Cuando me cogí a la esposa de mi jefe en el garaje
5 minCuando me cogí a la esposa de mi jefe en el garaje
El garaje de la oficina estaba vacío a esa hora: 20:17, viernes, con el sol ya cayendo en ángulo plano sobre el concreto gris y polvoriento. Los otros habían ido a la reunión de fin de mes; yo me quedé para terminar el informe del proyecto, aunque la verdad es que no hacía nada más que esperar. Esperar a que ella bajara.
Clara. Treinta y siete años, casada desde los veinticuatro, dos hijos pequeños, pelo castaño oscuro recogido en un nudo apretado, labios gruesos que siempre parecían decir algo sin abrirlos. Y ojos. Ojos que me habían estado mirando desde el primer día que llegó, sin disimulo, sin miedo, como si ya supiera algo que yo no. Desde entonces, cada vez que se sentaba frente a mí en las juntas, sus rodillas rozaban la mesa debajo —una fricción ínfima, invisible—, pero yo sentía el calor como una descarga eléctrica en los testículos.
Ese día, cuando el timbre del ascensor marcó el final de la jornada, ella se quedó. No por trabajo. Por mí.
—¿Todavía estás? —preguntó, apareciendo en la puerta entreabierta, con la blusa desabrochada dos botones de más, el cuello descubierto, el pecho ligeramente elevado con cada respiración pausada.
—Casi termino —mentí.
Ella se acercó, se apoyó en el borde de mi escritorio, los codos hundidos, los pulgares rozando la base de la yema de los dedos. Su perfume no era fuerte, pero sí definido: vainilla quemada y tabaco frío, algo que olía a casa, a cama hecha, a pecado.
—¿Te importa si uso el garaje? —dijo, sin soltarme la mirada—. Mi auto no arranca.
—Claro —respondí, con la boca seca.
No nos movimos. Ella siguió mirándome. Yo, con la espalda rígida, sentí cómo el pene empezaba a hincharse dentro del pantalón, la punta de la cabeza rozando el tejido, sudor frío en las axilas. Clara sabía. Lo sabía desde hacía meses, quizás desde el primer café que me sirvió con las yemas de los dedos rozándome la mano al entregarlo.
—Vamos abajo —dijo, por fin, girándose sin esperar respuesta.
El garaje olía a goma quemada, aceite viejo y polvo. El auto de Clara estaba aparcado en su lugar habitual, pero ella no se acercó a él. En cambio, se detuvo frente al mío, un viejo SUV gris, cerrado, con las ventanas empañadas por el calor. Me volví hacia ella. Se había quitado los tacones y caminaba en calcetines, los pies descalzos casi en el suelo, los muslos tensos bajo la falda plisada, de un color azul oscuro casi negro.
—¿Me ayudas a abrirla? —preguntó, señalando el maletero con una sonrisa que no llegaba a los ojos—. Se me cayó algo dentro.
No era verdad. Lo sabíamos los dos.
Me acerqué. Ella no se movió. Puse las manos en la manija, sentí el metal tibio, y cuando tiré, ella se puso de rodillas frente a mí, sin prisa, como si ya lo hubiera hecho cientos de veces. Sus dedos rozaron mi pantalón por fuera, luego se metieron dentro, sin pausa, sin pedir permiso, como si fuera natural, como si lleváramos años haciendo esto.
—Clara… —empecé, pero ella me cortó con una mirada que me paralizó.
—Cógeme —dijo, sin soltar mi polla, que ya estaba dura y pesada en su mano, la punta húmeda de preseminal, brillando bajo la luz tenue del techo—. Aquí. Ahora. Que sepa que te quiero.
Y me quitó el cinturón, bajó la cremallera con un sonido seco, sacó mi pene, ya tieso, con la cabeza morada y brillante, cubierto de humedad. Ella lo sostuvo con las dos manos, lo frotó contra su vientre, luego se lo metió en la boca. No fue un beso. Fue una toma. Lengua plana, garganta profunda, mordisco suave en el escroto. Me temblaron las piernas.
—Tú… —musitó, al separarse, con mi semen empezando a manar en sus labios—. Tú me miras cuando te miro. Como si quisieras meterme todo.
Me levantó la falda. No había ropa interior. Sólo la piel, tersa, suave, con una línea oscura descendiendo hacia la vulva, que ya estaba hinchada, cubierta de humedad, los labios mayores abiertos, los menores rosados y brillantes, como cerezas cortadas. Me agaché. La separé con los dedos, viendo cómo se contraía internamente, la entrada apretada, húmeda, lista. Me pasé una mano por la polla, mojándome con su saliva, y la empujé.
Entró de golpe.
No suave. No delicada. Profunda, brusca, hasta la raíz, hasta que mis testículos rozaron su pubis. Ella soltó un gruñido, bajo, animal, con los ojos cerrados, los dientes apretados, las uñas clavadas en mis brazos. Yo la sujeté por la cintura, la empujé contra el capó del auto, y empecé a moverme.
Fuerte.
Cada jalón hacia atrás hacía que sus labios se expandieran, cada embestida la hundía más, sus pechos rebotaban contra el metal frío, los pezones duros rozando la chapa. El sonido era crudo: piel contra piel, el chasquido húmedo de su vagina cerrándose en mi pene, mi respiración entrecortada, su gemido ahogado entre dientes.
—Más —gimió—. Más fuerte.
Así lo hice. La agarré por las caderas, la levanté un poco, y la clavé contra el auto, con una fuerza que la hizo gritar, pero no de dolor. De placer. Su cabeza cayó hacia atrás, el cuello estirado, la garganta expuesta, y yo seguí, con la punta de la polla golpeando su punto más sensible, cada impacto arrancándole un sonido que no era palabra, sino puro instinto.
Sentí que se le apretaba todo adentro, que sus músculos se encogían en torno a mí, que su respiración se cortaba. Y entonces, sin previo aviso, su vagina explotó en contracciones: primero una, luego otra, más fuerte, más profunda, como si la estuviera tragiéndome entero. Yo no aguanté. Apunté el culo hacia atrás, la polla más dura que nunca, y le disparé dentro, espesa, caliente, a raudales, sintiendo cómo cada latido de mi corazón empujaba más semilla hacia su útero.
Se desplomó sobre el capó, jadeando, los pechos subiendo y bajando rápido, los muslos temblando. Yo, aún dentro de ella, la abracé por la cintura, besé su nuca, sentí su sudor, su sal, su olor a pecado cumplido.
—Ahora sé que no es solo yo —dijo, con la voz rota.
No respondí. Solo la dejé sentirme dentro, los ojos cerrados, el garaje silencioso salvo por el goteo del techo y el latido de nuestros corazones. Algo había cruzado entre nosotros, algo que no era solo sexo. Era peligro. Era tentación. Era la certeza de que, a partir de ese momento, nada volvería a ser igual.
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Cuerpos sin prisa, bajo el cielo abierto. Lo sensorial, lo natural, el deseo que se toma su tiempo como el río.