Me cogió en su terraza mientras su esposa dormía en la casa de al lado
7 minMe cogió en su terraza mientras su esposa dormía en la casa de al lado
La terraza del edificio antiguo olía a café recién hecho, tabaco de cigarro y sudor seco. Camila tenía veintitrés años, piel morena clara como el café con leche, caderas anchas que se movían con esa naturalidad de quien no se da cuenta de lo que tiene, y ojos verdes que brillaban cuando la luz del sol la pegaba de lado. Esa tarde, sin saber muy bien por qué, había aceptado subir al departamento de Daniel, el dueño del taller de restauración donde hacía prácticas como auxiliar de museografía. Él tenía cincuenta y un años, barba canosa bien recortada, manos grandes, arrugas de expresión profundas en la frente y en los costados de los ojos, y una voz ronca que sonaba como una guitarra desafinada pero con alma.
—¿Te cansaste de esperar? —le preguntó él, apareciendo por la puerta entreabierta con una botella de tequila y dos vasos pequeños. Llevaba una camisa de franela abierta hasta el ombligo, sin camiseta debajo, y los pantalones de mezclilla un poco desgastados en las rodillas.
—Más bien me dejaste aquí como si te hubieras olvidado —respondió ella, con una sonrisa perezosa, sentada en el sofá de cuero agrietado.
Daniel se acercó, se sentó a su lado, no tanto por casualidad como por decisión. El tequila se vertió con lentitud, y el sonido del líquido cayendo en los vasos pareció un latido más lento. Tomaron el primer trago en silencio. Ella notó entonces cómo sus ojos se posaban en ella —no con lujuria, sino con una especie de estudio calmado, como si estuviera leyendo un texto antiguo, buscando las grietas, las manchas del tiempo, el valor real de la pieza.
—¿Te gustan los hombres mayores? —preguntó él, sin mirarla a la cara, sino al vacío entre sus piernas.
—A veces —respondió Camila, encogiéndose de hombros—. Depende de si saben qué hacer con lo que tienen.
Él soltó una risa baja, gutural, como si le hubiera acertado a algo que no sabía que estaba escondido.
—Y ¿qué es lo que sabes tú de lo que tengo? —dijo, acercando su vaso al suyo hasta que sus manos se rozaron.
Ella no respondió con palabras. Se inclinó hacia adelante, tomó la botella, y le volvió a llenar el vaso. En ese movimiento, la camiseta le subió un par de centímetros y dejó al descubierto la curva suave de su estómago, la línea oscura que bajaba hacia el borde de sus pantalones cortos.
Daniel tragó su tequila de un trago, se limpió la boca con el dorso de la mano y, sin prisas, se puso de pie. Camila lo siguió con la mirada mientras caminaba hasta el borde de la terraza, donde la ciudad se extendía en colores naranjas y morados. El viento le movió el cabello suelto, y por un momento, ella tuvo la certeza de que él iba a decir algo, a hacer algo, a romper el equilibrio. Pero no lo hizo. Se quedó allí, quieto, con las manos en los bolsillos, mirando hacia abajo, hacia la calle vacía.
—Mi esposa está en Guadalajara —dijo, sin volverse—. Se va tres noches por semana. Dice que es por su hermana. Pero yo sé que es por su nuevo novio. No me importa. Solo digo esto porque… no quiero que pienses que alguien más va a venir.
Ella no dijo nada. Solo se paró, se acercó hasta atrás de él, y apoyó las manos en sus caderas. Sintió los músculos tensos bajo la camisa, la piel caliente, el vello rubio que asomaba por los bordes. Se subió un poco más, hasta que sus pechos rozaron su espalda, y sus labios rozaron la oreja de él.
—¿Y si yo quisiera saber qué haces con lo que tienes? —susurró.
Daniel giró entonces, rápido, con un movimiento que no fue de sorpresa, sino de confirmación. La tomó de la cintura y la jalo contra sí, hasta que sintió el calor de su vientre, el pulso acelerado, la verga dura que ya le apretaba el muslo. No fue suave. Fue un roce intenso, una advertencia.
