El lunes que mi jefa me follió por Zoom
10 minEl lunes que mi jefa me follió por Zoom
La primera vez que la vi en persona —y no por pantalla— fue el martes a las 10:47 a.m., justo cuando el ascensor se detenía en el décimo piso del edificio Corregidora, en Guadalajara. Ella salió con esa misma seguridad que había proyectado durante semanas desde su pantalla pequeña: pelo recogido en un moño bajo, blazer color crema, pantalón ajustado y tacones que no parecían hechos para caminar, sino para dominar. Pero la mujer que había estado mandándole mensajes hot en privado durante casi un mes, con tono juguetón y sugerencias que rozaban lo prohibido, ahora tenía los labios apretados, la mirada seria y la frente ligeramente arrugada. Nada de lo que había estado escribiendo en los últimos días —“me gusta que me toques ahí mientras hablamos”, “hoy me puse una camiseta finita para que imagines cómo está mi piel”, “si me miras así en la reunión, me voy a humedecer sin remedio”—, nada de eso estaba en su rostro.
Diego —él— se mantuvo quieto, con las manos en los bolsillos del pantalón chino, observando cómo se separaba del grupo de asesores legales que la acompañaban. Él ya sabía quién era: Camila Vargas, directora de Estrategia en la firma de consultoría donde había empezado como analista junior hacía menos de un año. Él, con sus treinta y dos, dos tatuajes discretos y una sonrisa que siempre lo había salvado de situaciones incómodas. Ella, con sus treinta y ocho, divorciada, sin hijos, y una reputación impecable —y también una historia de relaciones secretas que nadie comentaba, pero todos sabían—.
Pero lo que no esperaba —y menos en pleno lunes, después de una semana de reuniones virtuales donde todo había empezado— era que, al cruzar el pasillo hacia su oficina, la puerta se cerrara detrás de ella con un clic suave, y ella le dijera, sin mirarlo: —¿Quieres que te explique cómo funcionan los sistemas de evaluación de riesgo… o prefieres que te explique otra cosa?
Él se detuvo. Se volvió. Ella ya tenía la mano sobre el picaporte. Volvió la cabeza, apenas. Una ceja levantada. Esa misma sonrisa que había usado en su último *selfie* de fondo de pantalla —esa que no era para la cámara, sino para él.
—Tú eliges —añadió—. Pero rápido. Que en quince minutos empieza el comité.
Diego tragó saliva. No era la primera vez que se acostaba con alguien por video, ni siquiera la primera vez que lo hacía con una colega. Pero sí era la primera vez que lo hacía *después* de verla en persona, y con esa mirada que no fingía ser profesional. Él asintió. Ella abrió la puerta.
—Pasa.
La oficina era amplia, con vista al parque de la Paz, pero sin ventanas abiertas. El aire acondicionado zumbaba suavemente. Camila se quitó el blazer y lo colgó en la silla. Luego, sin apuro, se desabrochó la primera hebilla del cinturón.
—Siéntate —dijo—. Frente a la cámara.
Diego no lo dudó. Se sentó en la silla de visitas, la espalda recta, las manos en las rodillas. Ella se acercó, se colocó tras él, y dejó caer las manos sobre sus hombros. No presionó. Solo rozó. Y luego, con un dedo, dibujó la línea de su mandíbula.
—Mira la pantalla —susurró—. Quiero verte mientras te toco.
Él encendió su laptop, abrió el programa de videoconferencia y ajustó la cámara para que ella pudiera verlo bien. Ella se puso frente a él, entre sus piernas, y se sentó en el borde de su escritorio. Se levantó una manga del blazer y se pasó la lengua por el pulso.
—Hoy me puse este sujetador —dijo—. El de encaje negro. El que te gustó la otra noche.
Diego tragó de nuevo. Se recordó a sí mismo: *Es solo una reunión. Virtual. Consensuada. Profesional.* Pero su cuerpo ya sabía lo que venía.
—¿Te gusta cómo se ve desde aquí? —ella preguntó, inclinándose hacia la pantalla.
