Me acosté con la alumna de 23 años que me había dejado sin aliento en clase

Me acosté con la alumna de 23 años que me había dejado sin aliento en clase

@el_profesor ·3 de julio de 2026 · 🔥 4.6 (23) · 51 lecturas · 7 min de lectura

La primera vez que la vi, me costó trabajo no dejar caer el marcador de la pizarra. Tenía veintitrés años, me dijo al final de la primera clase —yo, cincuenta y uno—, y ya llevaba tres semestres cursando Literatura Comparada. No era una estudiante cualquiera: entraba con una seguridad que no encajaba con su edad, sentada en la tercera fila, siempre, con los pies juntos sobre el suelo, las manos cruzadas sobre el cuaderno, y una mirada que no me esquivaba. Me miraba. Me miraba de una forma que no era de admiración académica, ni de respeto, ni de mera atención. Era una mirada que se deslizaba por mis sienes canosas, por el hueco de mi cuello donde el pulso latía más fuerte cuando me emocionaba al hablar de Baudelaire o de Sade —sí, hasta de Sade—, y que se quedaba un segundo más de lo necesario en mis manos, grandes, con las venas marcadas, las uñas cortas, las articulaciones un poco duras por los años de escribir a mano.

Me llamó la atención desde el primer día. Pero no hice nada. No por temor, sino por respeto: respeto al cargo, respeto al estatuto, respeto a la institución. Pero también, no quiero engañarme, por la prudencia que viene con la edad. Una cosa es sentir el pulso acelerado al cruzar la mirada con alguien hermoso; otra muy distinta es actuar. A los cincuenta y uno, uno ya sabe que lo más delicado no es el acto en sí, sino las consecuencias.

Pero ella no parecía temerlas. Al contrario: las tejía en cada palabra, en cada sonrisa pequeña, en el modo en que, al final de clase, se quedaba un minuto más para preguntarme algo —nunca algo realmente necesario, siempre algo que ya sabía— y dejaba que sus dedos rozaran los míos al tomar el cuaderno que yo le devolvía.

—Profesor, ¿cree que el deseo se escribe mejor en tercera o en primera persona? —me preguntó una tarde, con la clase ya vacía, el sol del atardecer entrando por los ventanales altos como una descarga eléctrica.

—Depende de quién lo sienta —respondí, sin bajar la vista.

—¿Y si la persona que lo siente es mayor que la que lo recibe? ¿Todavía se escribe en primera?

—Depende de si el deseo es una historia propia o una historia prestada.

Me miró, y esta vez no apartó los ojos. Me miró con una lentitud que era casi una caricia. Luego sonrió, y en esa sonrisa había algo que no era solo coquetería: era reconocimiento. Como si me hubiera visto, de verdad, por primera vez.

Dos semanas después, me encontré con su correo en la bandeja de entrada. Asunto: *Consulta sobre el ensayo final*. El cuerpo del mensaje decía solo: *¿Podemos vernos hoy en su oficina? Tengo varias dudas.* No había firmado. No ponía “Profesor” al principio. Nada. Solo eso: una invitación disfrazada, con el velo de lo académico.

Fui. Claro que fui.

La oficina olía a papel viejo, café fresco y papel de fumar que yo dejaba en el cajón. Ella estaba sentada frente al escritorio, con las piernas ligeramente separadas, el bolso sobre las rodillas, la blusa blanca abrochada hasta el cuello, pero abierta al menos dos botones de más de lo necesario. Llevaba el cabello suelto, y la luz del atardecer le hacía brillar las puntas, castañas doradas. Me pidió permiso para sentarse en la silla que normalmente ocupaban los visitantes, pero se puso justo al lado, no enfrente.

—¿Le importa si me quito los zapatos? —susurró.

—No —dije, y mi voz sonó más ronca de lo que pretendía.

Se quitó las sandalias, despacio, y apoyó los pies descalzos sobre el borde de mi escritorio. Tenía los dedos finos, las uñas sin esmalte, los talones suaves. Me costó no tocarlos.

—Usted me mira mucho —dijo, sin acusación, sin acusación alguna—. Como si me estuviera leyendo.

—Tal vez lo hago.

—¿Y qué lee?

—Leer es un acto de paciencia —respondí—. Y a usted me gusta leer poco a poco.

