El encuentro en la terraza del edificio

El encuentro en la terraza del edificio

@renata_sol ·7 de julio de 2026 · 🔥 4.3 (4) · 207 lecturas · 6 min de lectura

La primera vez que Elías la vio subiendo las escaleras del décimo piso con esa botella de aguardiente en una mano y una libreta de apuntes en la otra, pensó que era una estudiante de arquitectura. Ella, Renata —23 años, piel morena clara, ojos verdes como el limón recién exprimido y una cintura que parecía hecha para ser rodeada por dos manos grandes—, lo miró sin vergüenza, con una sonrisa que le hizo recordar cómo se sentía el sol de mediodía en la Plaza de Bolívar: fuerte, directo y sin perdón.

—Disculpe, ¿el apartamento 1004 es este? —preguntó Renata, con voz suave pero segura, mientras se ajustaba un mechón de cabello castaño que se le había escapado del moño desordenado.

—Sí, ese soy yo —respondió Elías, 51 años, alto, con barba bien recortada, hombros anchos por los años de correr maratones los domingos en el Parque del Chicó, y una mirada que había visto de todo, pero seguía sorprendiéndose con lo inesperado.

Renata entró sin pedir permiso, como si ya lo conociera de toda la vida. Elías cerró la puerta detrás de ella y se quitó la camisa de algodón con lentitud, dejando al descubierto un torso musculoso, con algunas canas en el pecho y una cicatriz en el hombro izquierdo —de un accidente en bicicleta en Valparaíso, Chile—.

—¿Agua o algo más fuerte? —preguntó Elías, acercándose a la cocina con la botella que ella había dejado sobre la mesa.

—Con aguardiente se me quita el estrés —dijo Renata, sentándose en el sofá, cruzando las piernas con naturalidad, mostrando el borde de una medias negras que subía por su muslo derecho.

Elías sirvió dos vasos, se sentó frente a ella, y bebió un trago largo. El sabor a anís le recordó sus veinte años en Medellín, cuando salía con chicas que lo miraban como si fuera un peligro —y lo era—.

—¿Qué estrés te trae hasta aquí, Renata? —preguntó, jugueteando con el borde del vaso.

Ella lo miró fijo, sin parpadear, y soltó una risita baja.

—Tengo un examen de historia del arte mañana, pero no puedo concentrarme. Y mi novio está en Bogotá esta semana… —pausa—. Así que pensé: ¿por qué no llamar al vecino maduro que siempre me saluda con una sonrisa y un “buenos días, linda”?

Elías soltó una carcajada. No era el tipo de hombre que reía con facilidad, pero ella tenía algo que desarmaba los filtros más duros.

—¿Y qué quieres que haga el vecino maduro? —preguntó, inclinándose hacia adelante, con las manos apoyadas en las rodillas.

—Mm… Me enseñes a beber aguardiente como se debe. Sin llorar. Sin mareo. Solo con sabor —dijo ella, acercando su vaso al suyo.

Elías la observó beber. El líquido dorado resbaló por sus labios, y ella lo limpió con la lengua, despacio, como si estuviera probando el aire. Él sintió un tirón en la entrepierna, rápido y seguro, como el latido de un tambor antiguo.

—Estás jugando con fuego, Renata —dijo, bajando la voz.

—Me encanta el fuego —respondió ella, levantándose del sofá y acercándose a él—. Es cálido. Da miedo. Y al final, siempre deja huellas.

Renata se sentó a horcajadas sobre sus piernas, con las manos sobre sus hombros. Elías sintió el calor de su cuerpo a través de la tela fina de su blusa blanca. Las puntas de sus pezones se marcaron contra la tela, y él no pudo evitar pasar los pulgares por debajo, levantándole la blusa poco a poco hasta que sus pechos pequeños pero firmes aparecieron, rosados y erguidos.

—Dios, qué rico se siente tu piel —susurró Elías, inclinándose para lamer uno de los pezones con suavidad.

