Los Dedos de Cera
8 minLos Dedos de Cera
La lluvia golpeaba las ventanas del loft como si fuera un ritmo antiguo, un tambor que solo ella entendía. Lucía tenía los pies descalzos sobre el piso de madera oscura, las uñas pintadas de un rojo que parecía sangre recién derramada, y en cada dedo, una pequeña vela de cera blanca, fundida hasta la mitad, desprendiendo un olor a miel quemada y lavanda. No era una decoración. Era un ritual. Y él lo sabía.
Diego la había encontrado tres años antes en una feria de artesanías en Oaxaca, donde ella vendía velas hechas a mano con aceites esenciales que decía “hablaban con el cuerpo”. Él se detuvo frente a su puesto porque no había nadie más que mirara sus manos mientras las moldeaba: largas, delicadas, con las yemas marcadas por pequeñas cicatrices de quemaduras antiguas. No dijo nada. Solo le compró una vela —la de jazmín— y se la llevó a casa. La encendió esa noche, y se durmió con el aroma pegado a la piel.
No volvieron a verse hasta seis meses después, en una galería de arte en la Ciudad de México. Ella estaba frente a una instalación de cuerpos envueltos en tela, y él la vio desde atrás, con un vestido negro que se ajustaba a sus caderas como una segunda piel. Se acercó sin hablar. Ella lo sintió antes de girarse. Su mirada no se sorprendió. Solo sonrió, lenta, como si hubiera estado esperando.
—Todavía la enciendes —dijo ella, sin moverse.
—Cada noche —respondió él.
No fue amor, al menos no al principio. Fue una necesidad. Un código silencioso entre dos personas que habían aprendido a escuchar lo que el cuerpo decía cuando la boca callaba.
Esa noche, en su loft, él se quitó la camisa sin mirarla. Ella no lo detuvo. Solo levantó una mano, y con el dedo índice, rozó la vela que tenía en el pie derecho. La cera estaba derretida, pegajosa, casi líquida. Una gota cayó sobre su piel, y ella no se movió. La observó cómo se esparcía, lenta, como un río de oro en su planta.
—¿Te acuerdas lo que dije la primera vez? —preguntó ella.
—Dijiste que la cera no quema si el cuerpo la recibe con calma.
Ella asintió. Se sentó en el borde del sofá, las piernas abiertas, los pies elevados. Las velas temblaban levemente con su respiración.
—Y tú —continuó—, dijiste que si yo te dejaba, sería por miedo a sentir.
Él se acercó. Se arrodilló frente a ella. No tocó su piel aún. Solo miró sus pies, esos pies que habían sido el primer lugar donde él sintió que el deseo tenía forma, no solo movimiento. Las uñas, las curvas, los tendones tensos, la piel que parecía seda recién lavada.
—No tengo miedo —dijo él, con la voz baja, como si temiera romper el aire.
—Entonces hazlo.
Él inclinó la cabeza. No besó su pie. No lo lamió. No lo tocó con los labios. Con la punta de su dedo índice, rozó la gota de cera que aún colgaba del dedo gordo de su pie derecho. La cera estaba tibia, casi caliente. La levantó con cuidado, como si fuera un hilo de miel, y la acercó a sus propios labios. La probó. Dulce. Salada. Viva.
Lucía cerró los ojos. Un suspiro escapó de su garganta, largo, profundo, como si hubiera estado conteniendo el aire desde que él entró.
Él no se detuvo.
Con la misma mano, tomó otra vela, la de su segundo dedo, y la inclinó. Otra gota cayó, esta vez sobre su muñeca. La siguió con la lengua, lenta, como si estuviera descifrando un mapa. Ella se estremeció, pero no habló. Solo levantó la otra mano, y con el pulgar, apretó suavemente la base de su propio pecho. Su pezón se endureció, visible bajo la tela del vestido.
Diego se levantó. Se desabrochó los pantalones. Se los bajó sin mirarla. Su pene, ya erecto, se alzó entre sus piernas, oscuro, húmedo, perfecto. Ella lo miró. No con deseo, no con ansia. Con reconocimiento. Como si lo hubiera visto antes, en otro cuerpo, en otra vida.
—No quiero que me toques aquí —dijo ella, señalando su entrepierna con la barbilla—. Quiero que me quemes.
Él se acercó. Se puso detrás de ella, sobre el sofá. La tomó por las caderas, con fuerza, pero sin violencia. La levantó un poco, y la colocó sobre su regazo, de espaldas, con las piernas abiertas sobre sus muslos. Ella se dejó caer, con la cabeza hacia atrás, apoyada en su hombro. Él la envolvió con los brazos, y con la barbilla, rozó su cuello.
—Dime dónde —susurró.
