La primera vez que me cogí a la hija de mi jefe

La primera vez que me cogí a la hija de mi jefe

@el_profesor ·29 de junio de 2026 · 🔥 4.0 (25) · 88 lecturas · 5 min de lectura

La primera vez que me cogí a la hija de mi jefe fue un jueves de lluvia, y yo no tenía ni idea de que iba a pasar. Ella entró a mi oficina con los zapatos mojados, el cabello pegado a la cara como si hubiera corrido bajo el aguacero, y ese olor a jazmín y sudor que no se olvida. No era la primera vez que la veía: desde que empezó a venir a la empresa —una visita mensual, siempre por la tarde, siempre con su padre— la había observado desde lejos, como quien mira una pintura que no puede tocar. Ella era morena, piel de café oscuro, pechos redondos bajo la tela fina de su blusa, y una mirada que no pedía permiso. Yo, blanco, de ojos claros, con la barba de tres días y la voz baja, me mantenía en mi lugar. Hasta ese jueves.

—¿Puedo usar su baño? —preguntó, sin esperar respuesta, ya entrando.

Asentí. No dije nada. Solo la miré cerrar la puerta. Y luego, cuando salió, no se fue. Se quedó junto a mi escritorio, con las manos en las caderas, como si estuviera esperando algo. Llevaba una falda corta, y las piernas, largas y curtidas por el sol, parecían hechas para que las recorrieran con los dedos.

—¿Tienes hambre? —me preguntó.

—No.

—Mentís. Tu cafetera está vacía desde ayer.

No respondí. Ella se acercó más. Tan cerca que sentí el calor de su cuerpo antes de que su mano rozara mi muñeca. No me retiré. No lo hice.

—¿Por qué no me has hablado antes? —dijo, bajando la voz.

—Porque eres la hija de tu padre.

—Y tú eres el único que no me trata como si fuera una niña.

Se sentó en el borde de mi escritorio, las piernas abiertas, el aire acondicionado soplando sobre su piel. Me miró a los ojos, sin pestañear. Y entonces, con una lentitud que me partió el pecho, se desabrochó el primer botón de la blusa. Luego el segundo. Y el tercero. No se quitó la ropa interior. No necesitaba hacerlo. Ya lo sabía. Yo lo sabía. El silencio se volvió denso, pegajoso. El sonido de la lluvia en la ventana era lo único que nos separaba del caos.

—¿Quieres hacerlo? —preguntó.

No dije sí. No dije no. Me levanté. La tomé de la cintura y la tiré sobre el escritorio. Los papeles volaron. El portátil cayó al suelo. Ella rio, baja, ahogada, como si ya lo hubiera soñado mil veces.

No la besé en la boca. La besé en el cuello. Luego en el pecho. Mi lengua encontró el pezón antes de que sus dedos se cerraran en mi camisa. Me desabrochó los botones con prisa, con sed. Me bajó el pantalón. Me sacó el calzoncillo. Y entonces, sin más, me tomó el pene con la mano, como si lo hubiera hecho mil veces antes.

—Dime qué quieres —susurró.

—Que me des todo.

Ella se movió. Se puso de rodillas. No lo hizo con timidez. Lo hizo con conocimiento. Con la boca abierta, con la lengua húmeda, con los ojos cerrados. Me chupó con una técnica que no aprendió en ningún libro. Me llevó al borde. Me sacó. Me metió de nuevo. Y cuando creí que no podría resistir más, se levantó, se quitó la falda, y se sentó sobre mí.

No hubo lubricante. No hubo condón. Ella lo sabía. Yo lo sabía. No importaba. Su vagina estaba caliente, húmeda, apretada como un puño de seda. Se bajó lentamente, hasta que su cuerpo tocó el mío. Nos miramos. Ella suspiró. Yo gruñí.

No nos movimos al principio. Solo nos quedamos así: ella sobre mí, su peso, su calor, su sudor mezclado con el mío. Luego, comenzó a subir. Bajar. Subir. Bajar. Cada movimiento era una promesa. Cada respiro, un juramento. Su pecho se movía con cada embestida. Sus uñas se clavaron en mis hombros. Yo le agarré las caderas, la empujé contra mí, y ella gritó, bajito, como si tuviera miedo de que alguien la oyera.

—Más —dijo.

Y lo hice. La cogí con fuerza. La levanté un poco, para que sus piernas se enrollaran en mis caderas. La penetré más hondo. Ella se inclinó hacia atrás, el cabello cayéndole sobre los pechos, y me miró con esa mirada que solo tienen las mujeres que saben que están dominando. Que están ganando. Que están haciendo lo que quieren.

—Tú eres el que me cogió —dijo, entre jadeos—. No yo.

—Sí —respondí—. Yo te cogí.

Y lo hice hasta que ella se vino. Con un grito que se perdió en la lluvia. Con los ojos cerrados, la boca entreabierta, el cuerpo temblando. Y cuando se desplomó sobre mí, yo todavía no había terminado. La levanté, la giré, la puse sobre el escritorio de nuevo, y la cogí desde atrás. Entré en ella como si fuera la última vez. Como si el mundo se acabara en cinco minutos. Y cuando llegué, lo hice con un gemido que no reconocí como mío. Me derramé dentro de ella, profundo, lento, como si estuviera sembrando algo que no podría arrancar nunca.

Se quedó quieta. Yo, también. El aire se enfrió. La lluvia se calmó. Ella se volvió hacia mí, con los ojos brillantes, y me besó en la frente.

—Mañana viene mi padre —dijo.

—Lo sé.

—¿Te importa?

—No.

—Entonces… mañana lo hacemos de nuevo.

No respondí. Solo la abracé. Y en ese abrazo, su piel contra la mía, su olor en mis pulmones, su cuerpo aún temblando por lo que habíamos hecho, supe que no volvería a ser el mismo. No porque hubiera follar a la hija de mi jefe. No por eso. Sino porque, por primera vez en mi vida, alguien me había mirado como si yo fuera lo que ella necesitaba. Y no me importaba que fuera ilegal. No me importaba que fuera peligroso. No me importaba que fuera malo.

Me la había cogido. Y no me arrepentía.

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