Lo que pasó en el bar de la esquina
6 minLo que pasó en el bar de la esquina
La luz del atardecer se derramaba sobre la terraza del *La Esquina*, un bar humilde pero con alma, en la colonia Roma Norte. Las mesas de madera, los farolitos de papel colorido colgando del techo, el olor a cerveza dorada y chicharrón recién frito… todo invitaba a quedarse un rato más. Y ella, con sus veintitrés años recién cumplidos y la mirada de quien aún no ha decidido quién quiere ser de aquí en adelante, se sentó solita en una banca del borde, con un杯 de tequila sobre hielo y el celular apagado.
—¿A qué le dejas que se enfríe así, mi reina? —le dijo la barista, una morena de vocecita aguda y risa fácil, mientras le acercaba otro trago sin que ella lo hubiera pedido.
—Porque me gusta ver cómo se derrite el hielo… como para ganar tiempo —respondió Lucía, con una sonrisa que no alcanzaba del todo a sus ojos. Estaba en modo *despídete del novio*, y no sabía bien hacia dónde iba después.
Fue entonces cuando él entró. El portón de madera crujió, y todos levantamos la vista —o al menos yo lo hice—. Él no era de los que llaman la atención por ruido o presencia, sino por calma. Cincuenta y dos años, cabello canoso recortado al ras, barba de tres días bien cuidada, camisa de algodón azul claro abierta hasta el pecho, sin reloj ni pulsera llamativa. Se acercó a la barra, ordenó una cerveza negra y se giró con esa mirada de quien no busca, pero acepta si viene.
—¿Me dejas compartir tu sombra? —le preguntó a Lucía, sin sonar como petición, sino como constatación. Como si ya supiera que ella iba a decir que sí.
Ella lo miró de lado. No era guapo a la manera de los chavos de ahora, ni joven, pero tenía algo… una presencia que no pedía permiso. —¿Y si soy muy aburrida?
—Yo soy muy cansado —respondió él, ya sentado a su lado, con las piernas un poco separadas, las manos sobre las rodillas, como si el mundo no lo llamara a ninguna parte.
—Daniel —se presentó, ofreciéndole la mano. Ella se la dio, sintiendo de inmediato la粗ura de sus nudillos, la firmeza de su apretón.
—Lucía —murmuró ella. Veinte años menos. Y él lo sintió, claro, lo sintió todo: la tensión suave de sus muslos juntos, el movimiento de su pecho al respirar, el olor a vainilla y humo que le alcanzaba cuando se movía.
—¿Qué te trajo a este rincón del mundo? —preguntó él, tomando un trago lento de su cerveza.
—Huy… que me dejó. Y me dio por venir a tomar algo solo para probar que aún me da la chingada por salir.
Daniel se rió, no con burla, sino con complicidad. —¿Y qué te dije yo? Que no te dejes engañar por la velocidad. Que hay cosas que no se corren, se saborean. Como el mezcal. Como el tiempo. Como… una buena conversación.
Lucía lo miró de nuevo, y esta vez sí sintió la punta de la lengua rozarle el labio superior. —¿Y tú? ¿Qué te trajo aquí?
—Hoy cumplí treinta y cinco años de casado. Treinta y cinco. Y hoy, por primera vez, no fue una fecha cualquiera. Fue el día que decidí que la vida no se gana con puntos, sino con giros. Y me vine solo a tomar una cerveza a un bar donde no me conozca nadie.
Ella se quedó callada. No por asco, sino por sorpresa. Él no intentaba cogerla, ni siquiera lo insinuaba con crudeza. Pero sí la miraba como si ya la hubiera desvestido con los ojos. Y, peor aún: como si le gustara que ella también lo hiciera.
—¿Y qué tal si te acompañe a otro giro? —dijo Lucía, con un tono que ni ella se reconocía.
