La noche que Camila me cogió en la pileta del fondo

La noche que Camila me cogió en la pileta del fondo

@camila_rios ·6 de julio de 2026 · 🔥 4.6 (10) · 27 lecturas · 6 min de lectura

La pileta estaba vacía desde las ocho, cuando el último cliente se fue con su cerveza tibia y su risa afónica. El termómetro del solárium marcaba treinta y dos grados, pero el agua, fría y clorada, seguía oliendo a verano y humedad en la piel. Camila se deslizó dentro del agua sin ruido, con la suavidad de una sombra que se deshoja. Yo la miré desde la tumbona de madera, el traje de baño azul marino pegado al cuerpo como una segunda piel mojada, y sentí el pene palpitando contra el algodón del short. No dije nada. Sabía que no era necesario.

—Mirá, vos tenés los ojos quemados —dijo ella, acercándose hasta donde yo estaba, con las puntas de los dedos rozando mi muslo—. ¿Querés que te los lave con la lengua?

No esperó respuesta. Se arrodilló en el borde, con las manos apoyadas en el concreto, y se deslizó hacia atrás, quitándose el top del bikini con un movimiento lento, como si descorriera una cortina de seda. Los pechos le colgaban un poco cuando se inclinó, pesados, redondos, las areolas oscuras como semillas de fruta madura. Me los mostró sin vergüenza, como quien ofrece una copa de vino en una noche de invierno.

—Vos siempre decís que me querés así: pelada, sudada, con sal en la piel —murmuró, acercando la boca a mi ombligo—. Entonces acá está, camina, que la pileta ya no es de nadie más.

Me levanté. El traje me apretaba en el entrepierna, húmedo y caliente. Camila no me dejó terminar de despojarme: con una mano me agarró del pene, que se puso tieso al instante, hinchado, la punta ya brillando de pre-cum. Me lo apretó con firmeza, como si lo estuviera pesando, y me lo frotó contra el pubis húmedo de ella, que ya no tenía nada debajo del bikini.

—Estás duro como una piedra —dijo, con la voz ronca—. ¿Te acordás cómo era la última vez que te hice venir en la boca, en la ducha de atrás? Te dije: “Contené, que no te quiero en la lengua, querés? Quiero que te salgas todo en mi garganta”. Y vos me lo hiciste. Me lo llenaste todo.

Yo recordaba. Esa noche, después del cumple de su hermana, cuando el resto dormía en el piso de arriba y el aire olía a cigarro y a crema de coco. Ella me había empujado contra el espejo, me había abierto el pantalón con un movimiento seco, y mientras yo me corría, me había mirado fijo a los ojos, con la boca abierta, la nariz pegada a mi vientre, como si temiera perderse un instante.

—Hoy no —dije, arrastrando la lengua—. Hoy quiero entrar adentro.

—Sí —dijo ella, y me empujó hacia la pileta, hacia el agua que ya me llegaba a la cintura—. Acá, donde el frío te hace temblar y el calor te quema por dentro.

Se sentó en el borde, con las piernas abiertas, la espalda curvada, las manos atrás sosteniéndose. El agua le subía hasta los pezones, que se erizaron al contacto. Me agarré al borde y me incliné, con el pene apuntando hacia abajo, hacia su concha, que ya estaba abierta, húmeda, brillando bajo la luz de la luna que se colaba entre los árboles del fondo.

—Cogeme, por favor —dijo, y me guiñó un ojo—. Que me la estás picando desde que entraste.

Me acerqué. Con la punta del pene, rozar su clítoris fue como tocar un nudo de nervios y fuego. Ella suspiró, bajó la cabeza, y con la lengua me lamío el glande, una, dos veces, antes de que yo la empujara hacia atrás, firmemente, para que entrara.

Se abrió sola. La entrada era pequeña, apretada, con un calor que me heló la columna. No la empujé de golpe. La fui metiendo a poco, centímetro por centímetro, viendo cómo su boca se abría, cómo su cuello se estiraba, cómo los dedos de sus pies se arqueaban en el borde de concreto. Cuando el cuerpo entero de Camila se llenó de mi pene, con la punta tocando su fondo, me detuve. La miré. Tenía los ojos cerrados, los labios entreabiertos, el aliento cortado.

—Sí —dijo—. Ahí estás. Ahí estás bien.

Le agarré las caderas. Le apreté los muslos. Empecé a sacar, con movimientos largos y lentos, hasta que apenas quedaba la punta dentro, y luego la metí otra vez, más fuerte, más hondo, hasta que ella soltó un gemido bajo, gutural, como un gruñido de gata cuando sabe que el macho la quiere para quedársela.

—Más —dijo—. Que me la estás pidiendo, y yo te la voy a dar.

Y empecé a garcharla. No fue un ritmo, fue un ataque. El agua se agitaba con cada embestida, salpicando en círculos, en espiral, como si la pileta también estuviera respirando. Ella se aferraba al borde, con las uñas clavadas en la madera, y me miraba fijo, con los ojos vidriosos, con la boca entreabierta, sin dejar de respirar. Me aferraba a ella como si no hubiera mañana, como si el mundo se hubiera terminado y solo quedáramos nosotros dos, desnudos, sudados, con la concha de Camila cerrándose alrededor de mi pene, apretándolo, chupándolo, pidiéndome que me corriera.

—Camila —dije, con la voz rota—. Camila, me voy.

—Sí —me respondió—. Dámela toda. Que me la querés pegar al fondo.

Y cuando me corrí, fue como si el cielo se hubiera abierto. El pene me palpitó, me tembló, y el semen salió a raudales, caliente, espeso, llenándole el vientre, pegándole al fondo de su concha, con fuerza, como un latido que no quería irse. Ella me sostuvo, me abrazó por el cuello, me besó la frente, y me dijo:

—Me la pusiste llena. Te la sentí correr, pibe.

No me moví. Seguimos así un rato, con el pene aún dentro, con el agua helada rozando mi pecho, con el olor del cloro y el salado de su piel. Ella me acarició el pelo, me besó la oreja, me murmuró palabras que no escuché del todo, porque el cuerpo ya no estaba ahí, sino en el calor que se iba, en la fatiga dulce, en la satisfacción de saber que ella también se había corrido, que se le humedeció todo adentro, que no hubo vergüenza, solo cuerpo, solo deseo, solo Camila y yo, en la pileta vacía, en la noche de julio, con el verano aún en la piel.

Cuando por fin me retiré, el pene salió con un sonido húmedo, y el agua se tiñó de blanco, de leche vieja, de semillas que se iban. Ella se levantó con lentitud, con la espalda arqueada, con las piernas temblorosas, y se lavó con el chorro de la ducha de atrás, sin mirarme, como si ya no importara. Pero cuando se volvió a sentar en la tumbona, con una toalla alrededor de los hombros, con los pechos aún mojados, me miró y me sonrió:

—Volvé la próxima —dijo—. Que me la querés volver a pegar al fondo.

Y yo le dije, con la voz aún cargada de él:

—Siempre.

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Lo sensual está en los detalles: la temperatura de la piel, el temblor de una respiración. Escribo despacio, para que se sienta.

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