Renata gimió, una mezcla de asombro y deseo, y empujó su cabello hacia atrás con fuerza.

—Sí… sí, así… —murmuró—. Hazme sentir viva, Elías.

Él la levantó con facilidad y la llevó al cuarto. La cama era sencilla, de metal pintado, con sábanas blancas que olían a jabón de lavanda. Renata se quitó la blusa, los pantalones cortos y las medias con movimientos rápidos, dejando al descubierto una tripa plana, una cintura estrecha y una cadera ancha, perfecta para tener hijos. Él la miró, quieto, con la respiración pesada.

—Eres un tesoro, Renata —dijo, desabotonándose los pantalones y sacando su pito grande, duro ya desde hace rato, con el glande húmedo y la piel tersa, marcada por las venas azules.

Renata lo rodeó con una mano, lo acarició desde la base hasta la cabeza, y luego lo besó en la punta, como si estuviera probando un vino caro.

—Qué rico está tu pito, viejo… —dijo, con una sonrisa pícara—. Sabe a hombre de verdad.

Elías no le corrigió el apodo. Le gustaba. Le recordaba que aún tenía poder sobre una mujer joven.

—Vete a comerme, Renata —ordenó, con voz grave.

Ella obedeció. Lo metió en su boca con suavidad, luego lo sacó, lo chupó con fuerza, lo mamió como si fuera lo único que existía en el mundo. Elías sintió sus testículos apretarse, y supo que no iba a durar mucho si no se tomaba su tiempo.

—Basta —dijo, apartándola con suavidad—. Hoy no quiero que seas solo una boca. Quiero sentir tu culo en mi mano, tu vagina apretándome, tus uñas en mi espalda.

Renata se volvió de cuatro en la cama, con las piernas ligeramente separadas. Elías frotó su pito contra su entradita húmeda, sintiendo el calor de su cuerpo, el olor a mujer, a jazmín y a sudor dulce.

—No te apresures —dijo ella, girando el rostro hacia él—. Yo te doy todo el tiempo que quieras.

Él se introdujo en ella poco a poco, lentamente, hasta que su vientre pegado al suyo y sus pelvis se tocaron. Renata soltó un gemido profundo, como si estuviera llegando a casa después de años de viaje.

—Sí… sí… más adentro —murmuró, empujando sus caderas hacia atrás.

Elías comenzó a moverse, con golpes largos y firmes, sintiendo cada contracción de su vagina, cada latido de su cuerpo bajo sus manos. Ella se aferró a las sábanas, con los dedos blancos de tensión, y cuando Elías le tocó el clítoris con el pulgar, lo hizo con la punta de los dedos, con delicadeza, como si estuviera dibujando un retrato, ella se deshizo en su cuerpo.

—¡Ay, Dios! ¡Voy! ¡Voy! —gritó, con el cuerpo arqueado, los pechos moviéndose con cada convulsión.

Elías la siguió poco después, con un gemido gutural, sintiendo cómo su semen brotaba dentro de ella, caliente y denso, como miel reciénextraída.

Se quedaron en silencio, abrazados, con la respiración pesada y el sudor pegando sus cuerpos. Renata pasó una mano por su pecho, dibujando círculos con la yema de los dedos.

—Mañana tengo examen —dijo, con una sonrisa—. Pero hoy… hoy me sentí como una reina.

—Y yo me sentí como un chico de veinte años —respondió Elías, besándole la nuca—. Gracias, Renata.

—De nada, viejo… —dijo ella, riendo—. Pero la próxima vez, te invito yo. Y no me pides permiso para nada.

—Prometido —respondió Elías, mientras la luna entraba por la ventana, iluminando sus cuerpos cansados pero plenos.

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Atrevida y sin culpa. El sexo es para disfrutarlo y reírse un poco. Escribo lo que muchas piensan y pocas se animan a contar.

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