Daniel no sonrió. Solo asintió, y se levantó. Ella lo siguió, con el corazón un poco acelerado, las nalgas apretadas por la falda ceñida que le había puesto con la esperanza de que alguien la notara. No con lástima. Con ganas.
Salieron del bar y caminaron media cuadra hasta una calle tranquila, donde las luces de la avenida apenas llegaban. Él no la tomó de la mano, no la abrazó, ni siquiera la miró directamente. Pero cuando pasó frente a ella y la obligó a caminar tras él, Lucía sintió algo en la entrepierna: una punzada de calor, de anticipación.
—¿Tienes miedo? —le preguntó él, sin detenerse.
—No. Solo… no sé qué esperar.
—Entonces mejor no esperes nada. Solo siente.
Llegaron a un edificio antiguo, de fachada con piedra vista, con un portón de hierro forjado que él abrió con una llave que sacó del bolsillo del pantalón. El interior era oscuro, con paredes de concreto en bruto, techos altos, un escalera de madera que crujía bajo sus pies. Ella lo siguió sin dudar. Él encendió una sola vela sobre una mesa baja, y la luz tembló como si respirara.
—¿Me dejas ver tus ojos? —le pidió él.
Ella asintió. Él se acercó, lento, como si estuviera frente a un animal asustado. Le tocó la cara con la yema de los dedos, primero la mejilla, luego el labio, y por fin, con la punta del índice, bajó suavemente hasta su cuello. Lucía sintió su piel erizarse, el pulso acelerársele en la yugular.
—Eres hermosa —murmuró él—. Pero no por lo que se ve. Por lo que se siente.
Y entonces, con una lentitud que dolía y placentera, le bajó la mano por el brazo, por la espalda, hasta la cintura, y la atrajo hacia él. Ella sintió su cuerpo entero: la firmeza de su pecho, la altura de sus hombros, la energía contenida de sus muslos. Él la besó. No con urgencia. Con sabiduría. Con la calma de quien sabe que el fuego no se apaga si se deja arder despacio.
Lucía respondió, abriendo la boca, dejándose llevar. Él le metió la lengua, lento, probándola, acostumbrándose a su sabor. Ella le pasó las manos por el cuello, por el pelo cano, y sintió cómo su verga se endurecía contra su vientre, gruesa, viva, insistente.
—¿Te gusta sentirme? —le preguntó él, entre beso y beso.
—Sí —murmuró ella—. Mucho.
Él se separó un poco, la miró a los ojos, y le sonrió. Por primera vez, con los dientes.
—Entonces vamos a hacerlo bien. Sin prisa. Sin vergüenza. Solo tú, yo, y el tiempo que nos sobra.
La tomó de la mano y la llevó hasta un sofá bajo, de cuero desgastado. Ella se sentó, y él se arrodilló frente a ella, como si fuera lo más natural del mundo. Le desató los zapatos, uno por uno, con una lentitud que la ponía nerviosa. Le acarició los pies, los dedos, los arcos, y luego le subió las manos por las pantorrillas, por las rodillas, hasta sus muslos.
—¿Me dejo tocarte? —le preguntó.
—Sí —susurró ella—. Por favor.
Él le subió la falda lentamente, hasta los muslos, y se detuvo. La miró a los ojos mientras le separaba un poco las piernas, y le metió la mano dentro de la braga. Lucía soltó un grito ahogado. Él la besó en la frente.
—Shhh… no te apures. Que esto no se acaba hoy. Se acaba cuando tú digas que sí.
Y con tres dedos, empezó a moverse dentro de ella, despacio, encontrando su punto, su ritmo. Ella arqueó la espalda, las tetas le temblaron, y soltó un gemido que no reconoció. Él sonrió, y le besó la punta de la nariz.
—Así es. Así se hace. Con paciencia. Con ganas. Con… tiempo.
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De puerto en puerto, de cama en cama. Mis relatos saben a sal, a noches ajenas y a encuentros que duran lo que tienen que durar.