—Entonces ve a verlo —dijo, con la voz más ronca que antes—. Pero que sepas que no es lo mismo tener una verga grande que saber cómo usarla.
La besó entonces. No con timidez, ni con exceso de pasión. Fue un beso de quemadura, de sabiduría, de boca que ya había probado mil cosas y aún quería más. Le mordió el labio inferior, le introdujo la lengua con lentitud, explorando su paladar como si estuviera buscando algo que le faltaba. Ella le devolvió el beso con hambre, con ganas de sentir su sabor, su sal, su humedad.
Lo empujó hacia el sofá, se sentó sobre su regazo, con las piernas abiertas a los lados de su cintura, y se desabrochó la camiseta. Sus pechos pequeños, firmes, salieron con un movimiento natural, y él los agarró al instante, con las dos manos, apretándolos con fuerza, pasando los pulgares por los pezones endurecidos. Ella gimió, bajó la cabeza, y le chupó el cuello, mordió su clavícula, sintió el sudor salado en la piel.
—¿Quieres que te meta la verga? —le preguntó él, sin soltar sus pechos.
—Sí —respondió ella, sin dudar.
Él le alzó la camiseta, le bajó el short de algodón hasta las rodillas, y la dejó allí, con el culo al aire, la vulva húmeda, los labios hinchados y brillantes. No se apresuró. Le separó las nalgas con las manos, observó su culo pequeño, redondo, con ese hoyito que se hundía cuando se ponía de pie. Luego, con un dedo, le rozó el ombligo, bajó hasta la línea oscura, y lo rozó con la punta de la lengua.
—Estás rica —dijo—. Como una niña que sabe lo que quiere.
Le separó los labios de la vulva con dos dedos y le metió el pulgar, con presión firme, moviéndolo en círculos lentos, sin prisa, hasta que ella empezó a mover las caderas, hasta que empezó a gemir con más fuerza, hasta que su culo se arqueó hacia él.
—Ahora —pidió ella.
Él se puso de pie, se desabrochó el pantalón, sacó su verga grande, gruesa, con la punta rosada y húmeda de preseminal. Le pidió que se inclinara sobre el sofá, que le diera la espalda, que le abriera las nalgas. Ella obedeció, con las manos apoyadas en el cojín, el culo en alto, la vulva abierta, esperando.
Daniel le rozó el ano con la punta de la verga, luego el orificio, presionó un poco, y entró un dedo, lento, hasta la falange. Ella soltó un quejido, tensó el cuerpo, pero no se movió. Él le metió el segundo, luego el tercero, estirando su cuerpo con calma, hasta que sintió que estaba lista.
—Voy a meter la verga entera —dijo, acercándose—. Si te duele, me dices. Pero no te voy a sacar hasta que me digas que sí.
Y la empujó.
La verga entró de golpe, larga, gruesa, rozando su punto G, su cuello uterino, sus entrañas. Camila gritó, no de dolor, sino de plenitud. Él se quedó quieto, apretándole las nalgas, con la frente contra su espalda, respirando fuerte.
—Estás apretada, diabla —murmuró—. Como si no quisieras que me saliera.
Y empezó a moverse. Un ritmo lento al principio, profundo, con el que le sacaba los gemidos más agudos, le hacía perder el aliento. Le metía las manos en el pelo, le jala un poco, le decía “sí”, “así”, “más fuerte”, “no pares”, mientras su cuerpo se movía solo, con su culo chocando contra sus caderas, con sus pechos rozando el cuero del sofá.
Fue un meneo intenso, sin pausas, con el que ella sintió que se abría por dentro, que se inundaba de calor, que se sentía usada, usada de forma buena, usada como una mujer que ya no tiene miedo de lo que quiere. Él la tomó de la cintura, le subió un poco, le clavó la verga hasta el fondo, y le metió los dedos en el clítoris, presionando con fuerza, girando, acelerando.
—Voy a correrte —dijo, con la voz rota.
—Sí, cárgame —respondió ella.
Él se estremeció, apretó sus nalgas, y la verga palpitó dentro de ella, espasmódica, cargada. El semen le salió en chorros gruesos, calientes, golpeándole el fondo del útero. Ella se corrió al mismo tiempo, con un grito ahogado, con
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