Una tarde en el estudio del violinista

Una tarde en el estudio del violinista

@el_profesor ·26 de junio de 2026 · 🔥 4.1 (12) · 153 lecturas · 4 min de lectura

Ella tenía veintitrés años, piel cálida como el cafécito recién pasado, ojos oscuros que parecían guardar secretos que aún no sabía que tenía, y una curva en la cintura que hacía tambalearse la lógica de cualquiera que la mirara con atención. Él, treinta y ocho años más mayor, con cincuenta y uno en el rostro cansado pero firme, barba canosa recortada con precisión de cirujano, y manos que aún recordaban cómo sostener un arco sin temblar. Era un hombre que había aprendido a moverse con calma, como quien toca el violín: pausa tras pausa, respiración tras respiración, hasta que el sonido brotaba.

Llevaban dos semanas charlando tras las clases de guitarra que ella tomaba en su pequeño estudio, un espacio lleno de partituras amarillentas, un diván de terciopelo rojo desgastado y el perfume a madera vieja y tabaco suave que él fumaba en los descansos. Ella lo observaba desde el primer día: no con curiosidad de niña, sino con una atención profunda, como quien escucha una sinfonía que no puede dejar de volver a reproducir. Él, por su parte, sentía una extraña tensión en la garganta cada vez que ella se inclinaba sobre el mástil de la guitarra, con el pelo recogido en un moño desordenado, el cuello al descubierto, la camiseta ajustada que marcaba la curva de sus pechos pequeños pero firmes.

—¿Tú siempre tocas así? —le preguntó ella una tarde, mientras él corregía su postura con la yema de los dedos en sus nudillos—. Como si cada nota fuera un susurro que no quieres perder.

—O como si cada susurro fuera una nota —respondió él, con la voz más ronca de lo habitual, y por primera vez no soltó su mano enseguida.

La tensión se desató tres días después. Ella llegó sin guitarra, sin excusa, solo con una botella de vino tinto y dos copas. Se sentó en el diván, cruzó las piernas lentamente, dejando que el vestido subiera hasta la mitad del muslo. Él se acercó, sin prisa, y se puso de rodillas frente a ella, como si estuviera preparando una partitura nueva.

—¿Tienes miedo? —le preguntó él, con los ojos clavados en los suyos.

—Sí —respondió ella, y sonrió—. Pero quiero saber cómo se siente.

Él le quitó la camiseta con delicadeza, sin apuro, y se quedó viendo sus pechos: redondos, firmes, con pezones pequeños y oscuros que se erizaron enseguida al contacto del aire frío. Se inclinó y lamió uno, lentamente, pasando la lengua desde la base hasta la punta, masticando suavemente, como si probara un sabor que no quería perder. Ella exhaló un gemido bajo, ahogado, como si temiera que el mundo entero lo oyera.

—Dime si para —le dijo él, mientras le desabrochaba el sujetador con los dedos.

—No —respondió ella, tirando de su camisa—. Quiero más.

Él la llevó al diván, la acostó con cuidado, y se quitó la ropa con calma, mostrando su cuerpo: fuerte, con barriga suave, pecho peludo, y entre las piernas, un pene grueso, oscuro, ya medio erecto, colgando como una promesa antigua que por fin se cumplía.

Se colgó sobre ella, separándole las piernas con las rodillas, y le metió la lengua en la boca, lenta, profunda, como si le estuviera enseñando un idioma nuevo. Ella respondió con las uñas en su espalda, con las caderas que se elevaban buscando su entrepierna. Él la dejó jugar un poco, saboreando su impaciencia, antes de bajarle el vestido y la bragas, y descubrir su vagina: húmeda, tersa, con los labios entreabiertos y oscuros, ya palpitando por sí sola.

Se inclinó y lamió su clítoris con la punta de la lengua, una, dos veces, y luego la abrió con los dedos, mientras la penetraba con su pene, lento, pausa tras pausa, hasta que todo él estuvo dentro de ella. Ella gritó, no de dolor, sino de sorpresa, de satisfacción, como si finalmente hubiera encontrado la nota que faltaba.

Él comenzó a moverse, con ritmo constante, profundizando cada embestida, sintiendo cómo su vagina lo apretaba, cómo sus pechos se balanceaban con cada golpe, cómo su cuello se arqueaba y sus ojos se cerraban, con la boca entreabierta, jadeando su nombre como una plegaria.

—Tú sabes —le susurró él, mientras le sujetaba una cadera y la embestía con más fuerza—, que esto es lo que llevo años aprendiendo a tocar… no con el arco. Con esto.

Ella lo sintió, entonces, como nunca antes: el calor, el peso, la experiencia, el poder de un hombre que no tenía prisa por llegar al clímax, porque ya sabía que el verdadero placer no está en el final, sino en el recorrido.

Él se corrió dentro de ella con un gemido bajo, profundo, como si estuviera dejando caer una partitura antigua al suelo, y ella lo siguió segundos después, con un grito corto, agudo, como el agudo final de una melodía que se desvanece en el silencio.

Se quedaron así, abrazados, sudorosos, el corazón latiendo a ritmo distinto pero coincidente, mientras el sol se ponía tras la ventana, pintando de oro la piel de ella y la barba canosa de él.

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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.

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