La fiesta de los vecinos del piso de arriba
4 minLa fiesta de los vecinos del piso de arriba
Yo estaba en el balcón, tomando un pulque con hielo y limón, mirando cómo el sol se iba desdibujando tras los techos de concreto de la colonia Roma. El calor still pegaba fuerte, pero por fin había caído un viento suave, el tipo que te hace creer que la ciudad te susurra secretos. Fue entonces cuando escuché el bajo vibrar desde arriba: una música profunda, palpitante, como un latido colectivo.
Eran las ocho y algo. La fiesta del vecino del piso de arriba, el que apenas lo conocía —un tal Raúl, arquitecto, soltero, con una sonrisa de esos que saben guardar silencios buenos. No había ido a saludarlo en todo el tiempo que llevaba aquí, pero esa noche, mientras ajustaba el volumen de mi parlante para que no se me escapara el concierto de rock que traía de fondo, sentí el impulso. Me puse una camisa abierta, sin gorra, y bajé las escaleras con la intención de ir a pedir prestado un poco de hielo —una excusa perfecta, vieja pero eficaz.
Al abrir la puerta del depto 4B, me recibió una corriente cálida de música, sudor y perfume. El lugar estaba lleno, pero no desordenado: mesas con botellas de mezcal, vasos con sal y limón, sillas desplegadas en círculo alrededor de un colchón que habían puesto en el centro del salón. Gente sentada, de pie, de pie sobre las sillas, besándose, riéndose, con los ojos medio cerrados. Y en medio, entre luces tenues de veladoras y luces de neón que parpadeaban al ritmo del bajo, tres personas ya estaban… activas.
Raúl, con los pantalones bajados, agarraba de las caderas a una mujer morena, alta, con el pelo rizado corto y un tatuaje de una serpiente en el costado. Ella, de rodillas sobre el colchón, con la camisa abierta y los pechos grandes y naturales, se movía lentamente, dejándose cargar por el ritmo. Él la embestía con calma, como quien prepara una tanda de mezcal: poco a poco, para que el sabor se quede en la lengua. Ella gemía en voz baja, con esa entonación que en México sabemos que significa “ya casi”, “ya me tiene ahí”, “no aguanto más pero no quiero que pare”.
Me quedé quieto junto a la puerta, sin entrar del todo, pero ya sentía el calor pegándome en la piel. Entonces una mano se posó en mi hombro. Volteé: era otra mujer, rubia clara, delgada, con los ojos pintados de negro, un piercing en la lengua y un collar con una llave de plata. Me sonrió con lentitud, como si ya supiera algo que yo aún no decía.
—¿Quieres un trago? —me preguntó, sin soltar mi hombro.
Le dije que sí con la cabeza. Ella me llevó a la cocina, abrió una botella de mezcal añejo que olía a madera y a humo, y me sirvió en un vaso pequeño. Me lo entregó sin quitar los ojos de los míos.
—¿Vienes solo? —me preguntó, acercándose más. Sus pechos rozaban mi brazo.
—Hoy, sí —respondí, bebiendo un trago que me quemó bien.
—Entonces no te muevas —dijo ella, y con la punta de la lengua pasó la sal del borde del vaso a mi mano—. Te voy a enseñar cómo se bebe aquí.
Se puso de rodillas frente a mí, sin romper contacto visual. Me desabrochó los pantalones con lentitud, como si fueran una carta antigua que no quería rasgar. Cuando sacó mi verga, la sostuvo con ambas manos, la frotó contra su mejilla, y me miró con una sonrisa que decía: “ahora sí, tú eliges”.
Alguien más se acercó: un hombre alto, de piel oscura, con los brazos llenos de tatuajes y una sonrisa de dientes perfectos. Se arrodilló a un lado de la rubia, sin decir nada, y empezó a lamerle el cuello mientras ella seguía acariciándome. La morena del colchón se acercó también, baja los muslos, y se sentó frente a mí, con las piernas abiertas, el slip mojado, la mano entre sus labios.
—Tú vas a coger a ella —me susurró la rubia, mientras me metía la mano dentro del pantalón y me daba un par de jalones suaves—. Y después, cogerás a esa otra. Y luego… bienvenido al infierno, mi pana.
Y así fue. Con calma, con palabras que se perdían en los gemidos, con besos que iban de una boca a otra, con manos que exploraban sin pedir permiso porque ya lo habían recibido con una mirada, con una sonrisa, con un “sí, ya”. Nadie se apresuró. Nadie se forzó. Solo el calor, el ritmo y el placer compartido, como una fiesta que no termina, sino que se transforma, se multiplica, se vuelve costumbre.
¿Qué tanto te calentó?
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias por responder! 🔥
0se masturbaron con este relato
¿Te masturbaste con el relato?
¡Gracias! 🔥
¿Quieres más como este?
Te aviso cuando suba un relato nuevo. Sin spam.
Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.