Él asintió. Ella sonrió. Y entonces, con una lentitud que lo hizo sudar, se quitó el blazer. Solo el blazer. Se dejó caer sobre la silla frente a él, las piernas ligeramente separadas, las manos apoyadas en el respaldo.
—Háblame —dijo—. Dime lo que quieres que te haga.
Él tragó. Se humedeció los labios. No quería arruinarlo con palabras mal dichas.
—Quiero que me cuentes… lo que le dijiste a tu ex-marido la última vez que estuvieron juntos. Lo que le dijiste para que él… se excitara.
Camila parpadeó. No por sorpresa. Por placer.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
Ella soltó una risa baja, casi gutural.
—Le dije: “Mira cómo se me pone la piel cuando te acercas… ¿lo sientes? Es por ti. No por nadie más. Solo por ti”. Y luego… le besé el cuello mientras se desabrochaba los pantalones.
Diego sintió un nudo en la ingle. Su pene, ya medio duro por la tensión, reaccionó con fuerza. Ella lo vio. Lo notó. Y se inclinó hacia la cámara.
—¿Lo ves? —preguntó—. Se pone duro solo con imaginarlo.
Él asintió. Ella se levantó. Caminó hasta la puerta, la cerró con llave, y volvió. Esta vez se quitó el cinturón. Luego, con calma, se desabrochó el blazer interior —una blusa blanca, ajustada— y se quitó los botones de abajo. El encaje negro del sujetador quedó al descubierto, marcando sus pechos redondos, los pezones firmes y oscuros bajo la tela.
—¿Quieres que me lo quite? —preguntó.
—Sí.
Ella se pasó las manos por detrás de la espalda, desabrochó el cierre, y se bajó los tirantes. Se levantó la camisa, lentamente, hasta que los pechos quedaron al aire. No los tocó. Solo los dejó allí, libres, con los pezones apretados por el frío del aire acondicionado.
—Ahora… —dijo—, te voy a pedir que te toques. Frente a mí. Frente a la cámara. Y me vas a contar todo lo que sientes.
Diego no dudó. Se puso de pie. Se acercó a la pantalla. Se desabrochó el pantalón con rapidez, pero sin prisa. Se sacó la ropa interior, dejando su pene al descubierto —medio flácido al principio, pero ya endureciéndose por la exposición, por su mirada.
—¿Me ves? —preguntó ella.
—Sí —respondió él—. Te veo. Y me pongo más duro solo con mirarte.
Ella sonrió. Se pasó un dedo por el pezón, con un gesto lento, deliberado.
—Hazlo —dijo—. Tócate. Yo te miro.
Él se agarró su pene con la mano derecha. Lo apretó suavemente, bajando el pulgar sobre la cabeza. Se mordió el labio. Miró la pantalla. Camila lo miraba fijamente. Sus ojos estaban oscuros. Húmedos.
—¿Cómo se siente? —preguntó.
—Caliente. Tenso. Como si cada vez que te veo, se me acelera más.
—¿Y si ahora te digo algo más?
—Dilo.
—Me puse este sujetador pensando en ti. En que me lo quitabas con los dientes. Que me sujetabas de la cintura y me mordías el cuello.
Él jadeó. Apretó más. Su mano subía y bajaba con más fuerza. Sus ojos se cerraron por un segundo.
—Dime… —susurró Camila—. ¿Crees que puedo llegar a correrme solo con verte así?
—Sí —respondió él—. Sí, puedes.
Ella se pasó una mano por entre las piernas. Se la quitó. Se la llevó a la boca. Se lamió los dedos lentamente, sin apartar la mirada de la pantalla.
—Estoy humedecida —dijo—. Pero no por esto. Porque tú me miras así. Porque me estás follando con la mirada.
Él jadeó. Sus nalgas se apretaron contra la silla. Su pene se volvió duro, casi violentamente. Se acordó de la otra noche, cuando habían hecho un *selfie* juntos, aunque él no lo supo hasta después. Ella lo había posteado en su historial de Instagram, con un filtro tenue, y un mensaje en código: *“Me gusta cuando los hombres me miran como si me quieran comer.”* Él había enviado un corazón. Ella le había respondido: *“No solo mirar. Sentir.”*
—Ahora —dijo ella—, te voy a pedir que me digas qué harías si estuvieras aquí, en esta habitación, sin cámara, sin límites.
