La primera vez que me garchó con los guantes de látex

La primera vez que me garchó con los guantes de látex

@camila_rios ·4 de julio de 2026 · 🔥 4.6 (38) · 12 lecturas · 7 min de lectura

Yo no sabía qué esperar cuando entré al estudio de fotos, esa mañana de julio calurosa y húmeda, con el olor a sudor pegado a la ropa y el latido acelerado de una promesa no dicha. Me llamó Matías por WhatsApp hacía tres días: “Hay una sesión que me pidió un cliente… vos tenés que venir. Es raro, pero te va a gustar.” No me había insistido tanto desde que me había sacado de la cama una noche de verano, hace dos años, cuando yo aún vivía con mi ex y me costaba decir que no. Pero esta vez, sí: le había dicho que sí. Porque, la verdad, lo que me decía Matías no era solo trabajo: era una promesa de algo que yo había guardado en el fondo del cajón de las fantasías, envuelto en plástico y olvidado.

Matías me esperaba con su cámara al hombro, esa sonrisa torcida que siempre tenía cuando algo iba a salir bien. Me besó en la mejilla, me besó en la mejilla como siempre, pero esta vez sentí el calor de sus labios más tiempo del necesario. “El cliente ya está adentro. Es un tipo tranquilo, pero… vos sabés cómo son estos pedidos. Es un fetichista. Y vos, Camila, sos la única que me dijiste que te gustaba jugar con el control.”

Lo dijo como si fuera un juego. Como si no supiéramos que no lo era.

Me guidó hasta el fondo del estudio, donde había una silla giratoria de cuero, dos lámparas de pie con luz cálida, y una mesa baja con una caja de cuero negro. En el centro de la habitación, de pie, con las manos juntas detrás de la espalda, estaba él: alto, moreno, musculoso pero sin exageración, con una barba recortada al milímetro y ojos verdes que me miraban sin vergüenza ni pudor. Llevaba un overol negro, ceñido, con cinturón de cuero y botas altas. Nada de camisa. Solo eso. Y una cuerda gruesa, negra, enrollada en una de sus muñecas.

—Este es Santiago —dijo Matías, sin bajar la cámara—. Y esta es Camila. Ella va a ser nuestra modelo hoy.

Santiago asintió, sin apartar la vista de mí. No me ofreció la mano. Solo me miró, como si ya me conociera. Como si me hubiera tocado antes, aunque nunca lo hubiéramos hecho.

—¿Viste lo que te voy a pedir? —me preguntó, con una voz grave, que me subió la piel de gallina.

—No —respondí, con la voz un poco más aguda de lo que quería.

—Te voy a garchar. Pero no con las manos. Ni con la boca. Con estos —dijo, abriendo la caja de cuero—. Guantes de látex, de los que usan los médicos, pero reforzados. Y un lubriante específico, que no los rompe. Y vos, Camila, vas a tener que aguantarte hasta que yo te dé permiso para tocarte.

Matías soltó una risita baja. “Eso es lo que te dijo el cliente. Y vos dijiste que sí.”

Yo tragué saliva. No era la primera vez que hacía photoshoots eróticos, pero sí la primera vez que iba a estar tan expuesta, tan… controlada. Me sentí una niña pequeña, de pie en medio del escenario, sin saber si iba a reír o a llorar. Pero cuando Santiago se acercó, con los guantes ya puestos —negros, brillantes, ajustados como segunda piel—, sentí que el mundo se detenía.

—Vamos a empezar con la ropa —dijo, sin prisa—. Despojate, lento. Que yo vea cada paso. Que Matías vea cada paso.

Me desabrochó el primer botón del vestido, con una punta de los guantes, como si fuera un cirujano preparándose para una operación delicada. Me desabrochó los otros tres. Me bajó la cremallera, despacio, hasta que el tejido se abrió como una flor cerrada. Me quitó los zapatos, sin tocar mis pies, sin mirarlos. Me quitó el vestido, enrollándolo suavemente hasta que quedó en el piso, y yo, de pie, con el sostén de encaje negro y la slip de seda, temblando.

—Hermoso —dijo Matías, haciendo clic, clic, clic—. Camila, mirá a Santiago, no a la cámara.

