La primera vez que la vi en el supermercado

La primera vez que la vi en el supermercado

@marco_vidal ·6 de junio de 2026 · ★ 4.6 (36) · 10 lecturas · 4 min de lectura

Yo tengo 51, y ella, 23. Sí, ya sé lo que vas a pensar. Pero no fue nada planeado, ni sospechoso, ni siquiera intencional al principio. Solo fue un viernes normal, el final de semana empezaba a deslizarse como aceite tibio por los vidrios del supermercado, y yo empujaba mi carrito con la lista del mes, la camisa un poco arrugada por el calor del auto, la barba de tres días que ya no me importaba afeitar si no tenía tiempo. Ella apareció entre los pasillos de los lácteos como una brisa que no esperabas: pelo negro, suelto, una bata de baño de algodón crudo que no debía haberse sacado de casa, o sí, o tal vez sí, porque la tela le pegaba al cuerpo como una segunda piel húmeda, y en la mano llevaba un cuaderno de espiral, no una lista.

Me fijé porque sonrió —no a mí, pero me pareció que me miró cuando lo hizo—, y luego se detuvo frente al estante de queso manchego, alargando el brazo, los dedos rozando la caja, pero demasiado lejos. Le dije algo tonto, tipo: “¿Necesita ayuda?”, y ella se volvió con esa mirada que solo tienen las que saben que tienen poder, pero aún no lo han usado del todo. “Sí, si es tan amable”, respondió, y su voz era como un susurro envuelto en seda, baja, íntima, como si nos estuviéramos confesando algo ilegal.

Me llamó Lucía. No le pedí el apellido. No importaba. Tampoco le pregunté por qué una chica de veintitrés años andaba en ese supermercado de barrio, en vez de en el gourmet de la zona rica. Ella, en cambio, me preguntó si me gustaba el queso. Le dije que sí, pero solo si no estaba demasiado curado. “Demasiado curado es como la experiencia: dura, intensa, y te deja sabor en la boca mucho tiempo”, dijo, y me dio una sonrisa que me heló la sangre. Yo, que había vivido veinte años de casado, dos divorcios y media docena de encuentros sin alma, me sentí como un adolescentes con la primera vez encima.

Se quedó caminando conmigo. No era romance, no era cortejo. Era solo caminar. Pero cada vez que su hombro rozaba el mío, o su codo se acercaba a mi brazo mientras le señalaba un producto, sentía un temblor en los pulgares. No era nerviosismo. Era algo más antiguo. Un deseo que no había sentido desde que dejé de fingir que no lo quería.

Llegamos a la sección de vinos. Ella se detuvo frente a una botella de Rioja, con etiqueta antigua, cera roja sellando el cuello. “¿Sabe de vinos también?”, preguntó. Le dije que sí, que mi primera botella cara la había comprado con mi primera mujer casada. “¿Te acuerdas de su nombre?”, dijo ella, y me miró directo, sin juicio, sin curiosidad falsa. “Sí”, respondí. “¿Y el tuyo?” “Lucía”, repitió, y esta vez la palabra no fue nombre, fue promesa.

Me pidió que la acompañara a su casa. Dijo “a tomar algo”, pero el tono no era de té ni de agua. Era de algo más espeso, más dulce, más peligroso. No pregunté dónde vivía. Subimos en el auto, sin hablar, pero el silencio no era incómodo: era denso, cargado, como el aire antes de una tormenta que ya sabes que va a estallar.

Cuando llegamos, la puerta se cerró detrás de nosotros y ella se volvió, con la espalda apoyada en el marco, los ojos oscuros, la respiración un poco más rápida. No dijo “quiero esto”, ni “hagamos esto”. Solo se acercó, lentamente, hasta que su frente rozó la mía, y me susurró: “Ahora que sé que sabes qué hacer con un queso curado… ¿me lo demuestras?”.

No hubo dudas. No hubo犹豫. Solo manos que se encontraron como si ya se hubieran perdido mucho antes, y un beso que empezó tímido, como una prueba, y luego se volvió hambre, sed, necesidad. Su boca era suave, pero su lengua, decidida. Yo no la controlé. No quería. Solo la dejé llevarme, y mientras sus dedos se hundían en mi cabello, yo sentí algo que no sentía desde hacía quince años: el mundo se detuvo, y solo existíamos, ella con sus veintitrés años de curiosidad y yo con mis cincuenta y uno de paciencia, y entre ambos, una noche que no terminaría nunca.

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