El reencuentro en el ascensor

El reencuentro en el ascensor

@diego_salas ·7 de julio de 2026 · 🔥 4.5 (35) · 93 lecturas · 3 min de lectura

Recuerdo el instante en que lo vi entrar. No lo esperaba, claro que no. Hacía siete años desde aquella noche en Oaxaca, cuando el calor del verano y el mescal nos hicieron travesura entre sábanas de hotel barato. Yo tenía veinticinco, él, veintiocho. Éramos dos hombres perdidos en el mundo, con ganas de algo más que un beso fugaz.

—Diego —dijo, y su voz me golpeó en el pecho como un puño cerrado—. No sabía que trabajabas aquí.

—Ni yo —respondí, apretando la carpeta con los documentos del proyecto. La piel de mis brazos se erizó. No era frío. Era él.

Llevaba una camisa blanca bien planchada, el cuello abierto hasta la segunda botón, y en la muñeca, el mismo reloj de pulsera que le regalé hace años. Un reloj que yo jamás me puse, que guardé en un cajón y olvidé. Hasta ahora.

El ascensor se detuvo en el piso treinta y tres. La puerta se abrió. Él hizo un gesto con la cabeza, como preguntando si me iba o no. Yo asentí, pero no me moví. El botón del cerrar puerta se mantuvo pulsado, como si el mundo entero hubiera quedado en pausa.

—¿Te toma mucho subir a tu oficina? —preguntó.

—Tres pisos. ¿Y tú?

—Cinco. Pero hoy me parece una eterna.

La puerta del ascensor comenzó a cerrarse. Él metió la mano con rapidez, deteniéndola. Nos miramos. Y entonces, sin más preámbulo, me acercó un dedo a los labios.

—Shhh —susurró—. ¿Te acuerdas?

Claro que me acordaba. Aquella noche, en la habitación del hotel, había hecho lo mismo antes de besar mi cuello, antes de deslizarse lentamente sobre mí, antes de que yo le murmurara *no pares* con la voz rota por el deseo.

El ascensor estaba vacío. Sólo nosotros. Él dio un paso dentro. Yo no retrocedí. Sus ojos recorrieron mi rostro, como si estuviera aprendiéndolo otra vez. Luego, con una lentitud que dolía y gustaba a la vez, bajó la mano y me rozó la muñeca.

—Sigo sintiendo tu piel cuando te toco —dijo.

Me llevó un segundo darme cuenta de que no se refería a la piel de mi mano. Me llevó otro segundo soltar la carpeta en el suelo y acercarle la cara hasta que sus respiraciones se entrelazaron con las mías.

—¿Todavía te gusta que te toque ahí? —susurró, y su aliento calentó mi oreja—. Donde el corazón late más fuerte.

No respondí con palabras. Le tomé la mano, la apreté contra mi pecho, y dejé que sintiera cómo latía. No era miedo. Era vida. Era él.

—¿Qué hacemos? —preguntó, y por primera vez, su voz sonó insegura.

—Nada —dije—. Sólo estar. Como antes.

Él asintió, y entonces me besó. No fue un beso de despedida ni de reencuentro. Fue un beso de promesa. Lento, profundo, con la misma urgencia de entonces, pero empaquetado en una paciencia nueva. Me rozó el labio inferior con la punta de la lengua, y yo le abrí la boca sin pensar, como si nunca hubiéramos dejado de hablar el mismo lenguaje.

La alarma del ascensor sonó. Piso treinta y tres. Pero nadie entró. Nadie salió. Nos quedamos allí, abrazados, con las manos de él deslizándose por mi espalda, bajo la camisa, hasta tocar la curva de mis riñones.

—Hoy no me voy a casa —dijo al fin, separándose apenas lo suficiente para mirarme a los ojos.

—Yo tampoco —respondí.

Y así, sin más promesas que las que ya habíamos roto y reconstruido, bajamos juntos. El ascensor descendía, y yo sabía, con una certeza que no necesitaba de razonamiento, que esta vez no íbamos a dejar que el tiempo nos separara.

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@diego_salas

Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.

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