Él respiró hondo. Se volvió hacia la pantalla.
—Te agarraría de la cintura. Te levantaría del escritorio. Te pondría de pie frente a mí. Y te metería la lengua en la boca hasta que te olvidaras de respirar. Luego, te voltearía, te bajaría el sujetador, y te chuparía los pechos hasta que te corrieras solo con eso. Y cuando estuvieras lista… te daría la vuelta, te levantarías la falda, y te metería el dedo en la vulva mientras te miraba a los ojos.
Camila cerró los ojos por un segundo. Respiró fuerte. Abrió los ojos. Asintió.
—Está bien —dijo—. Pero antes… necesito que me digas una cosa más.
—¿Sí?
—¿Qué harías si te dijera que hoy no quieres seguir? ¿Qué harías si te digo que nos detenemos ahora?
Él se detuvo. Miró la pantalla. La miró a los ojos.
—Te diría: “No. Porque hoy no me estás pidiendo permiso. Me estás dando la orden”.
Camila sonrió. De verdad. Con la boca abierta. Con los ojos brillantes.
—Mierda —susurró.
Y luego, sin más preámbulo, se levantó la falda, se bajó la ropa interior, y se puso frente a la cámara, con las piernas separadas.
—Mírame —dijo—. Mírame mientras me toco.
Él la miró. Ella se pasó los dedos por entre los labios de su vulva, abriéndolos, mostrándole su interior, su humedad, su calor. Se tocó el clítoris con un gesto rápido, repetido, desesperado. Sus ojos se cerraron. Su cabeza se inclinó hacia atrás. Un gemido suave, casi inaudible, salió de su garganta. La cámara lo captó. La conexión era buena. Todo era nítido.
—¿Ves? —dijo—. Estoy corriendo. Por ti.
—Sí —respondió él—. Te veo. Y me corro contigo.
Él apretó su pene con fuerza. Subió el ritmo. Se mordió el labio. Y cuando sintió que el orgasmo lo golpeaba por dentro, cuando sus músculos se contrajeron y su respiración se aceleró, miró la pantalla una última vez, y dijo:
—Me folla la mente, Camila. Cada vez que me miras así.
Ella, ya con el aliento cortado, se dejó caer sobre la silla. Se puso la ropa interior con lentitud. Se levantó la falda. Se quitó el sujetador y se lo puso otra vez, con la misma calma con la que se lo había quitado.
—Hoy no vamos a hablar de riesgos —dijo—. Hoy hablamos de lo que sentimos.
Él sonrió.
—Entonces… ¿hablamos?
—No —respondió ella—. Hablamos de lo que vamos a hacer el viernes.
—¿El viernes?
—Sí. La cena de gala del Colegio de Abogados. Tú vas a estar ahí. Con traje. Yo también. Y si me miras una vez más como hoy… no me importa que todos nos vean.
Diego se puso de pie. Se abrochó el pantalón. Se ajustó la camisa.
—¿Y si me preguntan por qué llego con la camisa desabrochada?
—Entonces le dirás la verdad —dijo ella—. Que te la desabrochó una jefa que sabe exactamente lo que quiere.
Él asintió. Se acercó a la pantalla. La besó con los ojos abiertos.
—Hasta el viernes —dijo.
—Hasta entonces, Diego —respondió ella—. Y recuerda: no es una reunión. Es una orden.
La pantalla se apagó. Él se quedó quieto. Con la respiración agitada. Con el pene aún medio duro. Y con una sola idea clara en la cabeza: el viernes, en medio de los candelabros, entre los vinos y los discursos, iba a buscarla. Y cuando la encontrara, no la miraría como una jefa.
La miraría como una mujer.
Como la mujer que le había folliado por Zoom.
Y él la dejaría.
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Reencuentros, química que estalla, segundas oportunidades en la cama. Escribo pasión de la que deja marca.