Se acercó más, tan poco que pude sentir su aliento en el cuello. Me miró a los ojos, y entonces me dijo algo que me paralizó:

—¿Usted cree que puedo ser su lección favorita?

No respondí. En su lugar, levanté la mano, lentamente, como si temiera que ella se esfumara si hacía un movimiento brusco, y le acaricié la mejilla con la yema de los dedos. Su piel era suave, cálida. Luego, con la misma lentitud, bajé el pulgar por su labio inferior, y sentí cómo su respiración se entrecortaba.

—¿Y si la respuesta es que tú ya eres la única lección que me interesa?

Fue entonces cuando ella se levantó, dio un paso hacia adelante, y se sentó sobre el escritorio, justo frente a mí. Me apartó el cuaderno, los lapiceros, la taza vacía de café, como si despejara un campo de batalla para lo que venía. Se inclinó, puso las manos a cada lado de mi cabeza, y me besó.

No era un beso de estudiante, ni de niña. Era un beso de mujer que sabe lo que quiere y cómo tomarlo. Me abrió los labios con su lengua, suave pero firme, y cuando sentí su pecho contra el mío, pude notar lo dura que se había puesto mi respiración. Sus pechos, firmes, ajustados bajo la blusa, me rozaron como una promesa. Yo le pasé las manos por la espalda, bajo la tela, hasta sentir la curva de sus riñones, y luego bajé un poco más, hasta el borde de su falda, que subí con cuidado, hasta encontrar el elástico de su braguita.

—¿Me dejas? —susurró, rompiendo el beso apenas un centímetro.

—Ya estás aquí —le respondí.

Y entonces, sin más preámbulo, ella se inclinó, desabrochó mi pantalón con una sola mano, y me sacó. Estaba duro, muy duro, como no recordaba haberlo estado en años. No por deseo, sino por necesidad: necesidad de sentir su piel, su calor, su tiempo.

Ella lo sostuvo con ambas manos, lo acarició con lentitud, mirándome fijamente mientras lo hacía, como si me estuviera leyendo, como si supiera que cada latido mío estaba a su merced. Luego, se inclinó y me lamió la punta, con la lengua suave, cálida, y sentí cómo me temblaban las piernas. No era vergüenza. Era placer anticipado.

—¿Quieres que me quites la ropa? —pregunté, ya sin aliento.

—No —dijo—. Quiero que me cojas aquí, sobre tu escritorio. Quiero que me cojas como si no hubiera mañana.

Y eso fue lo que hice. La tomé con cuidado primero, levantándola para que se sentara sobre el borde del escritorio, separándole las piernas, bajándole la falda y la braguita con una sola mano, mientras la otra acariciaba su muslo, subía lentamente, hasta encontrar su clítoris, ya húmedo, ya encendido. Le metí dos dedos, uno tras otro, despacio, sintiendo cómo se contraía a mi alrededor, cómo se abría para mí. Ella gimió, bajo, ahogado, y cuando le metí el tercer dedo, se inclinó hacia atrás, apoyándose en las manos, los ojos cerrados, la boca entreabierta.

—Ahora —dijo.

Me levanté, me quitó la ropa interior, y ella se giró, se apoyó en el escritorio, con las manos sobre el borde, la espalda curva, las nalgas hacia mí. Me puse detrás, le separé las mejillas con las manos, y vi su vulva, rosada, hinchada, con el orificio ya abierto, esperándome. Me coloqué, la punta de mi pene rozando su entrada, y la empujé suavemente.

Entró con una lentitud que parecía eterna. Su cuerpo, ajustado, cálido, húmedo, me envolvió como una segunda piel. Me dio un pequeño golpe con la cadera, pidiendo más, y yo le di más. La cogí suave al principio, con golpes cortos, controlados, sintiendo cómo sus músculos se contraían a cada avance. Luego, cuando la sentí más relajada, más entregada, aumenté el ritmo. Le agarré las caderas con fuerza, la miré por el espejo del fondo, viendo cómo su rostro se transformaba: los ojos cerrados, la boca entreabierta, el sudor en la frente, el rubor subiéndole por el pecho.

—Sí —gimió—, así, así me la estás metiendo,profesor… me la estás metiendo fuerte…

No le dije nada. Solo la cogí. La cogí con la seguridad de un hombre que sabe lo que hace, que sabe lo que ella quiere, que sabe lo que quiere él. Y cuando sentí que se ponía rígida, que su respiración se cortaba, que sus ded

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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.

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