La noche que le chupé los pies a mi jefa
5 minLa noche que le chupé los pies a mi jefa
Yo nunca imaginé que mis manos podrían sentir tanto como cuando se lo limpié con la lengua a la mujer que me pagaba el sueldo.
Todo empezó una noche de viernes, lluvia constante, oficina vacía, y el olor a café viejo y plástico calentado en el microondas. Mi jefa, Valeria, había quedado hasta tarde para revisar unos contratos. Yo, como buen asistente que se precia, me quedé a ayudarle aunque ya era hora de irme. No era la primera vez.
Valeria era de esas mujeres que no necesitan gritar para mandar. Alta, morena, de mirada fija y uñas bien cuidadas, siempre con el cabello recogido en un nudo apretado que parecía resistirse a cualquier desorden. Tenía los pies pequeños, arqueados, y los tobillos finos. Yo los había notado antes, por debajo del escritorio, cuando me sentaba a tomar notas: los dedos ordenados, el arco alto, los talones suaves pero firmes. Pero nunca nada más.
—¿Te vas o qué? —me preguntó sin levantar la vista del documento, con esa voz que mezclaba cansancio y autoridad—. A menos que quieras quedarte a terminar esto.
—Sí, claro —respondí, más por costumbre que por convicción.
Ella soltó una risa seca, casi una exhalación. Se quitó los zapatos de tacón bajo con una lentitud deliberada, apoyando primero el talón izquierdo, luego el derecho, como si estuviera despojándose de una armadura. Los dejó uno al lado del otro, en el suelo de madera, cerca de mi silla. Y entonces, sin mirarme, los extendió: los dedos apretados, los pies como dos semilunas tenues bajo la luz del escritorio.
—Tú, ponte de rodillas —dijo, y me di cuenta de que no era una orden, era una invitación.
No dudé. Me levanté de la silla, bajé la cremallera del pantalón como si ya lo hubiera hecho antes, y me puse de rodillas frente a su escritorio. Ella se recostó con calma, cruzó una pierna sobre la otra, y me ofreció el pie derecho como si fuera un regalo.
—Están sudados —murmuró—. Pero me gustan así.
Bajé la mano despacio, con la palma abierta, y rozé el empeine. La piel era cálida, suave, con una humedad sutil que olía a sal y a jabón de almendras. Le pasé el pulgar por el arco, y ella exhaló un suspiro que no esperaba. No por lo que hacía mi mano, sino por la confesión que llevaba dentro.
—Me gusta que me los toques —admitió, y me miró por primera vez a los ojos—. Pero no como ahora.
Le sonreí. No con miedo, sino con ganas de aprender.
—¿Cómo, entonces?
—Con la boca.
Me desprendí la camisa. Me quitó los zapatos, pero no me los devolvió. Se los puso uno a uno, con lentitud, y me los apretó contra el pecho mientras me los ponía. El cuero estaba tibio, hueco, como si aún albergara el calor de sus pies.
—Ahora tú —me dijo.
Bajé la cabeza. Primero con la punta de la lengua, apenas un roce. Luego, con más confianza, le lamí el dedo gordo. El sabor fue salado, pero limpio, con un trasfondo dulce. Le chupé el talón, lo apreté entre los labios, lo giré ligeramente. Valeria cerró los ojos, apoyó la mano en mi cabeza y me dijo:
—Así sí.
Me bajó el pantalón y los calzoncillos con un solo movimiento. Me tomó el pene en la mano, lo frotó con lentitud, como si lo estuviera probando. Yo respiraba entre cortes, con la boca aún cerca de su pie. Le besé los dedos, uno por uno, y mientras lo hacía, ella me dijo:
—Ponte de pie.
Lo hice. Me desabrochó el cinturón de su blazer, lo dejó colgar, y me tiró de la camisa hacia adelante. Me besó en la boca con una intensidad que no le conocía. Su lengua entró, fuerte, segura. Me mordió el labio inferior y me empujó contra el escritorio.
—Quiero verte entrar en mí —susurró—. Pero primero…
Se inclinó, me tomó el pene con la mano y lo llevó a su entrepierna. Sentí el calor de su vagina, ya húmeda, ya esperándome. Pero no me dejó entrar. Me detuvo con una palmada suave en el vientre.
—No aún.
Se puso de pie, me dio la espalda, y se subió la falda hasta la cintura. Me mostró su trasero: redondo, firme, cubierto por una tanga de encaje negro. Me indicó con la cabeza que me acercara.
—Chúpame los pies otra vez —dijo—. Pero esta vez mientras te meto el dedo.
Lo hice. Le lamí el talón izquierdo, con la lengua estirada, y mientras tanto, ella se separó las nalgas con una mano, se bajó la tanga un poco, y me mostró su ano. Me pasó dos dedos por la boca.
—Límpialos.
Lo hice. Los lamí, uno a uno, con lentitud. Luego, me separó más las nalgas y me metió un dedo en la boca.
—Muerde.
Mordí. Ella se estremeció.
—Ahora, mientras chupas, te meto el dedo en el culo.
Le hice caso. La boca pegada al pie, la lengua girando en círculos pequeños. Y ella, con la otra mano, me metió el dedo en el ano. Fue una presión firme, sin violencia, pero con una intención clara. No era solo placer lo que quería. Era dominio.
—Sí —gimió—. Sí, así. Me gusta que me hables mientras lo haces.
—Me gusta… —murmuré, con la boca llena de piel y sal—. Me gusta que me digas qué hacer.
Ella rió, una risa baja, gutural.
—Dime cuánto quieres meterme el pene.
—Mucho —dije, sin dudar—. Mucho, Valeria.
Me sacó el dedo, se limpió la mano en su falda, y me giró bruscamente. Me agarró del pene, me lo alineó con su vagina, y se sentó sobre él con una lentitud que me hizo cerrar los ojos.
—Mantén la boca abierta —me ordenó.
Lo hice. Me metió la lengua en la boca mientras se movía sobre mí, subiendo y bajando, con los ojos cerrados, con la frente sudada, con los pechos blandos y pesados colgando. Me besó con ganas, con necesidad, y cuando se sintió a punto, me pidió:
—Dime qué vas a hacer cuando te salgas.
—Chuparte los pies otra vez —respondí.
Ella gritó mi nombre.
Y cuando terminamos, cuando me quedé sin aire y ella sin palabras, se levantó con calma, se bajó la falda, y me tendió una mano.
—Mañana no hablamos de esto —dijo, mientras se ponía los zapatos—. Pero si me preguntas cómo me gustan los pies…
Me sonrió. No una sonrisa de jefa. Una sonrisa de mujer que había sentido algo real.
—…te responderé con la lengua.
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