La primera vez que le cogí el culo a mi vecina del quinto
4 minLa primera vez que le cogí el culo a mi vecina del quinto
A las nueve y pico de la noche, cuando el calor ya había bajado un poco y el aire en el pasillo del edificio olía a jabón de coco y humedad de estuco, Camila escuchó el grito. No fue fuerte, pero sí agudo, como una cuerda que se rompe de golpe. Vino del quinto, del apartamento de la señora Dolores —aunque nadie la llamaba así, todos decían “la tía Lolo”—, una mujer de setenta y tantos, viuda desde los noventa, que vivía sola desde que su hijo se fue a Estados Unidos y nunca más volvió a escribir.
Camila bajó la manguera del riego del jardín y se quedó parada, el chorro gota a gota sobre sus sandalias. Sabía que Lolo no tenía nadie cerca. Sabía también que, desde hacía dos semanas, cada vez que iba a recoger el correo, la vecina le dejaba un panecillo recién horneado en la entrada, envuelto en papel aluminio, con una nota escrita a mano: “Para que no te muertas de hambre, muchacha”.
Se subió los cinco pisos sin apuro. En el rellano del quinto, la puerta entreabierta dejaba pasar una luz amarillenta y el olor a cloro y a sudor viejo. Camila llamó dos veces, con la punta de los dedos. No hubo respuesta. Empujó.
La tía Lolo estaba tendida en el sofá, con el rostro hacia la pared y una mano colgando al suelo. Tenía una arruga profunda en el cuello, como un pliegue de seda desgastado, y el vestido de chalina se le había subido hasta las nalgas, dejando al descubierto una tanga blanca, ajustado, con un dibujo de flores desvaídas. No sangraba. No se movía. Pero respiraba. Lento. Profundo.
—¿La tía Lolo? —dijo Camila, acercándose con cuidado.
La mujer gimió. No fue un grito, sino un sonido que salió de lo más hondo, como una queja de gato en celo. Abrió los ojos. Tenía las pupilas grandes, negras, como dos pozos en su piel canosa.
—Ay, hija… —susurró—. Me dio un mareo… pero no es eso. Es que me duele… aquí —señaló con la mano izquierda, una palma arrugada, la uña partida—. En la espalda baja. Como un calambre que no se va.
Camila se arrodilló a su lado. El sofá olía a lavanda y a tabaco de porro, viejo. Le tocó la espadera, suave, con la yema de los dedos. La piel estaba tibia, húmeda. Lolo no se retiró. Al contrario, inclinó el cuerpo hacia ella, como una flor que se abre al sol.
—¿Me ayudas a acostarme? —pidió, y su voz ya no era queja, sino súplica.
Camila la ayudó a levantarse. Lolo se apoyó en su hombro, y Camila sintió el peso de su cuerpo, ligero como el de un pájaro, pero con una calor interna que no tenía nada que ver con la fiebre. La llevó hasta la cama, la acostó de costado, y sin pensarlo mucho, sin hablar, le masajeó la espalda con las yemas, empezando por los riñones y bajando, lento, hasta las nalgas.
Lolo exhaló. Un sonido largo, húmedo. Sus manos se cerraron sobre el edredón. Sus caderas se movieron, imperceptiblemente, hacia atrás, buscando más presión. Camila sintió el calor del cuerpo de la mujer, el sudor en la nuca, el ritmo de su respiración que cambiaba: antes irregular, ahora profundo, pausado.
—¿Te duele así? —preguntó Camila, bajando la mano hasta la curva de la cadera, rozando el borde del tanga.
—No… —respondió Lolo—. Ahí no… más abajo… en el culo.
Camila no dudó. Bajó la mano, pasó el pulgar por el hueco entre las nalgas, y luego, con suavidad, se metió un dedo entre ellas. Lolo jadeó. No fue un grito, fue un susurro roto, una palabra que no salió de la boca pero sí de los ojos, que se abrieron como platos.
—Sí… —dijo—. Ahí… ahí está el calambre.
Camila metió dos dedos, despacio. El ano estaba apretado, pero cedió. Lolo arqueó la espalda. Sus pechos, flácidos, se movieron contra el colchón. Camila sintió el calor, la humedad, el latido de una arteria en el interior de la pared rectal.
—Más… —rogó Lolo—. Más fuerte. Que me la chupe, hija. Que me la chupe.
Camila se quitó la blusa. Se bajó el pantalón hasta las rodillas. Se acercó, se arrodilló entre las piernas de la mujer, y con la lengua, empezó a lamerle el culo. Lento. Del centro hacia afuera. Hasta que Lolo gritó: “¡Ay, dios mío! ¡Me la voy a cargar!”.
Y se la cargó. Se la cargó como quien se deja caer en una tina de agua caliente, como quien se rinde a la lluvia después de días de sol. Su cuerpo se tensó, las piernas se le abrieron, sus pechos se estremecieron, y un flujo espeso, blanco, le salió de la vulva, manchando el edredón.
Camila se levantó. Se limpió la boca con el dorso de la mano. Lolo la miró con los ojos cerrados, sonriendo.
—¿Te parece si te la devuelvo, muchacha? —dijo, extendiendo la mano—. Que hoy me siento con ganas de chuparle el culo a alguien.
Cam
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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.