Lo hice. Y cuando lo miré, vi que no sonreía. Que sus ojos no parpadeaban. Que solo quería una cosa: que yo me entregara.

—Ahora, sentate en la silla —dijo Santiago, tomándome del brazo, sin fuerza bruta, pero con firmeza—. Y no te toques. Ni siquiera te acerques. Si te muevo, vos no te mueves.

Me senté. Las manos sobre las rodillas, palmas hacia arriba. Él se puso detrás de mí, me puso las manos sobre los hombros, y empezó a masajearme con los guantes. Ese roce, tan suave, tan frío al principio, luego calentándose con su piel, me hizo estremecer. Me puso los dedos en la nuca, me inclinó la cabeza hacia adelante, y me besó en el cuello. No un beso de pasión: un beso de prueba. De control.

—¿Te gusta que te toque así? —me preguntó, con la boca pegada a mi oreja.

—Sí —murmuré.

—Decilo en voz alta.

—Sí.

—¿Qué te gusta?

—Que me toques con los guantes.

—¿Y si te toco más abajo?

—Sí.

Me giró la cabeza, me miró a los ojos. Me agarró la barbilla con un dedo enguantado y me dijo:

—Vas a tener que decirme lo que querés. Si querés que te garche. Si querés que te toque la concha. Si querés que te meta los dedos y te haga venir. No me digas que sí sin pensarlo. Me mirás y me decís qué querés.

Me quedé callada. Porque no era solo sobre el deseo: era sobre el poder. Y por primera vez, sentí que tenía uno real.

—Quiero que me garches con los guantes —dije, en voz alta, sin vergüenza.

Matías soltó una risita ahogada, pero no hizo ningún comentario. Solo siguió disparando.

Santiago sonrió. Y por primera vez, sentí que era real.

Se puso de pie, se quitó el overol, y quedó en ropa interior negra. Me volvió a mirar. Me puso las manos en las muslos, me abrió las piernas, y se arrodilló entre ellas. Con un dedo, rozó el borde de mi slip, deslizándolo hacia un lado. Me puso la punta del guante sobre el clítoris, y lo movió en círculos lentos, sin presión, solo roce. Me puse rígida. Me agarré de los brazos de la silla.

—Si te vine, Camila, vas a tener que esperar —dijo, sin mirarme—. Si te vine antes de que yo te lo diga, te paro.

Y me lo dijo como una orden. Como algo que no se discutía.

Y yo lo creí.

Me llevó un montón de tiempo. Me llevó una hora de toques, de masajes, de besos en el cuello, de palabras que me decía al oído, de miradas que me decían lo que quería que hiciera. Me llevó sentir su polla dura, pegada a mi espalda, mientras él me hacía estremecer con los guantes. Me llevó saber que, cuando me acarició la concha con dos dedos, con el lubriante que me puso en el interior, yo no me vine, sino que aguanté, porque él lo había pedido.

Me vine cuando me lo dijo.

Cuando me puso un dedo, luego dos, y me dijo: “Vení, Camila. Vení con todo. Estás permitida.”

Y me vine.

Con los ojos cerrados, con los labios entreabiertos, con la boca abierta, sin decir nada.

Y entonces Santiago me giró, me quitó los guantes, y se puso frente a mí. Me besó, con su lengua y su sabor, y me dijo:

—Ahora te voy a coger. Pero vos no me tocas. Ni siquiera me mirás la cara. Me mirás los ojos solo cuando te diga. Y si te vine, te paro.

Y me cogió.

Con la polla dura, con la polla entera, con la polla que no quería que le fuera bien. Me cogió hasta que me vine dos veces más. Me cogió hasta que no pude más. Me cogió como si yo no tuviera nombre, como si yo fuera solo sujeto de su deseo.

Y cuando terminó, me puso de pie, me besó en la frente, y me dijo:

—Te volví a dejar en orden.

Y yo, temblando, con la polla de Santiago aún pegada a mi muslo, le dije:

—Gracias.

Porque no era vergüenza lo que sentía. Era libertad.

Y Matías, con su cámara en la mano, me miró y me dijo:

—Vas a estar en el portfolio para siempre, Camila.

Pero yo ya no lo escuchaba.

Porque en ese momento, solo pensaba en volver a sentir los guantes.

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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

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