de don Rafael
La primera vez que lo vi con claridad fue un martes a las 6:47 p.m., justo cuando el sol se rendía en el horizonte de Poblado y las sombras se estiraban como dedos ansiosos. Yo, con mis veintitrés años recién cumplidos y el cuerpo aún acostumbrado a la ligereza de la juventud, lo observé desde la barra del *La Esquina*, ese lugar donde los viejos cafeteros y los jóvenes buscando un trago honesto se entrecruzan como vías del tren. Él, con sus cincuenta y un, sentado en el banco de madera, la camisa blanca abierta hasta el pecho, las manos anchas, los ojos que hablaban sin necesidad de palabras.
Me llamó la atención no su fuerza ni su elegancia —aunque tenía ambas—, sino esa calma que parecía haberse tejido con los años, con las caídas y los arreglos a mano. Como si el tiempo no lo hubiera desgastado, sino pulido.
—¿Puedo ofrecerle un café, señorita? —me dijo cuando me acerqué a servirle, con esa voz grave que se mete por los oídos y se queda ahí, quietecita, como el eco de un pensamiento que no quieres soltar.
—Se llama Rafael, si me permite —añadió, sacando una mano de entre las telas del pantalón y dejándola sobre la mesa, palma arriba, como quien ofrece una moneda, no una promesa.
—Yo soy Valentina —dije, y sentí que mi voz se quebraba un poquito, como cuando el café se derrama en la taza.
Pasamos la noche hablando. Él me contó de sus viñedos en Jamundí, de la muerte de su esposa hace siete años, de cómo aprendió a leer el clima en las hojas de los árboles, de cómo su hijo ya no lo llamaba “papá” sino “Rafa”, como si fuera un amigo de la familia. Yo le hablé de mis estudios de arte, de que pintaba retratos a escondidas en mi cuarto, de que me encantaba el sabor del ron con limón y el sonido de la lluvia en el techo de zinc.
—Usted tiene los ojos de quien aún no decide si quiere ser buena o mala —dijo, jugando con la cucharita de plata que él siempre llevaba en el bolsillo interior de la camisa.
—¿Y usted? —pregunté, sin apartar la vista de sus labios.
—Yo ya decidí hace tiempo —respondió, y sonrió como quien revela un secreto antiguo—. Quiero ser *bueno* contigo. Pero no por lo que hagamos, sino por cómo lo hacemos.
Fue así como, dos semanas después, me invitó a su casa, esa de paredes color tierra y toldos de madera, con el jardín lleno de jazmines que se abrían al atardecer. No hubo besos apresurados, ni manos que se perdieran en la espalda ajena. Todo fue lento, como el goteo del agua en el caño viejo.
Me sentó en la terraza, bajo la luz amarilla de una lámpara de papel, y me sirvió un café —el mismo que me ofreció aquella noche—. Lo tomamos en silencio, con la luna colgada en el cielo como un testigo callado.
—¿Te gustaría que te masajeara los pies? —preguntó, y no hubo en su voz ni súplica ni exigencia, solo una invitación tan natural como ofrecer un vaso de agua.
Acepté.
Sus manos, anchas, secas, con venas que parecían dibujos antiguos, encontraron el arco de mis pies, y empezó a moverlos con un ritmo antiguo, como si conociera cada tensión, cada esquina donde el estrés se acumula. Cuando sus dedos rozaron la planta, y luego el talón, sentí un calor que no venía del café ni de la noche, sino de dentro.
—¿Te gusta que te toque así? —susurró, sin dejar de presionar.
—Sí —confesé, con la voz apenas un hilo.
—Entonces… —dijo, inclinándose un poco más, y su aliento calentó mi oreja—. ¿Quieres que te mame los pechos?
No respondí con palabras. Me incliné hacia él, puse mis manos sobre sus mejillas, y le besé el cuello, justo donde latía el pulso más fuerte.
—Dime “sí”, Valentina —insistió, con la voz más ronca ya, más húmeda.
—Sí —repetí, y esta vez con fuerza, con ganas.
Y entonces, entre el olor a jazmín y el último suspiro del día, me levantó su camisa, y con una lentitud que dolía y gustaba a la vez, bajó su boca hasta mi piel.
¿Te ha gustado? Valóralo