La vecina de enfrente, los domingos
7 minLa vecina de enfrente, los domingos
Sí, vos sabés: era la vecina de enfrente, la que se mudó hace tres meses. Clara, 23 años, pelo rubio casi blanco, pechos grandes que se le marcaban bajo los tops ajustados, y una manera de caminar que parecía que se sabía que la miraban. Yo, Santiago, 51, viudo desde los cuarenta y ocho, soltero de por vida por costumbre más que por elección, la veía desde la ventana del living. No con lupa, no con intención al principio, solo con curiosidad de hombre que lleva años sin ver piel fresca, sin sentir aliento en el cuello, sin oler una concha recién lavada.
Ella trabajaba en una agencia de diseño gráfico, decía, y los domingos, por lo general, se quedaba en casa. A veces con una amiga, otras sola. Y los domingos en que estaba sola… yo bajaba el volumen del televisor, me paraba sin hacer ruido y me asomaba entre las persianas. La veía preparar café, estirarse en el sillón, ponerse unos Shorts cortísimos que le subían hasta la mitad del culo, y quedarse ahí, con una pierna cruzada, el pie descalzo apoyado en el borde del sillón, como si estuviera esperando algo. Yo sabía que no esperaba nada, o al menos eso pensaba ella.
Hace dos semanas, me encontré con ella en el supermercado. Me ayudó a agarrar una lata de atún que se me cayó del carrito. Sonrió, y me di cuenta de que me había mirado antes, varias veces, en la ventana. No con miedo, no con desdén, sino con algo más suave, más curioso. Le dije: “Vos sos la vecina de enfrente, ¿no?” y me respondió con una sonrisa más grande, los labios entreabiertos, la lengua pasando una vez por el borde inferior. “Sí, Santiago, ¿verdad?”. Me había enterado su nombre por la buzzer. Pero el hecho de que ella lo supiera me hizo sentir como si ya estuviera dentro de su casa.
Esa noche, me escribió por WhatsApp. No con un “hola”, sino con un “¿Viste mi pelo hoy? Lo lavé con ese champú de coco que te gustó cuando pasaste por acá”. Me rechinó el corazón. Le respondí: “Viste bien todo, Clara. Especialmente cuando estiraste la pierna sobre la otra, así, con el talón apretado”. Me contestó: “Sí… yo sé que vos me mirás. Yo también te miro, a veces. Pero no por la ventana, por la puerta. Porque me encanta que me veas, pero también me encanta que sepas que yo te veo a vos”.
Me llamó dos días después. Me dijo que tenía una fiesta de cumpleaños esa noche, pero que había cancelado porque se sentía “muy cansada y muy solita”. Le dije que la entendía, que a veces la soledad se siente más pesada que una cama vacía. Me respondió: “Exacto. Y a veces, la cama vacía te invita a llenarla con algo que no es solo sueño”. Le pregunté si quería que le llevara una pizza. Me dijo: “Vení. Pero no traigas pizza. Traéte ganas de escucharme, y si te animás, de tocarme”.
Bajé las escaleras con el corazón en la garganta. Me detuve en la puerta, respiré dos veces, toqué la campana. Abrió con una bata blanca, nada debajo, los pechos colgando suaves, los pezones duros ya por el aire acondicionado o por el hecho de que yo estaba ahí. Me tomó de la muñeca y me hizo entrar. No me ofreció nada para beber. Me sentó en el sofá y se sentó en el borde, frente a mí, con una pierna estirada, la otra flexionada, el muslo abierto casi como una invitación. Me miró y me dijo: “Vos me miraste. Yo lo sé. Ahora vos me mostrás lo que querés ver”.
Me levanté, me acerqué despacio, y le acaricié la cara con la yema de los dedos. Su piel era suave, con un pelito casi invisible en las mejillas, como si el sol le hubiera marcado una luz dorada. Le pasé la mano por el cuello, bajó la cabeza un poco, como para darme más. Le toqué la nuca, luego la oreja, y le dije: “¿Vos me querés mostrar la concha?” y ella me dijo: “Sí, vos me la vas a ver, pero primero tenés que sacarme la bata”. Le desabroché el cierre lateral con los dedos, lento, sintiendo cómo su respiración se aceleraba. La bata se abrió, y ahí estaban, sus pechos, redondos, con areolas grandes, morenas, los pezones apretados como granos de café. Le acaricié uno, lo apreté suave, y lo chupé. Ella soltó un grito corto, un “¡ay!” que parecía un gemido reprimido. Me pidió: “Mordé, Santiago, no me mames, mordé”.