—En la espalda. En los hombros. En los muslos. Donde la cera se quede.
Él tomó otra vela, la de su dedo corazón, y la acercó a su piel. La cera goteó, lenta, sobre su omóplato derecho. Lucía jadeó. No gritó. Solo cerró los ojos y apretó los puños. La cera se solidificó al instante, una capa transparente, como una escarcha de azúcar. Él la tocó con los dedos, la levantó con cuidado, y la llevó a su boca. La masticó, lento. Dulce. Caliente.
—Sigue —dijo ella.
Él lo hizo. Una gota en su omóplato izquierdo. Otra en la curva de su cintura. Otra en el inicio de su muslo. Cada gota era una promesa. Cada gota, una marca. Ella no se movía. Solo respiraba, profundo, como si cada inhalación fuera un acto de fe.
Cuando terminó con los muslos, él se levantó. Se quitó los pantalones por completo. Se puso de rodillas frente a ella, y con las manos, le levantó el vestido hasta la cintura. Su vulva estaba húmeda, brillante, los labios entreabiertos, como una flor que se abre al sol. Él no la tocó. Solo miró. La cera se había secado en su piel como un mapa de fuego.
—Ahora —dijo ella—. Tú.
Él entendió. Se acercó. Se sentó sobre sus talones, y le ofreció su pene. Ella lo miró, largo, tenso, la punta brillante por el líquido preseminal. Tomó una vela nueva, la que tenía en su dedo meñique, y la inclinó. La cera cayó, gruesa, sobre la base de su pene. Él no se movió. Solo cerró los ojos. La cera se solidificó, una capa blanca, frágil, como una corona.
Ella lo tocó con los dedos. La cera estaba tibia. La levantó con cuidado, y la llevó a su boca. La masticó. La tragó. Luego, con la misma mano, tomó su pene. Lo envolvió con los dedos, lentamente, y comenzó a moverse, sin apresurarse. La cera se deshacía con su calor, se fundía en su piel, y ella la recogía con la lengua, una y otra vez, como si fuera la primera vez que probaba el sabor de un hombre.
Él gimió. No fuerte. Solo un sonido bajo, como el de una cuerda que se tensa hasta el límite. Sus manos se clavaron en sus caderas. Ella subió más, hasta que su vulva rozó su barbilla. Y entonces, sin detenerse, sin dejar de chuparle la cera, bajó la cabeza y lamió su clítoris. No con fuerza. Con precisión. Como si estuviera dibujando una palabra con la lengua.
Él se desmoronó.
No con un grito. Con un silencio que estalló dentro de él. Su cuerpo se tensó, los músculos se contrajeron, y el semen salió en chorros largos, calientes, pegajosos. Ella lo recibió con la boca, tragando cada gota, lamiendo su pene hasta que la última gota cayó. La cera, ahora mezclada con su semen, se volvió una pasta oscura, brillante, que le resbalaba por el muslo.
Cuando terminó, ella se levantó. Se acercó al espejo de cuerpo entero que había en la pared. Se miró. La cera aún estaba en su piel, en sus hombros, en sus muslos, en su espalda, como una túnica de nieve derretida. Se giró hacia él.
—¿Me ves? —preguntó.
Él se acercó. La tocó. Con las yemas de los dedos, recorrió las marcas de cera. Luego, con la boca, las besó. Una a una. Cada gota era un recuerdo. Cada marca, un nombre.
—Te veo —dijo él—. Y te recuerdo.
Ella sonrió. Se quitó el vestido. Se sentó en el suelo, con las piernas cruzadas, y le pidió que se sentara frente a ella. Tomó otra vela. La encendió. La sostuvo entre sus manos.
—Esto —dijo— no es un juego. No es un capricho. Es lo que me hace sentir viva. Lo que me hace sentir que tú me ves. No como una mujer. No como una amante. Como alguien que sabe que el cuerpo no solo quiere, sino que recuerda.
Él la miró. No dijo nada. Solo tomó su mano, y con los labios, besó la cicatriz que tenía en el pulgar. La misma que él había visto en la feria, tres años antes.
Ella se inclinó. Le besó la frente. Luego, lentamente, bajó hasta su pene, todavía húmedo, todavía caliente. Lo tomó con las manos, y lo acercó a su boca. No lo chupó. Solo lo rozó con los labios, y luego, con la lengua, trazó una línea, suave, desde la base hasta la punta.
—¿Quieres que lo haga otra vez? —preguntó ella.
Él asintió.
Ella sonrió. Encendió otra vela.
Y así, entre el olor a miel y la lluvia que no cesaba, comenzaron otra vez. No como si fuera un ritual. Como si fuera la única forma que tenían de decirse: “Estoy aquí. Y no me iré.”
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.