La noche que me masajeé hasta derritirme con la ayuda de mi ex
4 minLa noche que me masajeé hasta derritirme con la ayuda de mi ex
La primera vez que volví a tocarla después de la ruptura no fue con intención de placer. Fue un acto de reconciliación con mi propio cuerpo, casi ritual: manos limpias, uñas cortas, el baño con la puerta cerrada y la luz tenue. El tiempo había suavizado el rencor, pero no la memoria —y esa memoria, fría y precisa, se agitaba bajo mi piel como un latido reprimido.
Se llamaba Lucía. Se había ido tres meses atrás, con la misma calma con que se apaga una vela: sin explosión, sin humo, solo el silencio que queda después. Pero en esa noche de junio, mientras el aire acondicionado susurraba en la esquina del dormitorio y yo, aún con la camiseta puesta, me senté en el borde de la cama, su rostro apareció sin pedir permiso. No como fantasma, sino como una idea clara, casi tangible. Como si me estuviera observando desde la sombra del espejo.
Me quitó la camiseta sin que yo la tocara. Me lo imaginé.
Sus dedos —largos, con una uña levemente partida en el índice derecho— pasaban despacio por mis costillas. No era una ilusión. Era una necesidad física. Me había prometido, al menos una vez, repetir lo que habíamos hecho antes de que todo se deshilachara. No con ella. Conmigo. Con la versión de ella que yo cargaba dentro, grabada en cada célula.
Me tendí boca arriba. Las sábanas eran de algodón oscuro, frescas. Me llevé la mano al pecho y sentí el latido acelerado. No era ansiedad. Era anticipación. Me miré el vientón, plano y tenso, y bajé lentamente. Los pantalones se abrieron con un zumbido suave. No apresuré el paso. Sabía que el verdadero placer no estaba en el final, sino en el camino que lo preparaba: en la duda de si la siguiente caricia sería demasiado fuerte o insuficiente, en el instante en que el aire roza el glande antes de que la mano lo cubra.
Con la palma abierta, lo acaricié desde la base, sin presión, como si acariciara una tela delicada. La piel estaba sensible, casi alterada por la propia atención. Me recordó las primeras veces, cuando aún no conocíamos los puntos exactos donde ella se derramaba. Me acordé de cómo me pedía que le dijera qué hacía, que le describiera cada gesto, como si las palabras fueran el último estímulo antes de la caída. Entonces, yo no sabía. Ahora sí.
Subí el ritmo. Suavemente. Un movimiento de muñeca, cálido y controlado. No era masturbarse. Era recordar. Cada trazo tenía un eco: el sonido de su risa al verme torpe, el olor a café y vainilla que dejaba en la almohada, la forma en que cerraba los ojos cuando le acariciaba la nuca. Me detuve. Respiré. Volví a bajar la mano, pero esta vez con el pulgar presionando el glande antes de envolverlo por completo.
No pensé en ella. Pensé en lo que había sido. En lo que pudimos haber seguido siendo si hubiéramos sabido esperar. En lo que *yo* no supe darle: tiempo. Paciencia. La confianza de dejarse llevar sin miedo a quebrarse.
La mano se movía con más seguridad ahora. El ritmo subía, pero no como una carrera, sino como una marea que se eleva sin darse cuenta. Me imaginé sus labios rozando mi cuello, su aliento cálido, el leve roce de su pecho contra mi espalda mientras me tomaba de las caderas. No era fantasía. Era evocación. Como cuando se huele algo que te remite a un verano pasado, y por un segundo todo vuelve con claridad.
El cuerpo se tensó. No de golpe. Como un resorte que se libera despacio. Un primer temblor en los muslos, luego en las piernas, y finalmente en la boca. Me mordí el labio. No para callar, sino para guardar el sonido. Porque ese sonido, el que sale cuando ya no puedes fingir que estás en control, era un regalo que solo me pertenecía. Un secreto que nadie más debía escuchar.
Y entonces, sin previo aviso, como cuando ella soltaba una carcajada incontrolable en medio de una conversación seria, todo se derritió. El calor subió por la columna, los dedos se crisparon contra la sábana, y el cuerpo se arqueó como un arco que suelta la cuerda. No fue una explosión. Fue una liberación. Suave. Profunda. Como si me hubiera deshecho y reconstruido en los últimos segundos.
Me quedé quieto. La respiración lenta. El aire frío sobre la piel húmeda. Y por primera vez desde que se fue, no sentí vacío. Solo paz. Y una promesa silenciosa: la próxima vez, lo haré mejor.
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Seduzco con palabras antes que con manos. Lo lento, lo verbal, esa tensión que se construye frase a frase hasta que ya no aguantas.