Una noche con el vecino mayor
6 minUna noche con el vecino mayor
Yo tenía veintitrés, con la piel suave, el culo apretado y los pechos rebeldes que no querían callar cuando caminaba. Él tenía cincuenta y dos, canas bien puestas, manos que habían tocado mucho más de lo que yo podía imaginar, y una madurez que olía a cuero, café recién hecho y ese olor que tienen los hombres que saben exactamente lo que quieren —y cómo conseguirla—. Me llamó la atención desde el primer día que mudó al departamento del fondo: alto, espaldas anchas, caminata segura, y esos ojos que parecían medir cada centímetro de ti antes de que dijeras "buenos días".
Yo vivía en el mismo edificio, en el tercero, y cada vez que lo veía en el ascensor —siempre con su camiseta ajustada, el pecho marcado, las mangas subidas hasta los codos—, me ponía nerviosa. No era que lo quisiera, no al principio. Era solo curiosidad, esa mezcla de miedo y ganas que se te pega cuando un hombre tiene esa presencia: tranquila, segura, sin necesidad de gritarlo.
Todo cambió una noche de lunes, con lluvia torrencial y el cortocircuito de la electricidad. Yo estaba sola, viendo una peli en la cama, cuando escuché un golpe seco en la puerta. Abrí entre pereza y fastidio, y ahí estaba él, empapado, con el pelo pegado a la frente, una sonrisa medio torcida y una botella de ron en una mano.
—¿Puedo usar tu baño? —dijo, voz ronca, con ese acento paisa que me hacía cosquillas en la nuca—. Se me rompió el grifo del lavamanos, y ni modo de arreglarlo con la luz apagada.
—Claro —le dije, sin saber bien qué estaba diciendo.
Se quitó la camiseta enseguida, y ahí la tuve: pechos anchos, pezones oscuros, un tatuaje de una serpiente en el antebrazo izquierdo y una cicatriz pequeña, blanca, en el costado. Me miró mientras se secaba con una toalla, sin vergüenza, como si estuviera en su casa —porque para él, esa noche, lo era—.
—¿Tienes hielo? —preguntó.
—En el congelador.
—Anda, tráelo —dijo, y me di cuenta de que ya no me estaba pidiendo nada, me estaba ordenando, con esa voz de hombre que ha estado a cargo de todo: de proyectos, de empleados, de errores—.
Lo seguí como una idiota. Me gustaba que me dijera qué hacer.
Encendimos velas, porque la luz no volvió, y él preparó dos vasos de ron con hielo y una rodaja de naranja. Nos sentamos en el sofá, con las piernas juntas, casi tocándonos, y empezamos a hablar. No de nada serio. Solo de la lluvia, del edificio, del vecino del cuarto que le gustaba escuchar salsa a todo volumen. Yo me relajé. Me gustaba cómo me miraba: no como una niña, sino como una mujer. Con deseos, pero también con respeto.
—¿Sabes qué me gusta de los hombres como tú? —dijo, acercando su vaso al mío—. Que saben que no tienen que demostrar nada. Solo están ahí. Fuertes. Presentes.
Me giré hacia él, con las piernas cruzadas, la falda subiéndome un poco más de la cuenta. Me encantaba que lo notara. Que lo mirara.
—¿Y qué más saben?
—Que saben cuánto daño pueden hacer… y que prefieren dar placer.
Me mordí el labio. Él sonrió, lento, como si ya me hubiera entrado a la cabeza.
—¿Te importa si me quito los zapatos? —preguntó, y antes de que respondiera, ya los tenía en el suelo, con los calcetines mojados. Sus pies eran grandes, fuertes, con venas marcadas y uñas bien cortas. Me hubiera encantado morderle un dedo.
—¿Tienes ganas de que te toque? —me preguntó, sin rodeos, con los ojos en los míos.
—Sí —le dije, y no me avergoncé.
Se levantó, me tomó de la mano y me llevó a la cama. No fue rápido, no fue apresurado. Fue lento, deliberado. Me quitó el top con los dedos, uno a uno, desabotonando cada broche imaginario. Me besó en el cuello, mordió mi oreja, y cuando bajó hasta mis pechos, me los tomó con las dos manos, los masajeó suaves, y luego uno lo chupó con fuerza, hasta que sentí un calorcito en el centro, un hormigueo que me subió por la columna.
—Mami —susurró, y me derritió—. Tienes uns senos ricos, ¿sabes?
Me encendió con esa palabra. Mami. No era un cumplido, era una promesa.
Se bajó los pantalones, y ahí lo tuve: su pito grande, grueso, bien tieso, con la punta brillante y los cojones bien cargados. Me pidió que lo tomara, y lo hice con las dos manos, sintiendo su calor, su textura, su peso. Lo masajeé despacio, mirándole la cara, viendo cómo cerraba los ojos, cómo apretaba los dientes, cómo sus manos se cerraban en los puños.
—Mierda… —dijo, con voz grave—. Eres buena en eso, niña.
—No soy niña —le corregí.
—Perdón —dijo, y me tiró de la muñeca—. Tú eres lo que tú quieras. Pero ahora, ahora eres mía.
Me acostó, me abrió las piernas con una rodilla, y se puso entre ellas. Me besó en la boca, profundamente, mientras me frotaba el pito en la entrepierna, rozando el borde de mi vulva, sin entrar aún. Me mordió el labio inferior, y cuando me separé, me miró a los ojos.
—¿Estás mojada? —preguntó.
—Sí —le dije—. Mucho.
Me metió dos dedos, sin pedir permiso, sin esperar. Y ahí fue cuando sentí que me partía por la mitad. Estaba pegajosa, llena, lista. Mis caderas subieron, yo le pedí más, y él me dio más. Me frotó el clítoris con el pulgar mientras me metía los dedos hondo, curvándolos, buscando algo que yo no sabía nombrar.
—Quiero verte mamar —dije, sin pensar.
Él se rió, una risa grave, burlona.
—¿En serio?
—Sí —le dije, y lo tomé del pito, tirando suavemente—. Quiero tu pito en la boca. Quiero saberte.
Se levantó, me dio la vuelta, me puso de a cuatro, y me abrió el culo con una mano, mientras con la otra me frotaba el clítoris. Me metió tres dedos en el coño, y luego, con cuidado, con lentitud, con su pito bien engrasado con mi propia humedad, empezó a entrar.
Me rompió la espalda, me llenó hasta el fondo. Me agarró de las caderas y empezó a moverse, lento, firme, como si no tuviera prisa, como si tuviera toda la vida para hacerme gemir.
—Tú eres mi favorita, Renata —me dijo, entre jadeos—. Mi favorita de la vida.
Y cuando me dio la vuelta, me puse sobre él, montada, con las manos en sus pechos, con sus manos en mis caderas, y me moví sobre su pito, hasta que lo sentí palpitando, hasta que sentí que me iba a deshacer.
—Voy a correrme —dijo, y yo le dije:
—Sí. Corré en mí. Quiero tu semilla.
Y lo hizo. Me corrimos juntas: yo con los ojos cerrados, gritando su nombre, él con un grito gutural, sacudiéndose, llenándome de leche caliente, de humedad, de verdad.
Cuando todo terminó, me acosté sobre su pecho, con su pito aún dentro, con su mano acariciándome el pelo.
—¿Volverás a venir? —me preguntó.
—Sí —le dije—. Cada lunes, si la lluvia me da ganas.
Y así fue. Cada lunes, la lluvia llegaba, y yo abría la puerta, con mi falda corta y mi boca lista para mamar.
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