Le mordí el pezón. Ella arqueó la espalda, los dedos de los pies se cerraron como garras. Le dije: “Quiero verte garchar, Clara. Quiero que me lo muestres, todo”. Me paré, la tomé de la cintura, la senté en el centro del sofá, me puse entre sus piernas. Le subí la bata hasta la cintura, y ahí estaba: su concha, pelada, el monte de Venus liso, los labios mayores abiertos, húmedos, los pequeños entreabiertos, brillantes. Le pasé los dedos, los separé, y vi su agujerito, oscuro, apretado, como si estuviera respirando. Le dije: “Vos tenés una concha de infarto, Clara. Una concha que me hace perder el tiempo de pensar”.
Le separé los labios con los dedos, metí la lengua, la pasé por encima del clítoris, que era grande, como una perla pequeña, dura. Ella gritó, “¡Santiago!”, y me agarró del pelo. Le chupé el clítoris, lo mordí suave, y le metí dos dedos en la concha, lentos, sintiendo cómo se abría, cómo se calentaba, cómo se contrataba. Ella se retorcía, las caderas moviéndose al ritmo de mis dedos, su respiración jadeante, los pechos subiendo y bajando como si le faltara aire. Le dije: “Quiero tu concha en mi boca, Clara. Quiero que me la des, toda”. Ella me tiró de la cabeza, me metió la cara entre sus muslos, y me dijo: “Chupá, Santiago, chupá mi concha, chupá mi culo, chupá todo lo que te dé gana”.
Le chupé el clítoris mientras le metía la lengua dentro, le hice burbujas con la boca, lo chupaba fuerte, y de pronto sintió un espasmo, y gritó: “¡Voy a venir! ¡Voy a venir, Santiago!” y su concha se contrajo, los músculos apretaron mis dedos, su agua salpicó en mi lengua, salada, dulce. La dejé un momento, me paré, me deslicé los pantalones, saqué mi pene, duro, grueso, la cabeza hinchada, la vena saltándole encima. Le dije: “Clara, querés un viejo en tu concha?” y ella, con los ojos cerrados, la cara roja, me dijo: “Sí, sí, Santiago, meté ese pene en mi concha, meté ese pene viejo, meté todo lo que tengas”.
La senté en el borde del sofá, le separé los labios con la mano, la puse de espaldas, y la empujé un poco, para que se recostara. Le apoyé el pene en la concha, lo rozé en el clítoris, y luego lo empujé dentro. Ella soltó un grito ahogado, “¡Oh, Dios!”, y sus caderas subieron, como para recibírmelo todo. Le metí hasta la raíz, sentí su concha apretada, cálida, suave, como un guante vivo. Me puse a sacar y meter, lento al principio, después más rápido, la cabeza golpeándole el fondo, el pene rozándole el clítoris con cada empuje. Ella gemía, “¡Sí, Santiago, sí!”, y me decía cosas sucias: “¡Me estás garchando, viejo! ¡Me estás cogiendo con ese pene grande!”
Me agarró los testículos y los apretó, y me dijo: “¡Más fuerte! ¡Dame todo lo que tengas!”. Le clavé los dedos en los muslos, la agarré por las caderas, y le clavé el pene hasta el fondo, una y otra vez, hasta que sentí el espasmo en los testículos, el calor subiendo por la columna, y le dije: “¡Voy a correr, Clara, voy a correr!”, y me desbordé dentro de su concha, el pene palpitando, el semen saliendo a raudales, caliente, espeso, llenándole la concha, la boca de su vagina, su útero. Ella gritó de nuevo, “¡Sí, Santiago! ¡Dame todo!”, y me apretó los testículos, como si quisiera que le dejara todo, como si no le alcanzara con un orgasmo, necesitaba más, necesitaba sentir que
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Mirar también es tocar. Me fascina el detalle, la tensión de lo que se observa sin que el otro lo sepa. El voyeur soy yo, y a veces tú.